El Director de mi Diario de una Pasion
Entré al café en Polanco con el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta. El aroma a café de chiapas recién molido me envolvió, mezclado con el dulzor de los panecillos calientes que salían de la cocina. Llevaba mi libreta en la mano, mi diario de una pasión, donde anotaba todo lo que me hacía vibrar. Hoy era especial: iba a entrevistar a el director de Diario de una Pasion, la película que había revuelto el mundo con sus escenas de amor crudo y sin filtros. Se llamaba Diego, un tipo de unos cuarenta, con esa mirada que te desnuda sin tocarte.
Lo vi sentado en la terraza, con una camisa blanca arremangada dejando ver unos antebrazos fuertes, bronceados por el sol de Acapulco donde filmaba. Su colonia, algo amaderado y picante, llegó hasta mí antes que su voz. "¿Ana?" dijo, levantándose con una sonrisa pícara. "Sí, soy yo, wey. La que te manda el medio", respondí, sentándome con las piernas temblando un poquito. Neta, el carnal era más guapo en vivo que en las fotos.
Hoy conocí al director de mi diario de una pasion. Sus ojos me queman como chile habanero. Quiero que me dirija, que me haga suya en cámara lenta.
Empezamos a platicar de la peli. Él contaba cómo había transformado la historia romántica en algo carnal, con besos que sabían a sudor y deseo. "La pasión no se cuenta, se vive", dijo, y su mano rozó la mía al pasarme el azúcar. Ese toque fue eléctrico, como chispazo en piel seca. Sentí el calor subiendo por mi brazo, hasta el pecho que se me hinchaba bajo la blusa ajustada. Olía a su piel, a hombre que no se baña en perfume barato.
La entrevista fluyó, pero la tensión crecía. Le conté de mi diario, cómo escribía mis fantasías más locas. "¿Y yo entro en alguna?" preguntó, con voz grave que me erizó la nuca. "Quizá", contesté coqueta, mordiéndome el labio. El sol de la tarde calentaba la mesa, y el ruido de la ciudad –cláxones, risas, vendedores de elotes– se volvió fondo para nuestros susurros. Terminamos el café, pero ninguno quería irse. "Ven a mi estudio, te muestro el guion inédito", propuso. Órale, esto va para largo, pensé.
Acto dos: la escalada
El estudio estaba en una casa moderna en Lomas, con ventanales que dejaban entrar la luz dorada del atardecer. Papeles por todos lados, un sofá de piel negra que invitaba a pecar. Me sirvió un tequila reposado, el olor fuerte y terroso llenando el aire. Brindamos, y al chocar los vasos, nuestras miradas se trabaron. "Eres preciosa, Ana. Como las actrices que dirijo, pero con fuego propio", murmuró, acercándose. Su aliento olía a tequila y menta, cálido en mi oreja.
Me besó despacio, primero los labios suaves, probando como si fuera el primer take. Sabían a sal y promesas. Mis manos subieron a su cuello, sintiendo la aspereza de su barba incipiente raspando mis dedos. "Neto que sí", gemí bajito cuando su lengua entró, danzando con la mía en un ritmo que me mojó las bragas al instante. Me cargó al sofá, su cuerpo pesado y duro encima del mío. Olía a sudor fresco, a deseo acumulado. Desabotonó mi blusa, besando mi clavícula, lamiendo hasta mis tetas que se endurecieron como piedras bajo su boca caliente.
El director de Diario de una Pasion me tiene abierta como un libro. Su boca en mi piel, su mano bajando... Dios, qué rico se siente ser la protagonista.
Le quité la camisa, palpando su pecho velludo, los músculos que se contraían bajo mis uñas. "Me traes loco, morra", gruñó, mientras sus dedos jugaban con el botón de mi jeans. Lo desabrochó, metiendo la mano dentro, rozando mi panocha ya empapada. El sonido de mi humedad era obsceno, chasquidos suaves que me avergonzaban y excitaban a la vez. "Estás chingona de mojada", dijo riendo ronco, y metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí donde exploto.
Me retorcí, oliendo mi propio aroma almizclado mezclándose con el suyo. Lo empujé para abajo, desabrochándole el cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La probé, salada y cálida, con ese sabor macho que me hace tragar saliva. La chupé despacio, oyendo sus jadeos, "¡Qué padre, Ana! Sigue así". Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, puro acuerdo mutuo.
Pero quería más. "Cógeme ya, director", le supliqué, abriendo las piernas. Se puso condón –siempre responsable, el wey– y entró despacio, estirándome delicioso. Sentí cada centímetro, el roce ardiente, el pulso de su verga contra mis paredes. Empezó a moverse, primero suave como olas en la playa, luego fuerte, chocando pelvis con pelvis en un plaf plaf rítmico. Sudábamos, el aire cargado de nuestro olor a sexo, gemidos mezclados con "¡Más! ¡Sí, carnal!".
Me volteó, de perrito, agarrándome las caderas. Su panza contra mi espalda, caliente, mientras me embestía profundo. Alcancé mi clítoris, frotando en círculos, el placer subiendo como volcán. Él gruñía en mi oído, mordisqueando el lóbulo, "Eres mi musa, la pasión de mi diario". El orgasmo me pegó como rayo, ondas que me sacudían, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, temblando.
Acto tres: el eco
Caímos exhaustos, piel pegajosa de sudor, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Me acurruqué en su pecho, oyendo el tum tum fuerte de su corazón volviendo a normal. El cuarto olía a nosotros, a tequila derramado y sábanas revueltas –habíamos migrado a la cama sin darnos cuenta. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda, suaves, tiernos.
"Esto fue chido, ¿verdad?" preguntó, besándome la frente. "Más que chido, Diego. Fue mi mejor entrada de diario", respondí, riendo bajito. Hablamos de todo: de películas, de sueños, de cómo él dirigía no solo cámaras sino pasiones reales. No hubo promesas locas, solo la neta de dos adultos disfrutando el momento.
Fin del día: el director de mi diario de una pasion me dirigió a la gloria. Mañana, ¿secuela? Quién sabe, pero hoy soy feliz, llena, satisfecha.
Salí al amanecer, con el cuerpo adolorido en los mejores sitios, el sabor de él aún en la boca. La ciudad despertaba con olor a tortas y café callejero, pero yo llevaba mi propia pasión encendida. Sabía que volvería a escribir, a buscar más directores de mis deseos. Pero este, el director de Diario de una Pasion, se quedaría grabado en mis páginas para siempre.