Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Pasion Prohibida Capitulo Final Completo Pasion Prohibida Capitulo Final Completo

Pasion Prohibida Capitulo Final Completo

7863 palabras

Pasion Prohibida Capitulo Final Completo

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo el arena de un dorado que invitaba a perderse en sus curvas. Yo, Ana, estaba sentada en la terraza de la casa que rentamos para las vacaciones familiares, con un michelada helada en la mano, el limón fresco explotando en mi lengua cada vez que daba un trago. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla era como un latido constante, bum bum bum, sincronizado con el mío propio que no paraba de acelerarse cada vez que lo veía. Luis, mi cuñado, el hermano menor de mi esposo Carlos. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía sentir como una chavita de quince años otra vez.

Carlos había salido temprano a un torneo de golf con unos carnales, dejándonos solos en la casa. Qué ironía, pensé, mientras el sudor me perlaba la piel del escote, bajando lento por mis pechos apretados en ese bikini rojo que me puse a propósito. Sabía que él me miraría. Y lo hizo. Salió de la cocina con dos cervezas en la mano, su torso desnudo brillando bajo el sol, los músculos de sus brazos flexionándose al pasarme una.

Esto es la pasion prohibida, Ana. El capitulo final completo que tanto has soñado en tus noches de insomnio, cuando Carlos ronca a tu lado y tú te tocas pensando en él.

"Órale, Ana, ¿qué pedo? Te ves padre con ese traje de baño", dijo Luis con esa voz ronca que me erizaba la piel, sentándose a mi lado en la tumbona. Su muslo rozó el mío, un contacto eléctrico que me hizo apretar las piernas. Olía a sal del mar mezclada con su colonia, esa que siempre me volvía loca, como tierra mojada después de la lluvia en el DF.

Nos quedamos en silencio un rato, bebiendo, el hielo tintineando en los vasos. El viento traía el aroma de camarones asados de algún puesto cercano, pero lo que yo olía era su piel, cálida, tentadora. "Sabes que no aguanto más, ¿verdad?", murmuró él, girándose hacia mí. Sus ojos cafés me devoraban, bajando por mi cuello, mis tetas, hasta mis caderas. Sentí un calor líquido entre las piernas, mi clítoris palpitando como si ya me estuviera tocando.

"Luis, no seas pendejo. Carlos es tu hermano. Esto está chido, pero prohibido", respondí, aunque mi voz salió temblorosa, traicionándome. Me acerqué un poco más, mi mano rozando su rodilla. Él no se movió. En cambio, puso su mano sobre la mía, grande, callosa de tanto trabajar en la construcción, pero suave cuando quería.

El deseo nos envolvió como la marea alta. Sus labios encontraron los míos en un beso que empezó suave, probando, el sabor de la cerveza y el sal en su lengua. Pero pronto se volvió feroz, sus dientes mordisqueando mi labio inferior, su mano subiendo por mi muslo hasta el borde del bikini. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por las olas. "Te quiero desde el primer día que te vi en la boda, mamacita", susurró, su aliento caliente en mi oreja.

Acto uno del clímax de nuestra historia secreta. Nos levantamos, tropezando un poco, riendo nerviosos mientras entrábamos a la casa. El aire acondicionado nos golpeó como un soplo fresco, contrastando con el fuego que nos consumía. Cerró la puerta de la recámara con llave, y ahí, en la cama king size con sábanas blancas oliendo a detergente de lavanda, empezamos a desvestirnos. Lentos al principio, saboreando cada centímetro de piel revelada.

Sus manos en mi espalda desataron el bikini, mis tetas saltaron libres, los pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Qué chingonas están", gruñó, bajando la cabeza para lamer uno, succionándolo con fuerza. El placer me recorrió como un rayo, arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su cabello negro y revuelto. Olía a sudor limpio, a hombre, a pasion prohibida que ya no podíamos contener.

Esto es el capitulo final completo, Ana. No hay vuelta atrás. Siente cada caricia, cada roce, como si fuera la última vez.

Lo empujé sobre la cama, montándome a horcajadas sobre él. Mi tanga empapada rozaba su erección a través del short, dura como fierro, palpitante. La froté contra él, gimiendo bajito, el sonido de mi humedad contra la tela llenando la habitación. "Quítatelo todo, Luis. Quiero verte completo", le ordené, mi voz ronca de pura necesidad. Él obedeció, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, suave pero firme, masturbándolo lento mientras él gemía "¡Ay, cabrón, qué rico!".

La tensión subía como la marea en la bahía. Besos en el cuello, mordidas en los hombros, lenguas explorando ombligos, ingles. Bajé la boca hasta su polla, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada, masculina. Él se retorcía debajo de mí, sus manos en mi cabello guiándome. "Más profundo, mi reina", pedía, y yo lo complacía, tragándomela hasta la garganta, el sonido obsceno de mi saliva y sus jadeos mezclándose con el zumbido del AC.

Pero quería más. Lo volteé, poniéndome de rodillas, mi culo en alto hacia él. "Cógeme ya, Luis. Hazme tuya de una buena vez". Él no se hizo de rogar. Su lengua primero, lamiendo mi coño desde atrás, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que me abrían, me follaban lento. "Estás chorreando, Ana. Tan mojada por mí". El olor de mi arousal llenaba el aire, dulce, almizclado, mezclado con su sudor.

Entonces, la penetración. La cabeza de su verga presionando mi entrada, estirándome deliciosamente. Entró de un solo empujón, llenándome por completo, tocando ese punto profundo que me hacía ver estrellas. "¡Sí, pinche Luis, así!", grité, empujando hacia atrás para tomarlo más adentro. Empezamos a follar como animales, la cama crujiendo bajo nosotros, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida.

Sus manos en mis caderas, tirando de mí, luego bajando a amasar mis tetas, pellizcando pezones. Yo volteé la cabeza para besarlo, nuestras lenguas enredadas mientras él me taladraba. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando, sintiendo cada vena de su polla frotando mis paredes internas. Sudor goteando de su pecho al mío, resbaloso, caliente. "Estás apretada, chula. Me vas a hacer venir", jadeó él.

La intensidad crecía, mis muslos temblando, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. "No pares, más fuerte", le supliqué, clavando mis uñas en su pecho. Él se incorporó, succionando mi teta mientras me follaba desde abajo, sus caderas subiendo con fuerza brutal pero consentida, perfecta. El clímax me golpeó primero: un estallido de placer que me hizo convulsionar, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de jugos empapándonos. "¡Me vengo, Luis! ¡Ay, Dios!", chillé, el mundo volviéndose blanco.

Él no tardó. Con un rugido gutural, se hundió profundo y explotó, su leche caliente llenándome, pulso tras pulso. Nos quedamos unidos, jadeando, cuerpos temblorosos pegados por el sudor. El aroma de sexo impregnaba la habitación, intenso, satisfactorio.

Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. Su mano acariciaba mi cabello, mi cabeza en su pecho escuchando su corazón latir calmándose. "Esto fue el capitulo final completo de nuestra pasion prohibida, ¿no?", murmuró él, triste pero resignado.

"Sí, mi amor. Pero qué chido que lo vivamos así, con todo. Ahora volvemos a nuestras vidas, pero con este recuerdo quemándonos por dentro". Lo besé suave, saboreando el sal de sus labios una última vez. Afuera, las olas seguían rompiendo, indiferentes a nuestro secreto. Me sentía empoderada, dueña de mi placer, de mi cuerpo. Carlos regresaría pronto, pero yo ya no era la misma. Esta pasión me había liberado.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.