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Pasión y Poder 1988

6441 palabras

Pasión y Poder 1988

Ana María sentía el pulso de la Ciudad de México latiendo a su alrededor esa noche de 1988. El aire cálido de verano cargado con el aroma de jacarandas en flor y el humo distante de los taquizos callejeros se colaba por las ventanas abiertas del salón de fiestas en Polanco. Vestida con un escotado vestido rojo que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa, se movía entre la élite, un vaso de ron con cola en la mano. La música de Juan Gabriel retumbaba, Querida, y la gente bailaba con esa pasión desbordada que solo los mexicanos saben soltar en una buena fiesta.

Entonces lo vio. Carlos Domínguez, el rey del acero, el hombre que controlaba medio skyline de la ciudad con sus rascacielos relucientes. Alto, moreno, con ojos negros que perforaban el alma y una sonrisa que prometía dominar sin esfuerzo. Vestía un traje italiano impecable, corbata floja, como si el poder le permitiera desarmar las formalidades. Neta, pensó Ana, ese wey me trae loca nomás con mirarlo. Él se acercó, su colonia cara invadiendo su espacio, un mezcla de sándalo y cuero que le erizó la piel.

—¿Bailas conmigo, guapa? —dijo él, voz grave, ronca como el rugido de un Jaguar en la carretera a Acapulco.

Ana sonrió, el corazón acelerado.

¿Qué chingados, es 1988, el año de pasión y poder, ¿no? ¿Por qué no dejarme llevar?
Le tendió la mano, y él la tomó con firmeza, guiándola a la pista. Sus cuerpos se pegaron al ritmo, cadera contra cadera, el sudor comenzando a perlar su frente. El roce de su pecho duro contra sus senos la hizo jadear bajito. Olía a hombre, a deseo crudo.

La noche avanzaba, y las copas fluían. Carlos la llevó a un rincón apartado, lejos del bullicio. —Sabes, Ana, en este mundo de pasión y poder, uno aprende a tomar lo que quiere. Y yo te quiero a ti. —Sus dedos trazaron su brazo, enviando chispas eléctricas por su espina.

Ella lo miró, desafiante. —Órale, carnal, pero no soy de las que se rinden fácil. Muéstrame ese poder tuyo. —Sus labios se rozaron en un beso fugaz, sabores a ron y menta mezclándose, prometiendo más.


En el penthouse de Carlos, con vistas al Reforma iluminado como un río de luces, la tensión explotaba. Habían llegado en su Mercedes negro, el motor ronroneando como un amante impaciente. Él la cargó hasta la cama king size, sábanas de satén negro crujiendo bajo su peso. Ana se recostó, el corazón martilleando, el aire acondicionado zumbando suave contra el calor de sus cuerpos.

Carlos se quitó la camisa despacio, revelando un torso esculpido por horas en el gym y el sol de Cuernavaca. Su piel bronceada brilla bajo la luz tenue, músculos flexionándose como olas del Pacífico, pensó ella, lamiéndose los labios. Se acercó, besándola con hambre, lengua explorando su boca, manos desatando el vestido. El rojo cayó al suelo como una flor marchita, dejándola en lencería de encaje negro que apenas contenía sus pechos llenos.

Estás chingona, Ana —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible, inhalando su perfume de gardenias y mujer excitada. Sus manos grandes cubrieron sus senos, pulgares rozando pezones que se endurecieron al instante, enviando descargas directas a su entrepierna. Ella arqueó la espalda, gimiendo, el sonido ahogado por su boca.

Ana no se quedó atrás. Sus uñas arañaron su espalda, bajando hasta el cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos de anticipación.

Quiero sentirlo todo, su poder dentro de mí, esa pasión que quema
. La verga de Carlos saltó libre, gruesa, venosa, palpitante, coronada de una gota perlada que ella lamió con la lengua, saboreando sal y masculinidad pura. Él gruñó, ¡carajo!, enterrando los dedos en su cabello negro largo.

La tensión subía como la marea en Mazatlán. Él la volteó boca abajo, besando su espina, lamiendo el hueco de su espalda hasta llegar a sus nalgas redondas. Sus manos separaron sus muslos, el olor almizclado de su concha mojada llenando la habitación. —Estás empapada, putita rica —dijo juguetón, y ella rio, empujando contra su cara.

Su lengua la invadió, chupando el clítoris hinchado, labios succionando jugos dulces como tamarindo maduro. Ana gritó, caderas moviéndose solas, el placer construyéndose en espiral. El roce áspero de su barba en mis labios internos, el calor de su aliento, ¡me va a matar! Dedos entraron, curvándose contra su punto G, bombeando rítmico mientras ella se retorcía, sábanas enredadas en sus puños.

Pero Carlos quería más. La puso de rodillas, alineando su verga con su entrada resbaladiza. —Pídemelo, Ana. Dime que quieres mi poder. —

¡Sí, cabrón! Métemela toda, hazme tuya! —explotó ella, y él embistió, llenándola de un jalón. El estiramiento ardiente, placentero, la hizo ver estrellas. Se movían como animales, piel contra piel cacheteando, sudor goteando, gemidos mezclándose con el tráfico lejano abajo.


El clímax llegó como un terremoto en la costa. Carlos la volteó a misionero, piernas sobre sus hombros, penetrando profundo, golpeando su cervix con cada estocada. Ana clavó uñas en su culo, urgiéndolo, su concha contrayéndose alrededor de él. Siento cada vena, cada pulso, su poder pulsando en mí. El olor a sexo impregnaba todo, almizcle y semen próximo.

—¡Me vengo, we! —gritó ella primero, olas de éxtasis rompiendo, jugos chorreando por sus muslos. Él la siguió, rugiendo, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo.

Colapsaron, jadeantes, cuerpos entrelazados. El afterglow era dulce, su cabeza en su pecho, escuchando el corazón galopante calmarse. Besos suaves en su frente, manos acariciando cabellos húmedos. —Eso fue pasión y poder puro, Ana. 1988 no se va a olvidar.

Ella sonrió, trazando círculos en su piel.

Neta, este hombre me conquistó. No solo el cuerpo, el alma también. ¿Volverá a pasar? Claro que sí.
Afuera, la ciudad dormía, pero en esa cama, el fuego ardía eterno. El poder de la pasión los unía, en ese año mágico.

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