Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Chocolate Pasión Chocolate Pasión

Chocolate Pasión

6944 palabras

Chocolate Pasión

El aroma del chocolate recién molido flotaba en el aire de la plaza principal de Oaxaca, envolviéndome como un abrazo cálido y pecaminoso. Era el Festival del Chocolate, y yo, Ana, había llegado sola, con ganas de perderme en sabores que me hicieran olvidar el estrés de la ciudad. Vestida con un huipil ligero que rozaba mi piel morena, caminaba entre los puestos, el sol de la tarde besando mis hombros desnudos. De repente, lo vi: un hombre alto, de ojos oscuros como el cacao puro, detrás de un puesto con barras relucientes. Se llamaba Diego, me dijo con una sonrisa que iluminaba más que el sol. Qué chulo, este wey, pensé, mientras probaba su chocolate pasión, una mezcla especial que él juraba era afrodisíaca.

—Prueba esto, mamacita —dijo, ofreciéndome un pedacito que se derretía en mi lengua—. Es mi creación secreta: chocolate pasión, con chile y vainilla de la sierra. Te va a prender el fuego por dentro.

El sabor explotó en mi boca: dulce amargo, picante que subía por mi garganta como una caricia ardiente. Sentí un cosquilleo en el vientre, mis pezones endureciéndose bajo la tela fina. Él me miró fijo, como si supiera el efecto que causaba. Hablamos un rato, riendo de tonterías. Diego era de por aquí, chocolatier de familia, con manos callosas que olían a cacao eterno. Yo, de la CDMX, necesitaba un escape. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de dedos al pasarme otra muestra.

¿Y si me lo llevo a su taller? Neta, este chocolate pasión ya me tiene mojada
, me dije, el corazón latiendo fuerte contra mis costillas.

Al atardecer, cuando la plaza se llenaba de luces y mariachis lejanos, Diego me invitó a su taller cercano. —Ven, te muestro cómo lo hago. Pero solo si prometes no contarle a nadie el secreto —dijo con guiño pícaro. Acepté, el pulso acelerado, el aire cargado de promesas. Caminamos por callejones empedrados, el eco de mis sandalias contra las piedras, su mano rozando la mía de vez en cuando. Olía a tierra mojada y a él: sudor limpio mezclado con chocolate.

El taller era un paraíso: mesas de madera con moldes, montones de granos tostados, el calor de una olla humeante. Cerró la puerta, y el mundo afuera desapareció. —Aquí nace el chocolate pasión —explicó, vertiendo leche caliente sobre cacao molido. Me acercó una cuchara, y al inclinarme, mi pecho rozó su brazo. Él se tensó, sus ojos bajando a mi escote. Órale, ya está, pensé, el deseo ardiendo como chile en vena.

—Déjame enseñarte a temperarlo —murmuró, poniéndose detrás de mí. Sus manos cubrieron las mías en la mesa, guiándome. Su aliento caliente en mi cuello, el roce de su pecho contra mi espalda. Sentí su dureza presionando mis nalgas, y un gemido se me escapó. Giré, nuestros labios chocando en un beso hambriento. Saboreaba a chocolate, su lengua explorando mi boca con la misma intensidad que su creación. Manos por todas partes: las mías en su cabello negro, las suyas bajando por mi huipil, quitándoselo con urgencia.

Desnuda ante él, mi piel erizada por el aire fresco del taller, lo vi lamerse los labios. —Eres más deliciosa que mi mejor pieza —dijo, voz ronca. Tomó un poco de chocolate derretido tibio y lo untó en mi hombro, bajando lento por mi clavícula. El calor líquido se deslizó, pegajoso, dulce olor invadiendo todo. Su boca siguió el rastro, lamiendo, chupando. ¡Qué rico! Grité bajito, arqueándome. Cada lamida era fuego: lengua áspera contra mi piel sensible, el crujir de sus dientes suaves, el sabor compartido cuando me besó de nuevo.

Yo no me quedé atrás. Le quité la camisa, revelando un torso musculoso, vello oscuro que pedía ser tocado. Unté chocolate en su pecho, trazando círculos alrededor de sus pezones oscuros. Los lamí, mordisqueando, oyendo sus jadeos roncos: —Cabróna, me vas a volver loco. Su mano bajó entre mis muslos, dedos resbalosos encontrando mi humedad. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes de adobe. Me recargó en la mesa, abriendo mis piernas. El chocolate pasión ahora era nuestra: lo esparció en mis senos, en mi vientre, bajando hasta mi centro palpitante.

No mames, esto es puro vicio
, pensé mientras su boca devoraba mi sexo cubierto de chocolate. Lengua girando, succionando, el picor del chile mezclándose con mi sabor salado. Mis caderas se movían solas, empujando contra su cara, uñas clavadas en su nuca. El placer subía en olas, tenso, insoportable. —Diego, pendejo, no pares —supliqué, voz quebrada. Él levantó la vista, ojos brillantes: —Esta es tu chocolate pasión, Ana. Tómala toda.

Lo jalé arriba, quitándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, reluciente de anticipación. La unté con chocolate derretido, el calor haciéndolo gruñir. La lamí de abajo arriba, saboreando el mix de cacao y hombre: salado dulce, duro como piedra bajo mi lengua. Él jadeaba, manos en mi pelo: —¡Qué chingón! Me puso de pie, volteándome contra la mesa. Sentí su punta presionando mi entrada, resbalosa por el chocolate y mi excitación. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, el roce perfecto.

Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel chocando con palmadas húmedas. El taller olía a sexo y chocolate quemado, el vapor subiendo como niebla. Sus manos en mis caderas, tirando de mí, profundo. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más. —Más fuerte, wey —exigí, y él obedeció, embistiéndome con fuerza, bolas golpeando mi clítoris. El placer crecía, espiral apretada en mi vientre. Volteó mi cara para besarme, lenguas enredadas, sabores fusionados.

Cambié de posición, montándolo en una silla cercana. Sus manos en mis nalgas, amasando, mientras yo cabalgaba, rebotando. Veía su cara de éxtasis: ojos entrecerrados, boca abierta en gemidos. Mis senos saltaban, chocolate seco crujiendo con el sudor. El clímax se acercaba, pulsos en mi sexo apretándolo. —Me vengo, Diego —grité, y exploté, olas de placer sacudiéndome, contracciones ordeñándolo. Él rugió, corriéndose dentro, caliente chorros llenándome, nuestro sudor mezclándose en charcos pegajosos.

Caímos exhaustos, respirando agitados en el suelo fresco. Su brazo alrededor de mí, besos suaves en mi sien. El chocolate pasión se secaba en nuestra piel, testigo dulce de lo vivido. —Esto fue mejor que cualquier festival —murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, el cuerpo laxo, satisfecho.

Quién iba a decir que un simple chocolate me daría esta pasión
, pensé, mientras el eco de mariachis lejanos cerraba la noche. Nos limpiamos con trapos suaves, riendo de lo pegajosos que estábamos, prometiendo más pruebas en su taller. La vida en Oaxaca acababa de volverse infinitamente más sabrosa.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.