Al Fondo de la Pasión
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de luces neón y risas que se mezclaban con el aroma a tacos al pastor de la esquina. Yo, Ana, acababa de salir de una junta eterna en la oficina, pero en lugar de irme a casa, me dejé llevar por el antojo de algo más fuerte que un café. Entré al bar de la terraza del hotel, donde la música electrónica latía como un corazón acelerado. Pedí un tequila reposado, puro, con limón y sal, y ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba travesuras. Se llamaba Marco, un arquitecto que diseñaba hoteles en la Riviera Maya. Neta, el vato me prendió desde el primer vistazo.
¿Qué chinga te pasa, Ana? ¿Ya te olvidaste de tu ex pendejo? Este wey parece que sabe lo que quiere.Me dije a mí misma mientras él se acercaba, con un mezcal en la mano. Hablamos de todo: de la pinche ciudad que ahoga, de playas donde el mar besa la arena sin prisas, de cómo la vida necesita un poco de fondo de pasión para no ser tan gris. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos, ese cosquilleo que no miente.
La plática fluyó como el tequila, suave al principio, ardiente después. Me tocó la mano al reírse de mi chiste sobre los chilangos que corren como locos en el Metro. Su piel era cálida, áspera por el trabajo al aire libre, y olía a sándalo mezclado con sudor fresco. Chingón, pensé. Terminamos la noche bailando pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, mis pechos rozando su pecho. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, y en lugar de apartarme, apreté más, dejando que la tensión creciera como una tormenta en el Golfo.
Subimos a su suite en el hotel, el elevador oliendo a su colonia y a mi perfume de vainilla. Apenas cerró la puerta, me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca como si quisiera comerme viva. Sabía a mezcal ahumado, dulce y picante. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas sobre el vestido ajustado. ¡Ay, cabrón!, esto va a estar bueno, gemí en mi mente mientras le clavaba las uñas en los hombros.
Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. Primero los hombros, luego el cuello, mordisqueando hasta dejarme marcas rojas que mañana dolerían rico. Olía mi aroma entre los senos, inhalando profundo. Mamacita, hueles a pecado
, murmuró con voz ronca, mexicana hasta los huesos. Yo reí bajito, tirándole del pelo para que bajara más. Sus labios chuparon mis pezones, duros como piedras, lamiendo con la lengua plana, succionando hasta que arqueé la espalda y solté un ¡ayyy! que retumbó en la habitación.
Lo empujé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían suaves. Me trepé encima, desabrochándole la camisa para lamer su pecho velludo, salado por el sudor. Bajé al cinturón, lo abrí con dientes, y saqué su verga gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La olí, ese olor almizclado de hombre excitado, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum.
Esto es lo que necesitaba, neta. Ir al fondo de la pasión sin miedos ni pendejadas.Él gruñó, agarrándome el pelo, guiándome para que la tragara más profundo. Chupé con ganas, succionando, jugando con los huevos pesados, hasta que suplicó:
Para, mi reina, o me vengo ya.
Nos volteamos, él encima ahora, besándome el ombligo, el monte de Venus, separando mis labios con los dedos. Estaba empapada, mi coño chorreando jugos que olían a deseo puro. Metió dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras lamía mi clítoris hinchado. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos ahogados, su respiración jadeante. ¡Más, pendejo, más! le pedí, y él obedeció, agregando un tercero, estirándome deliciosamente.
La tensión era insoportable, como el calor antes de la lluvia en Veracruz. Quería sentirlo todo, ir al fondo de la pasión. Cójeme ya, Marco. Quiero tu verga hasta el fondo
, le rogué, abriendo las piernas como una virgen en oferta. Se puso condón –siempre responsable, chido–, y se colocó entre mis muslos. La punta rozó mi entrada, resbalosa, y empujó lento, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta que sus huevos chocaron contra mi culo. ¡Madre santísima! Grité, el placer quemando como chile habanero.
Empezó a bombear, primero suave, círculos de cadera que rozaban mi clítoris con su pubis. El cuarto se llenó de slap-slap de piel contra piel, olores a sexo crudo, sudor goteando de su frente a mis tetas. Agarré las sábanas, arqueándome, mientras él me besaba el cuello, mordiendo oreja: Eres una diosa, Ana. Tu coño me aprieta como guante.
Aceleró, profundo, tocando mi cervix con cada embestida, ese dolor-placer que me volvía loca. Mis uñas le rasguñaron la espalda, dejando surcos rojos.
Esto es vivir, wey. No hay jefes, no hay ex, solo este fondo de pasión que nos consume.Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, agarrándome las caderas. Entró de nuevo, más duro, sus bolas golpeando mi clítoris. El espejo frente a la cama mostraba todo: mis tetas rebotando, su cara de éxtasis, mi boca abierta en gemidos eternos. Olía a nosotros, a crema de mi piel mezclada con su sudor salado. Metió un dedo en mi culo, lubricado con mis jugos, y el doble placer me hizo explotar. Orgasmo tras orgasmo, contracciones ordeñando su verga, gritando ¡Sí, chingado, sí!
Él no aguantó más. Sacó, se quitó el condón, y se vino en mi espalda, chorros calientes pintándome como arte callejero. Cayó a mi lado, jadeando, y me jaló para abrazarme. Nuestros cuerpos pegajosos, corazones latiendo al unísono, el aire pesado con el olor a sexo satisfecho.
Despertamos enredados, el sol filtrándose por las cortinas. Me besó la frente, suave. Anoche fuimos al fondo de la pasión, mi amor. ¿Repetimos?
Reí, sintiendo su mano bajando de nuevo. Pedimos room service: chilaquiles verdes, jugo de naranja fresco, café de olla. Comimos desnudos, platicando de sueños –él de construir una casa en Tulum, yo de dejar la oficina y escribir cuentos eróticos. No era solo sexo; era conexión, esa chispa mexicana que prende fogatas eternas.
Nos duchamos juntos, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón deslizándose por curvas y músculos. Me lavó el pelo, masajeando el cuero cabelludo, y yo le enjaboné la verga, que revivió juguetona. Terminamos follando de pie contra la pared de mármol fresco, lento esta vez, mirándonos a los ojos. Su semen dentro del condón nuevo, mi clímax tembloroso contra su hombro.
Al salir, el sol de mediodía calentaba las banquetas. Nos despedimos con un beso largo, prometiendo más. Caminé a mi depa con las piernas flojas, el cuerpo marcado por su pasión.
Neta, esto es lo que necesitaba. Un viaje al fondo de la pasión que me recuerda quién soy: una mujer chingona, lista para más.La ciudad seguía su caos, pero yo llevaba el fuego dentro, listo para arder de nuevo.