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Crímenes de Pasión Desnuda

6119 palabras

Crímenes de Pasión Desnuda

La noche en Polanco olía a jazmín y a tequila reposado, ese aroma que se te mete en la piel como un secreto pecaminoso. Yo, Ana, acababa de salir de una junta eterna en la oficina de la colonia, con el cuerpo tenso por el estrés del día. Vestida con un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas justito, caminé hacia el bar del hotel, buscando un trago que me quitara el mal sabor de boca. El lugar estaba lleno de luces tenues, risas ahogadas y el tintineo de copas que chocaban como promesas rotas.

Allí lo vi. Diego, alto, moreno, con esa mirada de chulo que te hace sentir que ya te tiene en la palma de la mano. Estaba solo en la barra, girando un vaso de mezcal con hielo que crujía bajito. Nuestras ojos se cruzaron y órale, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Me acerqué, fingiendo casualidad, y pedí un margarita con sal gruesa.

—Qué noche tan caliente, ¿no? —dijo él, con voz ronca que vibraba en mi pecho.

—Sí, pero no tanto como esta ciudad —respondí, mordiéndome el labio sin querer.

Charlamos de todo y nada: del tráfico infernal de Reforma, de las fiestas en las roof tops, de cómo México te atrapa con sus crímenes de pasión que salen en las noticias, esos dramas de celos y amores locos que terminan en sangre. Él se rio, pero sus ojos me devoraban, bajando por mi escote hasta mis piernas cruzadas. Sentí el calor subiendo por mis muslos, el pulso acelerado en las sienes. ¿Qué carajos me pasaba? Hacía meses que no sentía esto, desde que mi ex me dejó por una tipa más joven. Pero Diego era diferente, olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, y su mano rozó la mía al pasarme el salero. Qué rico, pensé, imaginando esas manos en mi cintura.

Si me dejo llevar, ¿será otro crimen de pasión? Uno que no termine en tragedia, sino en éxtasis.

La tensión crecía con cada sorbo. Él propuso ir a la terraza, y subimos. El viento nocturno jugaba con mi pelo, trayendo olores de comida callejera lejana y escape de autos. Nos recargamos en la barandilla, DF brillando abajo como un mar de luces. Su hombro tocó el mío, y el contacto fue como fuego. Me volteó despacio, su aliento cálido en mi cuello.

—Ana, me traes loco desde que entraste —murmuró, y sus labios rozaron los míos.

El beso fue un estallido. Su lengua sabía a mezcal ahumado, dulce y áspera, explorando mi boca con hambre contenida. Mis manos se enredaron en su camisa, sintiendo los músculos duros debajo. Bajamos al lobby sin soltarnos, riendo como pendejos, el deseo latiendo en cada paso. En el ascensor, solo nosotros, me presionó contra la pared, sus caderas contra las mías. Sentí su verga dura apretando, y un gemido se me escapó.

Chíngame con la mirada —le dije, juguetona.

Llegamos a su suite, la puerta se cerró con un clic que sonó a sentencia. La habitación era puro lujo: sábanas de algodón egipcio, vista al skyline, velas ya encendidas que parpadeaban sombras en las paredes. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. Sus labios en mi hombro, dientes rozando suave, enviando chispas por mi espina. Olía a su excitación, ese musk masculino mezclado con mi perfume floral.

Caímos en la cama, yo arriba, montándolo como amazona. Sus manos grandes amasaban mis tetas, pulgares en los pezones que se endurecían al toque. Qué chingón se siente, pensé, mientras lamía su cuello salado, saboreando el sudor que perlaba su piel. Él gruñó, volteándome, ahora él encima, besando mi vientre, bajando hasta mi concha húmeda que palpitaba por él.

Su lengua era un pecado vivo. La sentí plana, lamiendo despacio desde el clítoris hasta la entrada, chupando mis jugos que sabían a miel salada. Gemí fuerte, arqueando la espalda, las uñas clavándose en las sábanas. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, llenaba la habitación junto con mis jadeos.

Esto es un crimen de pasión, pero del bueno, del que te deja temblando y viva.
Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, masajeando ese punto que me hacía ver estrellas. El orgasmo vino en olas, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras el placer me rompía en pedazos.

No paró. Me puso de rodillas, su verga gruesa y venosa frente a mi cara. La tomé, sintiendo el calor pulsante en mi palma, la vena latiendo como mi corazón. La chupé con ganas, lengua girando en la cabeza hinchada, saboreando el pre-semen salado. Él jadeaba, —¡Mamacita, qué rica boca! —agarrándome el pelo suave, guiándome.

Me penetró de una embestida, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó lento, saliendo casi todo para volver profundo, el slap de piel contra piel resonando. Aceleró, mis tetas rebotando, sudor goteando de su pecho al mío. Olía a sexo puro, a cuerpos en combustión. Cambiamos posiciones: de lado, él atrás, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos. Sentía su aliento en mi oreja, —Ven conmigo, Ana, déjate ir.

La tensión subía como lava. Mis músculos se contraían alrededor de él, ordeñándolo. Él gruñó profundo, embistiendo salvaje, y explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, mi coño apretando en espasmos interminables. Grité, mordiendo la almohada, el mundo reduciéndose a esa fricción perfecta, al pulso compartido.

Quedamos tirados, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. La ciudad zumbaba afuera, indiferente a nuestro crimen de pasión. Me acurruqué contra él, sintiendo su corazón latir contra mi espalda.

—¿Repetimos? —preguntó con picardía.

Sonreí en la oscuridad. Qué chido, esto no era un crimen, era redención. Mañana volvería a mi vida, pero esta noche, en sus brazos, era libre, empoderada, satisfecha hasta los huesos.

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