Pasion Por Deporte Desnuda
Entré al gimnasio esa tarde con el sol de la Ciudad de México pegándome en la nuca como un beso ardiente. El aire olía a goma quemada de las pesas, sudor fresco y ese toque de desinfectante que siempre me ponía en modo bestia. Yo, Javier, siempre he tenido una pasión por el deporte que me quema por dentro, desde chavo jugando fut en la colonia hasta ahora, rompiéndome el lomo en CrossFit. Pero hoy, algo iba a cambiar.
La vi de inmediato. Sofía, con su coleta alta negra como la noche, leggings que se le pegaban al culo como segunda piel y un top que dejaba ver el ombligo marcado por abdominales que gritaban disciplina. Sudaba ya, levantando una barra con discos que harían llorar a un pendejo cualquiera. Sus ojos cafés me clavaron cuando nuestras miradas chocaron en el espejo. Chin güey, esta morra está cañón, pensé, sintiendo un cosquilleo en la verga que nada tenía que ver con el calentamiento.
¿Será que también comparte esa pasión por el deporte que me come vivo? Tiene que ser, mira cómo aprieta los dientes, cómo su piel brilla como aceite caliente.
Me acerqué fingiendo ajustar mi rack de dominadas. "Órale, buena forma, carnala. ¿Cuántos reps traes?", le dije con mi voz ronca del último grito en la clase de burpees. Ella bajó la barra con un clang que vibró en mi pecho y sonrió, labios carnosos húmedos de esfuerzo. "Quince, fácil. Tú pareces pro, ¿no? No te vi ayer."
Charlamos entre sets. Sofía era de aquí, de la CDMX, ingeniera que soltaba el estrés en el gym tres veces por semana. "Mi pasión por el deporte es lo que me mantiene viva, ¿sabes? Sin esto, me muero de hastío", confesó mientras se secaba el cuello con una toalla, dejando un rastro de gotas que quise lamer. El olor a su sudor me llegó, salado y dulce, como mar mezclado con vainilla. Mi pulso se aceleró más que en un WOD pesado.
La tensión creció como una tormenta. En los squats, yo la spotteaba, mis manos rozando sus caderas firmes, piel caliente bajo mis palmas. Ella jadeaba cerca de mi oído: "Más bajo, Javier, aguanta". Sentí su aliento caliente, su culo rozándome accidentalmente –o no– y mi short se tensó. Puta madre, esta chava me está prendiendo como antorcha.
Terminamos exhaustos, pero no paramos. "Sauna", propuso ella con ojos brillantes. Asentí, corazón latiendo como tamborazo en fiesta. El sauna del gym era un horno de cedro, vapor espeso que olía a madera húmeda y eucalipto. Entramos solos, toallas alrededor de la cintura. El calor nos envolvió, abriendo poros, soltando más sudor. Nos sentamos cerca, muslos tocándose.
"Sabes, tu pasión por el deporte me encanta. Se nota en cada músculo", murmuré, voz baja para que solo ella oyera el ronroneo. Sofía giró, toalla aflojándose un poco, dejando ver la curva de sus tetas perfectas, pezones duros por el calor. "La tuya tampoco está mal, guapo. Me dan ganas de probar más que pesas contigo."
Esto es real, no sueño. Su piel reluce, gotas resbalando entre sus chichis, directo a mi verga que late como loca.
El deseo explotó gradual. Primero un roce de manos, dedos entrelazados, pulgares acariciando palmas húmedas. Luego, ella se acercó, labios rozando mi oreja: "Tócame, Javier. Quiero sentir esa fuerza que usas en el gym". Le quité la toalla con cuidado, revelando su cuerpo desnudo, curvas esculpidas por horas de esfuerzo. Sus tetas medianas, firmes, con areolas oscuras invitadoras. Bajé la vista a su panocha depilada, labios hinchados brillando de excitación.
Mis manos exploraron, tacto suave sobre piel ardiente. Le apreté las nalgas, fuertes de squats, mientras ella gemía bajito, sonido gutural que me erizó los huevos. "Qué rico, cabrón", susurró, metiendo mano bajo mi toalla. Su palma envolvió mi verga dura como hierro, venosa y palpitante, masturbándome lento, pulgar en la cabeza untada de pre-semen salado.
Nos besamos con hambre. Lenguas danzando, sabor a sal y menta de su chicle. Mordí su labio inferior, ella arañó mi pecho, uñas dejando surcos rojos que ardían delicioso. El vapor nos envolvía, olor a sexo naciente mezclándose con el eucalipto. La recosté en el banco de madera caliente, abrí sus piernas musculosas. Su coño olía a deseo puro, almizclado y dulce. Lamí despacio, lengua plana desde el clítoris hinchado hasta su entrada jugosa. "¡Ay, sí, chúpame así, pendejito caliente!", gritó ella, caderas arqueándose, manos en mi pelo tirando fuerte.
Mi lengua entró y salió, saboreando sus jugos espesos, mientras chupaba su botón como caramelo. Sofía temblaba, muslos apretándome la cabeza, gemidos rebotando en las paredes de cedro. "Me vengo, Javier, no pares". Su orgasmo llegó en olas, coño contrayéndose en mi boca, chorro caliente que tragué ansioso.
Ahora ella. Me empujó contra la pared, rodillas en el piso pegajoso de sudor. Tomó mi verga, ojos fijos en los míos: "Esta polla es mía ahora". La engulló, labios estirados, garganta profunda. Sentí su calor húmedo, lengua girando alrededor del glande, saliva chorreando por mis bolas. El sonido de succión, chap chap, me volvía loco. "Qué chingón la chupas, nena", gruñí, caderas empujando suave.
Su boca es un vicio, succiona como si quisiera mi alma. La pasión por el deporte nos unió, pero esto es puro fuego carnal.
No aguanté más. "Fóllame ya", rogó ella, poniéndose a cuatro patas, culo empinado, panocha abierta reluciente. Me coloqué atrás, verga rozando sus labios vaginales, untándome de ella. Entré de un golpe lento, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado envolviéndome. "¡Qué verga tan rica, lléname!", aulló Sofía, empalándose más.
La embestí fuerte, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. Sus tetas se mecían, yo las amasaba desde atrás, pellizcando pezones. El sauna amplificaba todo: jadeos entrecortados, olor a coño mojado y semen próximo, sudor goteando de mi frente a su espalda. Cambiamos, ella encima, cabalgándome como amazona. Sus abdominales se contraían visibles, coño ordeñándome la verga. "¡Sí, cabrón, así, dame duro!"
La tensión subió al clímax. Sus paredes internas me apretaron, anunciando su segundo orgasmo. "Me corro otra vez, contigo dentro". Yo exploté, chorros calientes llenándola, semen mezclándose con sus jugos, resbalando por sus muslos. Gritamos juntos, cuerpos temblando en éxtasis compartido.
Caímos exhaustos, abrazados en el banco, vapor calmándose como nuestro pulso. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. "Esa fue la mejor sesión de mi vida", murmuró ella, besándome el cuello. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y madera.
Nuestra pasión por el deporte nos trajo aquí, pero lo que sentimos ahora es más grande. Quiero más de ella, de esto.
Salimos del sauna flotando, cuerpos laxos pero felices. En el vestidor, números de teléfono intercambiados con promesas de más entrenos –y más. Afuera, la noche mexicana nos recibió con luces neón y cláxones lejanos. Sofía me guiñó: "Mañana, mismo horario. Prepárate, porque mi pasión no se apaga fácil". Sonreí, sabiendo que esto apenas empezaba. La pasión por el deporte nunca había sido tan jodidamente deliciosa.