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Quien Interpreta a Jesus en la Pasion de Cristo en Mi Pasion Prohibida

6632 palabras

Quien Interpreta a Jesus en la Pasion de Cristo en Mi Pasion Prohibida

Estaba sola en mi depa en la Roma Norte, con la lluvia azotando las ventanas como si el cielo se estuviera desquitando de algo. La noche olía a tierra mojada y a mi café negro que se enfriaba en la mesa. Encendí la tele, neta que no tenía ni madres que hacer, y me topé con La Pasión de Cristo. Esa película que todos vimos hace años, pero que siempre me revuelve el estómago y... algo más. El tipo que interpretaba a Jesús, con esa mirada de sufrimiento y esos ojos que te atraviesan el alma, me tenía clavada. "¿Quien interpreta a Jesus en la pasion de cristo?", me pregunté en voz alta, mientras pausaba la escena donde lo flagelan. Saqué mi cel y busqué rápido: Jim Caviezel. Órale, güey, qué hombre. Su barba, su pelo largo, ese cuerpo marcado por el dolor que parecía esculpido por Dios mismo. Sentí un calor subiéndome por las piernas, mi piel erizándose como si él me estuviera tocando.

Me recargué en el sofá, las luces bajas, el sonido de la lluvia mezclándose con los gemidos de la película. Mi mano se deslizó sola por mi blusa, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedras. Imaginé a Jim, o a Jesús, bajando de la cruz solo para mí, su piel sudorosa y salada contra la mía. Neta, qué pendejada, pero mi cuerpo no mentía. El aroma de mi propia excitación empezaba a llenar el aire, dulce y almizclado. Me quité la chamarra, quedándome en bra y shorts, y seguí viendo, mordiéndome el labio cada vez que su torso se retorcía.

De repente, un golpe en la puerta. ¿Qué pedo? Era mi vecino, Alex, el carnal que vive al lado. Alto, moreno, con barba espesa y ojos intensos que siempre me miran como si supiera mis secretos. "Ey, Lupita, ¿todo chido? Oí la tele a todo volumen", dijo con esa voz grave que me hace temblar las rodillas. Lo invité a pasar, mi corazón latiendo como tambor en desfile. "Pasa, pendejo, está lloviendo a cántaros". Entró chorreando, quitándose la playera mojada sin pena. Su pecho, marcado por el gym, brillaba con gotas de lluvia. Carajo, parecía él. Parecía quien interpreta a Jesus en la pasion de cristo.

"¿Qué ves?", preguntó secándose el pelo con una toalla que le presté. Señalé la pantalla pausada. "Esa película. Me tiene... no sé, calenturienta". Reí nerviosa, pero él se acercó, oliendo a lluvia fresca y hombre. "Jim Caviezel, ¿verdad? El que hace de Jesús. Neta que está bueno". Sus ojos bajaron por mi cuerpo, deteniéndose en mis tetas que se marcaban bajo el bra. Sentí su calor, su aliento rozándome el cuello. "¿Quieres que te haga sentir su pasión?", murmuró, su mano grande posándose en mi cintura. Asentí, mi voz un susurro: "Sí, carnal, hazme tuya como si fueras él".

En mi cabeza, era Jesús descendiendo por mí, sus manos callosas de tanto sufrir ahora acariciándome con devoción. ¿Por qué no? En esta noche de tormenta, todo valía.

Acto uno: la tentación. Nos besamos lento, sus labios salados por la lluvia, mi lengua explorando su boca con hambre. Lo empujé al sofá, subiéndome a horcajadas. Sus manos subieron por mis muslos, apretando mi carne suave, haciendo que jadee. "Eres mi María Magdalena", gruñó, mordiéndome el lóbulo de la oreja. El sonido de la lluvia se mezclaba con nuestros respiros agitados, el cuero del sofá crujiendo bajo nosotros. Desabroché su jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas marcadas como las llagas de Cristo. La lamí despacio, saboreando su piel salada, su gemido ronco como un rezo prohibido.

Me levantó como si no pesara nada, sus músculos tensándose. Me quitó el bra de un jalón, mis tetas saltando libres, pezones rosados pidiendo atención. Los chupó con devoción, su lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para que arquée la espalda. Olía a su sudor mezclado con mi perfume de vainilla, embriagador. "Te quiero dentro", le rogué, mis dedos enredados en su pelo largo. Pero él sonrió pícaro: "No tan rápido, nena. Vamos a construir esto como una buena pasión". Me recostó, bajando besos por mi vientre, hasta mis shorts. Los deslizó, exponiendo mi panocha húmeda, reluciente. Su aliento caliente me hizo temblar.

Acto dos: la ascensión del deseo. Su lengua se hundió en mí, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría. ¡Madre santísima! Grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. El roce de su barba en mis muslos internos era fuego puro, áspero y delicioso. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. Mis jugos lo empapaban, el sonido chupeteo obsceno llenando la habitación. "Estás tan rica, Lupita, como néctar divino", jadeó, sus ojos fijos en los míos, intensos como los de Caviezel en la cruz.

Mi mente era un torbellino: Él es Jesús, salvándome con su boca, redimiéndome con su lengua. Quien interpreta a Jesus en la pasion de cristo no sabe el pecado que despierta en mí. Lo jalé arriba, besándolo, probándome en él. Monté su verga despacio, sintiéndola abrirme, llenarme centímetro a centímetro. Gruesa, caliente, rozando mis paredes internas. Empecé a moverme, mis tetas rebotando, sus manos en mis nalgas guiándome. El slap de piel contra piel, nuestros gemidos, la lluvia furiosa afuera... todo un sinfón de placer.

Aceleramos, sudor perlando nuestros cuerpos, mi cabello pegado a la espalda. Me volteó, poniéndome a cuatro, embistiéndome desde atrás. Su verga golpeaba profundo, sus bolas chocando contra mi clítoris. "¡Más fuerte, mi Cristo!", grité, mis uñas clavándose en el sofá. Él obedeció, una mano en mi pelo tirando suave, la otra frotando mi botón. El orgasmo me golpeó como un latigazo, mi panocha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer escapando. Él rugió, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos de éxtasis.

Acto tres: la resurrección. Colapsamos, jadeantes, su cuerpo pesado sobre el mío. El aire olía a sexo crudo, semen y sudor. Me besó la frente, tierno. "Eso fue... chido", murmuró. Reí, acariciando su barba. "Tú eres mi quien interpreta a Jesus en la pasion de cristo, pero en versión XXX". Nos quedamos así, la película olvidada, la lluvia calmándose. En ese afterglow, sentí paz, como si hubiéramos exorcizado demonios juntos. Su mano en mi vientre, prometiendo más noches así. Mañana sería otro día, pero esta pasión quedaría grabada en mi piel, en mi alma mexicana y pecadora.

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