Pasión de Cañaverales
El sol del mediodía caía a plomo sobre los cañaverales de Veracruz, donde las hojas verdes y afiladas se mecían como un mar vivo con la brisa caliente. Yo, Mariana, caminaba entre los tallos altos, sintiendo el roce áspero contra mis piernas desnudas bajo la falda ligera. El aire olía a tierra húmeda, a savia dulce y a ese sudor que ya perlaba mi piel morena. Hacía años que ayudaba a mi familia en la zafra, pero ese día algo andaba diferente. Mi cuerpo ardía, no solo por el calor, sino por una inquietud que me revolvía las tripas desde la mañana.
De repente, lo vi. Javier, el nuevo cortador que habían traído del pueblo vecino. Alto, con músculos forjados por el machete y la vida dura, pero con una sonrisa pícara que te hacía sentir como si te quitara la ropa con la mirada. Sus ojos negros me atraparon mientras afilaba su herramienta bajo un sombrero de palma. ¿Qué carajos me pasa? pensé, acelerando el paso para llevarle el agua fresca que me había pedido mi papá.
—Órale, güey, ¿ya traes el vital?
Su voz grave, con ese acento norteño que arrastraba las erres, me erizó la piel. Le extendí el garrafón, y al rozar sus dedos callosos con los míos, una corriente eléctrica me subió por el brazo. Olía a hombre: sudor limpio, tabaco y algo salvaje, como la tierra después de la lluvia.
—Sí, toma. No te vayas a deshidratar, pendejo, que aquí no hay tiempo pa' dramas —le dije, fingiendo desdén, pero mi voz salió ronca, traicionera.
Él rio, una carcajada profunda que retumbó en mi pecho. Se incorporó, quitándose el sombrero para secarse el frente con el dorso de la mano. Gotas de sudor resbalaban por su cuello bronceado, perdiéndose en la camisa abierta que dejaba ver el vello oscuro de su torso.
—Gracias, reina. Tú sí que sabes cuidar a un hombre. ¿Cómo te llamas?
—Mariana. Y no soy reina de nadie, nomás hago mi jale.
Pero mientras hablaba, no podía dejar de mirar cómo sus pantalones ajustados marcaban el bulto firme entre sus piernas.
¡Ay, Diosito, qué tentación! Si mi mamá me ve así de mensa, me madrean.Me mordí el labio, sintiendo un calor húmedo entre mis muslos que nada tenía que ver con el sol.
La jornada siguió, pero Javier no se apartaba de mi mente. Cada vez que pasaba cerca, su presencia era como un imán. El sonido del machete cortando caña —zas, zas— se mezclaba con mi pulso acelerado. Al atardecer, cuando el sol teñía los cañaverales de oro rojizo, me lo encontré solo, recogiendo su equipo junto al arroyo que corría al borde del campo.
—Ey, Mariana, ¿me echas la mano con esto? —me gritó, señalando un fajo de cañas atadas.
Acepté, claro. Nos acercamos, y el espacio entre nosotros se achicó. Su aliento cálido rozó mi oreja mientras atábamos las varas.
—Hueles rico, como a jazmín y miel —murmuró, su mano rozando mi cadera "por accidente".
Mi corazón latía como tambor de fiesta. No seas idiota, Mariana, sal de aquí. Pero mis pies no obedecían. En cambio, giré el rostro y lo miré fijo.
—Tú también, cabrón. Como a pasión de cañaverales, pura tierra y fuego.
Él sonrió, y sin más, me jaló hacia él. Nuestros labios chocaron en un beso hambriento, sus manos grandes abarcando mi cintura, apretándome contra su dureza. Sabía a sal y ron barato, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda mientras el mundo se reducía a ese roce febril.
Nos separamos jadeantes, pero él no me soltó. Me llevó más adentro de los cañaverales, donde las hojas altas nos ocultaban como un velo verde. El suelo crujía bajo nuestros pies, y el zumbido de los grillos empezaba a llenar el aire crepuscular. Mi falda se enredó en las cañas, pero Javier la subió con impaciencia, sus dedos ásperos explorando mis muslos suaves.
—Chula, estás mojada pa' mí —gruñó, deslizando una mano entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi centro palpitante, frotando el clítoris hinchado a través de las bragas empapadas.
—Sí, Javier, órale, no pares —supliqué, arqueando la espalda. El olor a savia y mi propia excitación nos envolvía, espeso y embriagador.
Me quitó la blusa con prisa, liberando mis pechos llenos. Sus labios se cerraron sobre un pezón, chupando con fuerza mientras su mano libre desabrochaba su cinturón. Sentí su verga dura liberarse, gruesa y venosa, rozando mi vientre. La tomé en mi puño, masturbándolo lento, sintiendo cómo palpitaba en mi palma sudorosa.
¡Qué pedazo de hombre! Me va a partir en dos, y lo quiero todo.
Caímos sobre un lecho improvisado de cañas secas, el tacto punzante contrastando con la suavidad de su piel contra la mía. Me abrió las piernas, lamiendo mi cuello, bajando por mi vientre hasta enterrar la cara entre mis muslos. Su lengua era un torbellino: lamía mi coño con avidez, sorbiendo mis jugos, metiendo dos dedos gruesos que me follaban mientras su nariz rozaba mi clítoris. Grité, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo como una ola ardiente.
—Te voy a comer viva, mamacita —dijo, su voz ahogada en mi carne.
No aguanté más. Lo empujé hacia arriba, montándolo como una amazona. Su polla entró en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. Era perfecto: dura, caliente, estirándome deliciosamente. Cabalgaba con furia, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones. El sonido de nuestros cuerpos chocando —plaf, plaf— se mezclaba con nuestros gemidos y el susurro de las cañas.
Él me volteó, poniéndome a cuatro patas. Me embistió desde atrás, profundo y salvaje, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo. Cada thrust me hacía ver estrellas; sentía sus bolas golpeando mi clítoris, su sudor goteando sobre mi espalda. Esto es la gloria, carajo, pensé, mientras el orgasmo me rompía en mil pedazos. Grité su nombre, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.
—¡Me vengo, Mariana! —rugió, y sentí su leche caliente inundarme, chorro tras chorro, mientras se derrumbaba sobre mí.
Jadeamos juntos, cuerpos enredados en el suelo tibio. El cielo se oscurecía, estrellas asomando entre las hojas. Javier me besó la nuca, su mano acariciando mi vientre suavemente.
—Eso fue pasión de cañaverales, pura y chingona —susurró, riendo bajito.
Yo sonreí, sintiendo su semilla resbalar por mis muslos. Me sentía poderosa, viva, como si los cañaverales mismos me hubieran bendecido. Nos vestimos lento, robándonos besos, prometiendo más noches así. Caminamos de vuelta al campamento, el aire fresco secando nuestro sudor, pero el fuego en mi interior ardía eterno.
Desde esa tarde, cada zafra trae recuerdos: el roce de las cañas, su olor a hombre, el sabor de su piel. Javier y yo encontramos nuestro ritmo, entre el trabajo y el placer, construyendo algo real en medio de la tierra fértil. La vida es chida cuando te atreves, pienso cada vez que lo veo afilar su machete. Y sé que esta noche, los cañaverales nos esperan de nuevo.