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Maria de la Pasion Desatada

6540 palabras

Maria de la Pasion Desatada

La noche en Playa del Carmen estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, con el mar susurrando promesas al fondo y el ritmo de la banda sonando fuerte desde el bar de la playa. Yo, Alejandro, había llegado con unos cuates a esta fiesta privada en un chiringuito de lujo, luces de neón bailando sobre la arena blanca y olor a sal mezclándose con el humo de las parrilladas de mariscos. Tomaba un ron con coco, fresco y dulce en la lengua, cuando la vi. María de la Pasión, la decían todos. Alta, con curvas que desafiaban la gravedad bajo un vestido rojo ceñido que parecía pintado sobre su piel morena, el cabello negro suelto ondeando como olas salvajes. Sus ojos, negros como la noche mexicana, me clavaron en el sitio. Neta, wey, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila me hubiera pegado de golpe.

Me acerqué con mi mejor sonrisa, el corazón latiéndome a todo lo que daba. "Órale, mamacita, ¿tú eres la que enciende las fiestas?", le solté, juguetón, mientras el sudor me perlaba la frente. Ella rio, una carcajada ronca y profunda que vibró en mi pecho, oliendo a vainilla y algo más, algo animal. "Sí, carnal, soy María de la Pasión. ¿Y tú qué, vienes a apagar el fuego o a avivarlo?", respondió con esa voz aterciopelada, lamiéndose los labios pintados de rojo fuego. Sus manos rozaron mi brazo al pasarme un shot de tequila, y el toque fue eléctrico, piel contra piel caliente, suave como seda húmeda por el rocío de la noche.

Empezamos a platicar, sentados en una hamaca que se mecía con la brisa marina. Hablaba de su vida en Cancún, de cómo bailaba salsa en los antros de la Quinta Avenida, de sus sueños de viajar por la Riviera Maya en una moto rugiente. Yo le contaba de mis escapadas en Guadalajara, de las noches locas en la Zona Rosa. Pero entre risas, sus ojos me devoraban, y yo no podía dejar de mirar cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración, el vestido marcando los pezones endurecidos por la brisa. "Ven, baila conmigo", me dijo de pronto, jalándome hacia la pista improvisada en la arena. El ritmo de la cumbia rebajada nos envolvió, cuerpos pegados, caderas chocando en un vaivén que era puro fuego. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su aroma a coco y deseo invadiéndome, el sudor de su espalda bajo mis manos resbaladizo y adictivo.

El deseo crecía como una ola, lento al principio, pero imparable. En mi cabeza, un torbellino:

¿Qué chingados estoy haciendo? Esta mujer es dinamita, pero neta quiero explotar con ella
. Ella se apretaba más, sus muslos rozando los míos, y gemí bajito cuando su mano bajó por mi espina dorsal. "Alejandro, no seas pendejo, vámonos de aquí", murmuró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. Asentí, atontado, el pulso retumbando en mis sienes como tambores de banda. Caminamos por la playa, arena fresca entre los dedos de los pies, el mar lamiendo la orilla con un sonido hipnótico. Llegamos a su cabaña en el resort, una choza de palapas con velas titilando y el olor a jazmín flotando en el aire.

Adentro, la tensión explotó. Nos besamos como hambrientos, labios chocando con urgencia, su lengua dulce de tequila invadiendo mi boca, saboreando sal y pasión. La desvestí despacio, deslizando el vestido por sus hombros, revelando pechos firmes, oscuros pezones duros como piedras preciosas. "Qué rica estás, María", le susurré, lamiendo su cuello, inhalando su esencia almizclada. Ella jadeó, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mi camisa. "Quítatela todo, wey, quiero sentirte". Me desnudé rápido, mi verga ya tiesa palpitando, y ella la tomó en su mano suave, acariciándola con movimientos lentos que me hicieron gemir fuerte.

La tumbé en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra nuestra piel ardiente. Besé su cuerpo entero, desde los labios hinchados hasta el ombligo, bajando a su monte de Venus depilado, oliendo a excitación pura, musgosa y dulce. Lamí su clítoris hinchado, suave y resbaladizo, su sabor ácido y salado explotando en mi lengua mientras ella se retorcía, gimiendo "¡Sí, carnal, así! ¡No pares!". Sus caderas se movían al ritmo de mi boca, jugos calientes mojándome la barbilla, el sonido de su placer chapoteando en el aire cargado de gemidos y el lejano romper de olas.

Pero quería más, y ella también. "Métemela ya, Alejandro, estoy ardiendo", suplicó, ojos vidriosos de lujuria. Me posicioné entre sus piernas abiertas, su coño reluciente invitándome. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes calientes apretándome como un guante de terciopelo húmedo. Dios mío, qué delicia, pensé, el calor envolviéndome, pulsos latiendo en sincronía. Empecé a bombear, lento al inicio, saboreando cada embestida, sus tetas rebotando con cada choque, sudor goteando entre nosotros. Ella clavó las uñas en mi espalda, arañando con placer, gritando "¡Más duro, pendejito, rómpeme!". Aceleré, piel contra piel cacheteando, olor a sexo impregnando la habitación, sus gemidos convirtiéndose en alaridos que ahogaban el mar.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo y firme, nalgueándola suave mientras la penetraba de nuevo, profundo, tocando su punto G con cada estocada. Ella empujaba hacia atrás, follándome con furia, el cabello pegado a su espalda sudorosa. "¡Me vengo, wey! ¡Sí!", chilló, su coño contrayéndose en espasmos, ordeñándome, jugos chorreando por mis bolas. No aguanté más; el orgasmo me golpeó como un rayo, eyaculando dentro de ella en chorros calientes, gruñendo su nombre: "¡María de la Pasión!". Colapsamos juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas, el aire espeso con nuestro aroma compartido.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados bajo las sábanas revueltas, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, dedos trazando patrones perezosos en mi piel. "Qué chido fue eso, carnal", murmuró, besándome el hombro. Yo sonreí en la penumbra, oliendo su cabello a mar y pasión.

Esta noche cambió todo. María de la Pasión no era solo un apodo; era ella, pura llama viva
. Afuera, el amanecer teñía el cielo de rosa, prometiendo más días de fuego en esta playa infinita. Pero por ahora, solo existíamos nosotros, saciados, conectados en el eco de nuestro placer.

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