El Reloj de la Pasión
Ana miró el viejo reloj de bolsillo que descansaba sobre la mesita de noche en su departamento de Polanco. Era un reloj de la pasión, como lo llamaba su abuela, una reliquia de plata con grabados de enredaderas y figuras entrelazadas que parecían susurrar secretos eróticos. La abuela juraba que marcaba no solo las horas, sino los latidos del deseo, acelerando cuando el cuerpo pedía lo que el alma anhelaba. Ana soltó una risita incrédula, pero esa noche, con Marco invitado a cenar, sintió un cosquilleo en la piel. Hacía meses que no se veían; él, el arquitecto guapo que la volvía loca con solo una mirada, había estado de viaje por Guadalajara.
El aroma del mole poblano que preparó flotaba en el aire, mezclado con el jazmín de su perfume. Ana se miró en el espejo: falda negra ajustada, blusa escotada que dejaba ver el encaje de su brasier. Órale, qué chida te ves, pinche caliente, pensó, ajustándose el cabello suelto. El timbre sonó y su pulso se aceleró como si el reloj ya estuviera en marcha.
—
¡Mamacita! ¿Me extrañaste?—dijo Marco al entrar, con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. La abrazó fuerte, su cuerpo duro contra el de ella, oliendo a colonia fresca y a hombre que sabe lo que quiere.
—
Ni me hables, güey, me tenías abandonada—respondió ella juguetona, mordiéndose el labio mientras lo guiaba a la mesa. Cenaron entre risas y coqueteos, el vino tinto calentando sus venas. Cada roce de sus dedos al pasar el pan era eléctrico, un preludio que hacía que el aire se cargara de tensión.
Después de la cena, se sentaron en el sofá con una copa más. Ana tomó el reloj y se lo mostró.
—
Mira esto, es el reloj de la pasión de mi abuela. Dicen que mide el fuego que uno lleva adentro.
Marco lo tomó, abriéndolo con curiosidad. El tic-tac suave llenó el silencio, hipnótico.
—
¿Y si lo ponemos a prueba? Dale cuerda y veamos cuánto aguantamos antes de que marque la hora del desmadre.—propuso él, con ojos brillantes de malicia.
Ana sintió un calor subirle por el pecho. ¿Por qué no? Esto va a estar cañón. Le dio cuerda al reloj y lo colocó entre ellos en la mesita. Acordaron reglas simples: besos, caricias, todo lo que quisieran menos penetración hasta que el reloj diera las once. Faltaban treinta minutos.
El juego empezó lento. Marco la atrajo hacia él, sus labios rozando los de ella en un beso suave al principio, como el roce de seda. Ana gimió bajito cuando su lengua se coló, saboreando el vino en su boca, cálida y exigente. Sus manos grandes subieron por su espalda, desabrochando la blusa con maestría. El encaje negro de su brasier contrastaba con su piel morena, y él lo besó por encima, haciendo que sus pezones se endurecieran al instante.
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Estás deliciosa, Ana, como tamal en fiesta—murmuró contra su piel, su aliento caliente enviando escalofríos.
Ella arqueó la espalda, enterrando las uñas en su camisa. El tic-tac del reloj era un contrapunto constante, recordándoles el tiempo que corría. Ana lo desvistió con prisa contenida, revelando su pecho musculoso, salpicado de vello oscuro que olía a sudor limpio y deseo. Sus dedos trazaron los abdominales de él, bajando hasta el bulto en sus jeans. Lo apretó suavemente, sintiendo cómo palpitaba bajo la tela.
Pinche reloj, ¿por qué tan lento? Quiero sentirlo ya, pensó ella, mientras Marco le bajaba la falda, exponiendo sus muslos y el tanga rojo que apenas cubría su humedad creciente. Él se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus rodillas, subiendo despacio, lamiendo la piel sensible. Ana jadeó cuando su nariz rozó el centro de su calor, inhalando su aroma almizclado, ese olor íntimo que volvía locos a los amantes.
Veinte minutos. El reloj tic-tacaba implacable. Marco la levantó en brazos y la llevó al cuarto, depositándola en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que crujieron bajo su peso. Se quitó los jeans, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, la punta ya brillante de anticipación. Ana se lamió los labios, extendiendo la mano para acariciar, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero debajo.
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Chúpamela, mi amor, pero despacio, que el reloj mande—pidió él, voz ronca.
Ella obedeció, arrodillándose en la cama. Su boca lo envolvió, cálida y húmeda, saboreando la sal de su pre-semen. Marco gruñó, enredando los dedos en su pelo, guiándola en un ritmo que hacía eco del reloj. El sonido de succión, los gemidos ahogados, el roce de lenguas... todo se mezclaba en una sinfonía sensorial. Ana sentía su propia excitación chorrear por sus muslos, el clítoris hinchado pidiendo atención.
Diez minutos. Marco la tumbó boca arriba, abriéndole las piernas con gentileza feroz. Su lengua atacó su sexo, lamiendo desde la entrada hasta el botón sensible, chupando con hambre. Ana gritó, sus caderas buckeando contra su cara, el sabor de ella cubriendo su mentón. Olía a sexo puro, a mujer en celo, y él lo devoraba como si fuera el último banquete.
No aguanto más, este reloj de la pasión es un pinche sádico, pensó Ana, mientras ondas de placer la recorrían. Sus pechos subían y bajaban con respiraciones entrecortadas, pezones duros como piedras rozando el aire fresco del ventilador.
Las once en punto. El reloj sonó con un repique claro, liberándolos. Marco se posicionó sobre ella, frotando la cabeza de su verga contra su apertura resbaladiza.
—
¿Lista para que te haga mía?—preguntó, ojos fijos en los de ella.
—
Sí, métemela ya, cabrón, no me hagas rogar—suplicó Ana, envolviendo las piernas en su cintura.
Entró de un empujón lento, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que la hizo arañar su espalda. Se movieron en sincronía, el colchón crujiendo al ritmo de sus embestidas. Sudor perlaba sus cuerpos, mezclándose en resbalones calientes. Ana sentía cada vena de él pulsando dentro, rozando su punto G con precisión mortal. Él la besaba con fiereza, mordiendo su cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían deliciosamente.
El clímax se acercó como una ola. Ana se tensó primero, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. Gritó su nombre, olas de éxtasis recorriéndola desde el útero hasta las yemas de los dedos. Marco la siguió segundos después, gruñendo como animal, su semen caliente inundándola en chorros potentes. Colapsaron juntos, jadeantes, el reloj olvidado en la mesita, su tic-tac ahora un eco lejano.
En el afterglow, Marco la abrazó por detrás, su mano descansando en su vientre. El aroma de sexo impregnaba la habitación, mezclado con sus perfumes. Ana giró la cabeza para besarlo, suave esta vez.
—
Este reloj de la pasión sí que sabe lo que hace. Mañana lo cargamos de nuevo.
Él rio bajito, su aliento tickling su oreja.
—
Chido, mi reina. Tú mandas el tiempo de nuestro fuego.
Ana sonrió en la oscuridad, sintiendo su corazón latir al unísono con el de él. El reloj, testigo mudo, brillaba tenuemente, prometiendo más noches de entrega total.