Duelo de Pasión
La noche en la fiesta de la hacienda ardía como tequila en las venas. El aire olía a mezcal ahumado, a carne asada chisporroteando en las brasas y a jazmines salvajes que trepaban por las paredes de adobe. Música de mariachi retumbaba, con trompetas que rasgaban el cielo estrellado y guitarras que gemían como amantes heridos. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mis caderas, bailaba entre la multitud, sintiendo el sudor perlado en mi escote y el pulso acelerado por el ritmo.
¿Por qué carajos vine aquí? pensé, mientras sorbía un trago de mi copa. Sabía que él estaría. Javier, ese güey arrogante con ojos de fuego y brazos tatuados que parecían hechos para aprisionar. Habíamos sido amantes hace un año, hasta que su orgullo de macho alfa nos separó en una pelea de gritos y portazos. Pero el deseo no se apaga tan fácil; era como una brasa que esperaba el viento.
Lo vi recargado en una columna, con su camisa negra abierta hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que tanto me gustaba rozar con los labios. Nuestras miradas chocaron como espadas. Sonrió con esa mueca pícara, levantando su botella en un brindis burlón. Caminé hacia él, mis tacones clavándose en la tierra compacta, el corazón latiéndome como tambor de guerra.
—
¿Qué onda, pendeja? ¿Vienes a buscar revancha?—dijo, su voz grave ronca por el humo del cigarro que apagó con el pie.
Me acerqué tanto que sentí su calor corporal, ese olor a hombre mezclado con colonia barata y sudor fresco. —
Revancha, carnal. Pero esta vez no te vas a salir con la tuya tan fácil.Mi aliento rozó su cuello, y vi cómo se le erizaba la piel.
Así empezó nuestro duelo de pasión. Palabras afiladas como navajas: él me acusaba de ser una diosa inalcanzable, yo lo tildaba de toro enloquecido sin riendas. La gente a nuestro alrededor reía, pensando que era puro relajo, pero entre nosotros crepitaba la electricidad. Sus manos rozaron mi cintura al pasar un vaso, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Olía a su excitación incipiente, ese almizcle que me volvía loca.
La fiesta seguía su curso, pero nosotros nos escabullimos hacia el jardín trasero, donde las sombras de los naranjos jugaban con la luz de la luna. El aire era más fresco ahí, cargado de tierra húmeda y flores nocturnas. Nos paramos frente a frente, respirando agitados.
—
Admite que me extrañas, Ana. Tu cuerpo no miente.Su mano subió por mi muslo, bajo el vestido, deteniéndose justo donde mi piel ardía.
¡Maldito! Sabe exactamente cómo tocarme, pensé, mientras mis pezones se endurecían contra la tela. Lo empujé contra un árbol, mis uñas clavándose en su pecho. —
¿Y tú? Mírate, ya estás duro como piedra, güey.Palpaba su erección a través del pantalón, gruesa y pulsante, y un gemido se le escapó.
El duelo escaló. Nos besamos con furia, lenguas batallando como gladiadores. Su boca sabía a tequila y sal, sus dientes mordisqueando mi labio inferior hasta que sangró un poquito, dulce metálico en mi lengua. Mis manos desabotonaron su camisa, explorando los músculos tensos de su abdomen, sintiendo cada contracción bajo mis palmas húmedas. Él arrancó mi vestido de un tirón, exponiendo mis senos al aire fresco; el pezón izquierdo se endureció al instante con la brisa.
Caímos sobre la hierba suave, alfombra natural que olía a verde fresco y tierra fértil. Javier me volteó boca abajo, su peso sobre mí como una promesa de rendición mutua. —
Esta vez te voy a hacer mía de verdad, hasta que grites mi nombre.Sus dedos se colaron entre mis piernas, encontrando mi humedad resbaladiza. Jadeé cuando rozó mi clítoris, hinchado y sensible, círculos lentos que me hacían arquear la espalda.
No voy a rendirme tan fácil. Me giré, montándolo a horcajadas. Su verga saltó libre cuando bajé su zipper, venosa y caliente en mi mano. La apreté, sintiendo el pulso acelerado en la base, y la lamí desde la raíz hasta la punta, saboreando el precum salado que brotaba. Él gruñó, sus caderas embistiéndome la boca, pero lo detuve. —
Aún no, cabrón. Esto es un duelo.
La tensión crecía como tormenta. Lo provoqué rozando mi panocha empapada contra su longitud, sin penetrar, solo deslizándome arriba y abajo. El roce era exquisito: mi calor envolviéndolo a medias, sus manos amasando mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el sonido de nuestras respiraciones jadeantes mezclándose con el lejano mariachi. Olía a sexo inminente, a feromonas y jazmín aplastado bajo nosotros.
Internamente luchaba:
¿Lo amo? ¿O solo es este fuego que nos consume?Pero su mirada, vulnerable por un segundo, me derritió. —
Te necesito dentro, Javier. Cógeme ya.Fue mi rendición, pero también su victoria compartida.
Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité, el placer punzante como un rayo. Su verga gruesa estiraba mis paredes internas, cada vena frotando puntos que me hacían ver estrellas. Embestía rítmico, profundo, el slap-slap de carne contra carne resonando en la noche. Mis uñas arañaban su espalda, dejando surcos rojos que olían a sudor salado cuando los lamí después.
Cambiámos posiciones como en una danza salvaje: él de rodillas, yo arqueada ofreciéndole mi culo redondo; luego misionero, sus ojos clavados en los míos mientras me follaba lento, torturante. Sentía cada centímetro: la fricción ardiente, el roce en mi punto G que me hacía temblar. —
¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!exigí, y él obedeció, acelerando hasta que mis piernas se envolvieron en su cintura, talones clavándose en sus nalgas.
El clímax se acercaba como avalancha. Mis músculos internos se contraían alrededor de él, ordeñándolo. Él jadeaba en mi oído: —
Me vengo, Ana... juntos...El orgasmo nos golpeó simultáneo. Sentí su semen caliente inundándome en chorros potentes, mientras mi concha palpitaba en espasmos interminables, jugos mezclándose y goteando por mis muslos. Grité su nombre al cielo, el mundo explotando en blanco puro, oídos zumbando con mi propio pulso.
Colapsamos, exhaustos, envueltos en el afterglow. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. El aire nocturno secaba nuestro sudor, dejando un brillo salino en la piel. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando labios hinchados. Olía a nosotros: sexo crudo, tierra y promesa.
—
Esto no fue un duelo, carnal. Fue una tregua eterna.murmuró, acariciando mi cabello revuelto.
Sonreí, trazando círculos en su pecho. Quizá sí lo amo. La fiesta seguía a lo lejos, pero aquí, en nuestro rincón, el mundo era perfecto. El duelo de pasión nos había unido de nuevo, más fuertes, más vivos. Y mientras la luna nos velaba, supe que esto era solo el principio.