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Tú y Yo Eterna Pasión

6504 palabras

Tú y Yo Eterna Pasión

El sol del atardecer en Puerto Vallarta teñía el cielo de naranjas y rosas, mientras las olas del Pacífico rompían suaves contra la arena fina frente a mi casa en la playa. Yo te esperaba en la terraza, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por la brisa salada. Habían pasado tres meses desde la última vez que nos vimos, tú en tu viaje de trabajo por la Ciudad de México y yo aquí, soñando con tus manos fuertes sobre mi cuerpo. Cuando tu camioneta se estacionó, mi corazón dio un brinco. Bajaste con esa sonrisa pícara que me deshace, tu camisa blanca abierta hasta el pecho moreno, oliendo a mar y a ese colonia amaderada que me vuelve loca.

Ven, carnal, te dije en voz baja, extendiendo los brazos. Tú subiste los escalones de un salto, tus ojos devorándome como si fueras un lobo hambriento. Tus labios encontraron los míos en un beso que sabía a tequila y sal, profundo, con esa urgencia que acumula el tiempo. Sentí tu lengua explorando mi boca, tu barba raspando mi piel suave, y un calor líquido se extendió por mi vientre. Tú y yo, pensé, eterna pasión que no se apaga ni con la distancia.

Te invité a pasar, pero ninguno quería soltar al otro. Tus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con esa posesión juguetona que me hace gemir bajito. "Te extrañé tanto, mi reina", murmuraste contra mi cuello, tu aliento caliente enviando escalofríos por mi espina. El olor de tu piel sudada por el camino se mezclaba con el jazmín del jardín, y yo te mordí el lóbulo de la oreja, saboreando el salado de tu sudor. "Yo más, pendejo", respondí riendo, tirando de tu camisa para quitártela. Tu pecho ancho, marcado por el gym, se reveló, y mis uñas lo arañaron suave, dejando rastros rojos que te hicieron gruñir.

"Dios, cómo te deseo, güey. No aguanto más verte así."

Nos sentamos en el sofá de la sala, con vistas al mar que rugía afuera como un eco de nuestra excitación. Preparé unos tacos de mariscos con salsa macha, picantes como el fuego que ardía entre nosotros. Mientras comías, tu pie rozaba mi pierna bajo la mesa, subiendo lento por mi muslo. Cada bocado era una tortura deliciosa: el crujido de la tortilla, el jugo del camarón explotando en tu boca, mis ojos fijos en tus labios húmedos. "¿Sabes qué quiero probar ahora?", susurraste, lamiendo salsa de tu dedo. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes.

La noche cayó como un manto estrellado, y pusimos música de cumbia rebajada, esa que nos hace mover las caderas sin remedio. Te levantaste y me jalaste a bailar, tu cuerpo pegado al mío. Sentí tu verga endureciéndose contra mi vientre, dura y caliente a través de tus jeans. Mis tetas se aplastaban contra tu pecho, pezones erectos rozando la tela. Tus manos en mi cintura me guiaban en círculos lentos, el sudor perlando tu frente, goteando hasta tu clavícula. Lamí esa gota salada, y tú gemiste: "Chingada madre, Ana, me vas a matar". Mi nombre en tus labios era como una caricia íntima, despertando mariposas en mi panocha ya empapada.

El beso que siguió fue feroz. Te cargué al cuarto, riendo como chiquillos, pero con el deseo de adultos que se comen vivos. Caímos en la cama king size, sábanas de hilo fresco contrastando con nuestra piel ardiente. Te quité los jeans de un tirón, liberando tu verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado como un tambor. "Qué chingona está", murmuré, lamiendo la punta donde brillaba una gota precursora, salada y almizclada. Tú jadeaste, tus dedos enredados en mi pelo negro, guiándome suave.

Pienso en cómo tu boca me devora después, tu lengua hurgando mi clítoris hinchado, chupando mis jugos dulces como miel de maguey.

Me volteaste boca abajo, besando cada vértebra de mi espalda mientras bajabas mi tanga. El aire fresco del ventilador me erizó la piel, pero tu aliento caliente en mis nalgas lo contrarrestaba. Mordiste suave mi carne, lamiendo hasta mi ano, haciendo que mis muslos temblaran. "¡Ay, cabrón!", grité de placer, arqueándome. Tus dedos entraron en mi concha resbaladiza, dos, tres, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos era obsceno, mezclado con mis gemidos y el lejano romper de olas.

La tensión crecía como una tormenta. Te puse de espaldas, montándote despacio. Tu verga se hundió en mí centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, llenándome hasta el fondo. Tus manos en mis caderas me ayudaban a subir y bajar, mis tetas rebotando con cada embestida. El olor a sexo impregnaba el aire: sudor, fluidos, nuestra esencia mezclada. Tus ojos clavados en los míos, oscuros de lujuria. "Te amo, mi vida", dijiste, y aceleré, cabalgándote como una amazona, mis uñas clavadas en tu pecho.

Cambiamos posiciones como en un baile frenético. De lado, tu cuerpo envolviéndome por detrás, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos, la otra apretando mi teta. Entrabas profundo, golpeando mi cervix con cada thrust, el slap-slap de piel contra piel resonando. Grité tu nombre, "¡Marco, sí, así!", mientras el orgasmo me barría como una ola gigante. Mi concha se contrajo alrededor de tu verga, ordeñándola, jugos chorreando por tus bolas. Tú no aguantaste: "Me vengo, chula", rugiste, llenándome con chorros calientes, pulsando dentro de mí.

Colapsamos jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y semen. El ventilador nos refrescaba, el mar canturreaba su nana. Te besé el hombro, saboreando el salado. "Tú y yo, eterna pasión", susurré, trazando círculos en tu pecho. Tú sonreíste, besando mi frente. "Siempre, mi reina. Esto no termina nunca". En ese afterglow, con tu semilla goteando de mí, supe que éramos fuego eterno, ardiendo en la playa de nuestros sueños.

Nos duchamos juntos después, agua tibia lavando el pecado, pero no el recuerdo. Tus manos jabonosas en mi piel, mis labios en tu cuello. Salimos a la terraza envueltos en toallas, bebiendo mezcal bajo las estrellas. Hablamos de futuro: viajes a la Riviera Maya, noches como esta. El deseo latía aún, pero satisfecho, prometiendo más. Tú y yo, en esta danza infinita de cuerpos y almas.

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