La Pasión Desatada de la Película La Pasión de Cristo de Mel Gibson
Era una noche calurosa en el DF, de esas que te hacen sudar hasta el alma aunque estés en un depa chido con el aire acondicionado al máximo. Javier y yo nos acomodamos en el sillón de la sala, con una chela fría en la mano cada uno. Habíamos quedado de ver la película La Pasión de Cristo de Mel Gibson, porque él es fan de las historias intensas y yo andaba curiosa por la fama que tenía. "Órale, Ana, prepárate, es heavy", me dijo con esa sonrisa pícara que me derrite. Llevábamos saliendo un par de meses, y aunque ya nos habíamos besado como desesperados, todavía no habíamos pasado a lo carnal. La tensión entre nosotros era como un elástico a punto de reventar.
Apagué las luces, solo quedó el resplandor de la tele. El olor a palomitas recién hechas flotaba en el aire, mezclado con su colonia fresca, esa que huele a limón y aventura. Javier se recargó en mí, su brazo rodeando mi hombro, y sentí el calor de su piel a través de la blusa ligera que traía. La película empezó con esa música épica, grave, que te eriza la piel. Mel Gibson dirigiendo, con Jim Caviezel sufriendo como nadie. Yo no era de misas ni nada, pero la pasión que se veía en pantalla... ay, wey, era como un fuego lento que te quema por dentro.
¿Por qué carajos me estoy excitando con esto? Es sufrimiento puro, pero esa entrega, ese dolor mezclado con algo divino... me hace pensar en Javier, en cómo sería entregarme a él así, sin reservas.Me removí en el sillón, cruzando las piernas para disimular el cosquilleo que empezaba entre mis muslos. Su mano bajó despacito por mi brazo, acariciando la piel suave, y noté cómo su respiración se aceleraba con las escenas de los latigazos. El sonido de los golpes resonaba, crudos, como si los sintieras en tu propia carne. "Mira cómo aguanta, Ana", murmuró él cerca de mi oreja, su aliento cálido rozándome el lóbulo. Sentí un escalofrío delicioso.
La película avanzaba, el sudor en la frente de Cristo brillaba en la pantalla, y yo juraba que podía olerlo: salado, masculino, como el de Javier cuando jugamos futbol en el parque. Nuestras manos se entrelazaron, dedos juguetones, y él empezó a trazar círculos en mi palma con el pulgar. Pendejo, pensé riendo por dentro, sabe que eso me prende. La tensión subía con cada escena. Cuando María unge los pies de Jesús con aceite, el roce sensual de las manos en la piel... mi cuerpo respondió solo. Mis pezones se endurecieron bajo el brasier, rozando la tela, y apreté los labios para no gemir.
"¿Estás bien, mi reina?", preguntó Javier, girando la cara. Sus ojos oscuros brillaban con malicia. Asentí, pero mi voz salió ronca: "Sí, pero esta película... despierta cosas, ¿no?". Él sonrió, y sin aviso, su mano subió a mi muslo, apretando suave la carne por encima del short de mezclilla. El calor de su palma se filtró hasta mis entrañas. En pantalla, la traición de Judas, el beso... Javier se inclinó y me besó el cuello, lento, succionando la piel con labios húmedos. Sabía a chela y a deseo puro. "Como este beso", susurró, y yo arqueé la espalda, dejando que su boca explorara.
Apagamos la tele a la mitad. No necesitábamos más inspiración; la película La Pasión de Cristo de Mel Gibson ya había encendido el fuego. Nos paramos, tropezando entre risas nerviosas, y nos fuimos al cuarto. El pasillo olía a jazmín del jardín de la azotea. En la cama king size, con sábanas de algodón fresco, nos desnudamos con urgencia pero sin prisa. Primero él: quitó su playera, revelando el pecho moreno, marcado por horas en el gym, con vello suave que invitaba a tocar. Olía a sudor limpio, a hombre. Yo me desabroché la blusa, dejando caer el brasier negro de encaje. Sus ojos se clavaron en mis tetas, redondas y firmes, pezones duros como piedras.
"Eres una diosa, Ana", dijo, voz grave, mientras me empujaba suave contra el colchón. Su boca capturó un pezón, chupando con hambre, lengua girando en círculos húmedos. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Mis manos bajaron a su pantalón, desabrochando el cinto, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La toqué, piel aterciopelada sobre acero, y él gruñó contra mi piel. "Te quiero tanto, wey", le dije, y lo jalé hacia mí.
Nos besamos como posesos, lenguas enredadas, saboreando saliva dulce y salada. Sus dedos bajaron a mi short, deslizándolo con mi tanga. El aire fresco rozó mi concha mojada, expuesta, hinchada de necesidad. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, mordisqueando suave. Olía mi aroma, almizclado, de mujer en celo. "Hueles deliciosa, mi amor", murmuró, y su lengua tocó mi clítoris, plano al principio, luego lamiendo con devoción. Sentí chispas, pulsos eléctricos subiendo por mi espina. Agarré las sábanas, arqueándome, mientras él lamía y chupaba, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. "¡Javier, cabrón, no pares!", grité, las caderas moviéndose solas.
La intensidad crecía, como en la película: dolor y placer mezclados en éxtasis. Él se incorporó, verga lista, goteando pre-semen. "Dime si quieres", jadeó, respetuoso, ojos fijos en los míos. "Sí, métemela ya, por favor", supliqué, abriendo más las piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, caliente, latiendo dentro. Gemimos juntos, el sonido gutural, animal. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El slap-slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos, olor a sexo puro llenando la habitación.
Esto es la pasión verdadera, no la de la cruz, sino la del cuerpo uniéndose, sudando, gritando.Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Yo lo monté después, cabalgando como amazona, tetas rebotando, su verga golpeando hondo. Él agarraba mis nalgas, abriéndolas, dedo rozando mi ano juguetón. "¡Me vengo, Ana!", rugió, y yo exploté primero, concha contrayéndose en oleadas, jugos chorreando. Él se corrió dentro, chorros calientes llenándome, mientras nos abrazábamos temblando.
Caímos exhaustos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era perfecto: piel pegajosa, besos suaves en la frente. "Gracias por la película, amor", le dije riendo. "La película La Pasión de Cristo de Mel Gibson nos dio la mejor noche". Él me apretó contra su pecho, corazón latiendo fuerte aún. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestro mundo, la pasión había renacido, eterna, carnal, nuestra.