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Mazda Pasión Marina

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Mazda Pasión Marina

El sol de la tarde caía a plomo sobre la marina de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul eléctrico que se fundía con el cielo. Tú estacionas tu viejo Mazda rojo en el muelle principal, el motor aún caliente ronroneando bajo el capó como un animal satisfecho. El olor a salitre y diesel te golpea la nariz mientras bajas, el viento juguetón revolviendo tu cabello. Has venido aquí para desconectar, para dejar atrás el pinche estrés de la ciudad, pero algo en el aire te dice que esta tarde va a ser diferente.

Ahí está ella, recargada en la barandilla, con un vestido ligero de algodón que se pega a sus curvas como una segunda piel. Marina, se llama, lo sabes porque su Mazda convertible blanco está estacionado justo al lado del tuyo, con una placa que dice Mazda Pasión Marina en letras cursivas bien chingonas. Es morena, con el cabello negro suelto ondeando como las olas, y unos ojos verdes que brillan con picardía. Te mira de reojo, sonriendo de esa forma que hace que tu verga se despierte de golpe.

¿Qué carajos, carnal? ¿Por qué una chava así me mira como si ya supiera mis secretos?
piensas, mientras caminas hacia ella con el corazón latiendo a todo lo que da.

—Órale, güey, ¿vienes a ver los yates o a ligar? —te suelta con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, cargada de ese acento jaliciense que te pone la piel chinita.

Tú te ríes, acercándote. El aroma de su perfume, algo floral mezclado con coco, te envuelve como una ola tibia.

—Un poco de las dos, pero sobre todo a ver si esa Mazda tuya corre tanto como tú luces.

Ella se endereza, su escote subiendo y bajando con la risa. Sus pechos, firmes y generosos, se marcan bajo la tela fina. Charlan un rato, de la vida en la costa, de cómo el mar te llama siempre de vuelta. Marina es diseñadora gráfica freelance, ama la libertad de la carretera y el rugido de su Mazda. Tú le cuentas de tu curro en Guadalajara, de cómo escapas los fines a la playa. La tensión crece con cada mirada, cada roce accidental de manos. El sol se pone, pintando el cielo de naranja y rosa, y el aire se carga de esa electricidad que precede a la tormenta.

De pronto, ella te jala del brazo.

—Sube a mi Mazda, pendejo. Vamos a dar una vuelta antes de que oscurezca del todo.

El cuero del asiento te abraza caliente, aún guardado del sol. Marina arranca, el motor ruge con fuerza, vibrando hasta tus huesos. Maneja por la costera, el viento azotando sus cabellos, su falda subiéndose por los muslos morenos y suaves. Tú no puedes evitar mirar, sientes el calor subiendo por tu entrepierna. Ella nota, y pone una mano en tu rodilla, subiendo despacio.

—Me encanta cómo vibra esta chingada, ¿verdad? —dice, mordiéndose el labio—. Como si supiera lo que viene.

Estaciona en una caleta apartada, cerca de la marina pero lo suficientemente oculta. El mar lame las rocas con un sonido hipnótico, las gaviotas chillan lejanas. Apaga el motor, y el silencio se llena solo de sus respiraciones agitadas. Se gira hacia ti, sus ojos ardiendo.

—He estado pensando en ti desde que te vi bajar de tu Mazda. Quiero sentirte, güey.

Tú no respondes con palabras. La jalas hacia ti, sus labios carnosos chocan con los tuyos en un beso hambriento. Sabe a sal y a menta, su lengua danza con la tuya, explorando, reclamando. Sus manos te recorren el pecho, desabotonando tu camisa con urgencia. Tú deslizas las tuyas por su espalda, bajando hasta su culo redondo y firme, apretándolo bajo la falda. Ella gime bajito, un sonido que te eriza la piel.

La reclinas en el asiento del copiloto, el espacio angosto del Mazda volviéndose un nido de deseo. Le subes el vestido, revelando unas tangas negras diminutas empapadas. El olor a su excitación, almizclado y dulce, te marea.

Chingado, qué rica huele esta mujer. Quiero perderme en ella.
Le quitas las tangas de un tirón, y ella abre las piernas, invitándote. Tus dedos encuentran su concha húmeda, resbaladiza, los labios hinchados palpitando. La acaricias despacio al principio, círculos suaves en su clítoris, sintiendo cómo se endurece bajo tu toque. Marina arquea la espalda, sus uñas clavándose en tus hombros.

—Sí, así, cabrón... no pares...

El sonido de sus jugos chorreando bajo tus dedos es obsceno, mezclado con sus jadeos. La metes un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hace gritar. Su interior te aprieta como un puño caliente, ondulando. Tú estás duro como piedra, tu verga latiendo contra los jeans. Ella lo nota y te la saca, envolviéndola con su mano suave y experta. La acaricia de arriba abajo, el prepucio deslizándose, el glande brillando con precum.

—Qué verga tan chingona tienes, amor. Quiero chupártela toda.

Se inclina, su boca caliente te engulle de golpe. Sientes la succión húmeda, su lengua lamiendo la base, las bolas. El calor de su garganta te hace gemir, tus caderas se mueven solas follándole la boca. El Mazda se mece con el ritmo, el cuero crujiendo. El sabor salado de tu piel en su lengua, el olor a sexo llenando el auto. Pero no quieres acabar así. La jalas arriba, la sientas a horcajadas sobre ti.

—Cógeme ya, pendejo. Quiero sentirte adentro.

Te posicionas, la punta de tu verga rozando su entrada empapada. Entras despacio, centímetro a centímetro, su concha estirándose alrededor de ti como terciopelo líquido. Ambos gimen al unísono, el estirón perfecto, el llenado total. Ella empieza a moverse, subiendo y bajando, sus tetas rebotando libres ahora que le has bajado el vestido. Tú las agarras, pellizcando los pezones duros como piedras, chupándolos hasta que grita.

El ritmo acelera, sus nalgas chocando contra tus muslos con palmadas húmedas. El sudor nos cubre, salado en la piel, goteando entre sus pechos. El mar ruge afuera, sincronizándose con nuestros jadeos.

Esto es puro fuego, carnal. Su coño me aprieta como si no quisiera soltarme nunca.
Sientes el orgasmo construyéndose, una ola gigante en tu vientre. Ella va más rápido, sus uñas arañando tu pecho, su clítoris frotándose contra tu pubis.

—Me vengo, chingado... ¡vente conmigo!

Explota primero ella, su concha convulsionando, ordeñándote, chorros calientes mojando todo. Tú la sigues, vaciándote dentro en espasmos interminables, el placer cegador, el mundo reduciéndose a ese Mazda lleno de pasión marina. Gritas su nombre, ella el tuyo, cuerpos temblando unidos.

Se derrumban, jadeando, el afterglow envolviéndolos como niebla tibia. Marina se acurruca en tu pecho, su piel pegajosa contra la tuya, el corazón latiendo al unísono. El mar susurra paz, las estrellas asomando en el cielo negro.

—Eso fue mazda pasión marina de la buena —murmura ella, riendo bajito—. Mi carro nunca había visto algo así.

Tú la besas en la frente, saboreando el sudor salado.

Qué chingón fue esto. No sé si sea el principio o el fin, pero valió cada segundo.
Se visten despacio, robándose besos, prometiendo más vueltas en esa Mazda. El motor arranca de nuevo, llevándolos de vuelta a la marina, con el sabor de la pasión aún en los labios y el alma en llamas.

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