Pasión Capítulo 94 Fuego en las Venas
Ana se recargaba en la barandilla del balcón, con el viento salado del Pacífico revolviéndole el cabello negro y largo. Puerto Vallarta brillaba allá abajo, luces parpadeantes como estrellas caídas en el mar. El sol ya se había escondido, dejando un cielo morado que olía a jazmín y a salitre. Llevaba un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas, sin nada debajo, solo por si acaso. Por si acaso él llega con esa mirada que me deshace, pensó, mordiéndose el labio.
Habían pasado semanas desde su último encuentro. Javier, ese pendejo guapo con ojos café que la volvían loca, había estado de viaje por negocios en la Ciudad de México. Mensajes calientes por WhatsApp, llamadas a medianoche donde su voz ronca le decía "Nena, te extraño enterrado en ti". Cada palabra avivaba el fuego en su vientre. Esta noche era especial, el capítulo 94 de su pasión, como ella lo llamaba en su diario secreto. Noventa y cuatro noches de puro desmadre, de piel contra piel, de gemidos que ahogaban el ruido del mundo.
¿Cuánto más puedo aguantar sin él? Mi cuerpo grita su nombre. Quiero sentir sus manos grandes recorriéndome, su aliento caliente en mi cuello.
El sonido de la puerta abriéndose la sacó de su trance. Ahí estaba Javier, con camisa blanca desabotonada hasta el pecho, jeans ajustados que dejaban poco a la imaginación. Traía una botella de tequila reposado en la mano y una sonrisa pícara.
—¡Mamacita! —dijo con esa voz grave que le erizaba la piel—. Te ves como pecado envuelto en rojo.
Ana se giró despacio, dejando que el vestido se subiera un poco por sus muslos bronceados. Caminó hacia él con pasos felinos, el corazón latiéndole como tambor en el pecho.
—Llegaste tarde, güey. Me tenías aquí calientita y sola.
Él rio bajito, un sonido que vibró en el aire cargado de tensión. La tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Olía a colonia fresca y a hombre, a ese aroma que la hacía mojarse al instante. Sus labios rozaron los de ella, un beso ligero al principio, como probando el terreno.
—Perdóname, mi reina. Pero ahora voy a compensarte con intereses.
El beso se profundizó. Lenguas danzando, saboreando el tequila que él ya había probado. Ana sintió sus manos bajando por su espalda, apretándole las nalgas con fuerza posesiva pero tierna. Ella gimió contra su boca, el sonido ahogado por el rugido lejano de las olas.
La llevó adentro de la suite, sin soltarla. La habitación estaba iluminada por velas que parpadeaban, lanzando sombras danzantes en las paredes blancas. Una cama king size con sábanas de algodón egipcio los esperaba, pétalos de rosa esparcidos como promesa de placer. Javier la empujó suavemente contra la pared, besándole el cuello mientras sus dedos subían el vestido.
—Estás sin calzón, traviesa —murmuró, su aliento caliente haciendo que se le pusieran los pezones duros como piedras.
—Todo para ti, amor. Chíngame ya, no aguanto.
Pero él no era de los que se apresuran. Le quitó el vestido con lentitud tortuosa, dejando que el aire fresco besara su piel desnuda. Ana temblaba, no de frío, sino de anticipación. Sus ojos devoraban su cuerpo: senos firmes, cintura estrecha, caderas anchas que él amaba agarrar. Javier se arrodilló, besando su ombligo, bajando hasta el monte de Venus. El olor de su excitación lo invadió, almizclado y dulce.
Su lengua... Dios, cómo me lame. Siento cada roce como electricidad subiendo por mi espina.
La lengua de Javier trazó círculos en su clítoris hinchado, succionando suave al principio, luego con más hambre. Ana se arqueó contra la pared, las uñas clavadas en su cabello corto. Gemía sin control, el sonido rebotando en las paredes. Qué rico, cabrón, no pares. Él introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. El jugo de ella lo empapaba, resbaloso y caliente.
—Estás chorreando, nena. Me encanta cómo te pones por mí.
Ana tiró de él hacia arriba, desesperada por más. Le arrancó la camisa, besando su pecho musculoso, lamiendo el sudor salado de su piel. Bajó la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomó en la mano, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos.
—Te quiero dentro, Javier. Relléname.
La cargó a la cama como si no pesara nada, depositándola sobre las sábanas suaves. Se quitó el resto de la ropa, su cuerpo atlético brillando bajo la luz de las velas. Se posicionó entre sus piernas, frotando la punta contra su entrada húmeda. Ana alzó las caderas, invitándolo.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono. Él era grande, llenándola por completo, tocando lo más profundo. Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio, piel chocando contra piel con palmadas húmedas. El olor a sexo llenaba la habitación, mezclado con el jazmín de las velas.
—¡Ay, qué chingón te sientes! —gruñó él, acelerando.
Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Sus pechos rebotaban con cada embestida, pezones rozando su pecho velludo. El placer subía en oleadas, tensándose en su bajo vientre. Más fuerte, amor, dame todo.
Javier la volteó, poniéndola a cuatro patas. Agarró sus caderas, penetrándola profundo desde atrás. El ángulo era perfecto, golpeando su punto G sin piedad. Ana gritaba, el placer rayando en dolor exquisito. Sudor corría por sus espaldas, goteando. Él le azotó una nalga juguetón, riendo ronco.
—¡Pendeja caliente! Me tienes loco.
Ella se empujaba contra él, cabalgando su polla como amazona. El sonido de sus cuerpos era obsceno, chapoteante. Javier metió un dedo en su ano, lubricado por sus jugos, y Ana explotó. El orgasmo la sacudió como terremoto, contrayéndose alrededor de él, chorros calientes escapando. Gritó su nombre, el mundo disolviéndose en blanco.
Él no tardó. Con un rugido gutural, se corrió dentro, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas.
Minutos después, Javier la abrazaba por detrás, besándole la nuca. El aire olía a sexo y a mar. Ana sentía su semilla adentro, cálida y pegajosa, un recordatorio íntimo.
Este es el capítulo 94 de nuestra pasión, y no será el último. Cada vez es más intenso, más nuestro.
—Te amo, Ana. Eres mi vicio.
—Y tú el mío, carnal. Quédate así toda la noche.
Se durmieron envueltos en el afterglow, con el Pacífico susurrando promesas de más capítulos por venir. La pasión ardía en sus venas, eterna como el mar.