La Pasión de Cristo Reparto
Ana llegó al teatro con el corazón latiéndole a mil por hora. El calor de la tarde en Guadalajara se colaba por las ventanas entreabiertas, trayendo el olor a tierra mojada y el eco distante de los mariachis en la plaza. Era el ensayo general de La Pasión de Cristo, la obra que cada Semana Santa llenaba el escenario con fieles y curiosos. Ella interpretaba a María Magdalena, esa mujer pecadora redimida por el amor divino. Y él, Javier, era el Cristo, con su barba postiza y esa mirada que traspasaba el alma.
El reparto estaba completo: los apóstoles charlaban en corrillos, riendo con chistes verdes sobre las cruces y las flagelaciones. "¡Órale, güeyes, no se vayan a poner duros con las romanas!", bromeaba Pedro, el carnal de Ana. Pero ella solo tenía ojos para Javier. Alto, moreno, con músculos marcados por horas en el gimnasio. Cuando el director gritó "¡Acción!", Ana se acercó a él en la escena del perdón, sus manos temblando al tocar su túnica.
El roce fue eléctrico. La tela áspera contra su piel, el sudor que perlaba el cuello de Javier, oliendo a hombre, a jabón barato y deseo contenido.
¿Por qué carajos me moja tanto este wey?pensó Ana, mientras recitaba: "Señor, mis pecados son muchos, pero tu pasión me salva". Javier la miró fijo, su voz grave: "Mujer, tus culpas están perdonadas. Vete en paz". El público imaginario jadeó, pero para ella fue real, como si él le hablara del alma.
Al final del ensayo, el director los felicitó. "¡Ese química entre el Cristo y la Magdalena está chingona! Mañana abrimos". Todos aplaudieron, pero Ana sintió la mirada de Javier quemándole la nuca. Se quedó recogiendo accesorios, el teatro vacío salvo por el zumbido de las luces y el crujir de las tablas viejas.
Él se acercó, quitándose la corona de espinas. "Buen trabajo, Magdalena. Parecía que de veras sentías la pasión". Su sonrisa pícara, dientes blancos contra la barba. Ana se sonrojó, el aire cargado de tensión. "Tú tampoco te quedas atrás, Jesús. Esa mirada... me eriza la piel". Se rieron, nerviosos, y él sacó una chela del cooler. "Toma, para bajar el calor. ¿O prefieres algo más fuerte?"
Se sentaron en el borde del escenario, piernas colgando. Hablaron de todo: de cómo Javier había dejado la uni para actuar, de las novias que Ana había mandado al carajo por pendejos. El olor a cerveza fría mezclándose con su colonia, el roce accidental de rodillas.
Si me besa ahora, me dejo llevar. Total, somos adultos, ¿no?La mano de él en su muslo, casual al principio, luego firme. "Ana, desde el primer ensayo te veo y se me para. Eres fuego puro".
Ella no respondió con palabras. Lo jaló por la nuca, labios chocando en un beso hambriento. Sabía a chela y a menta, lengua explorando con urgencia. Javier la levantó en brazos, llevándola al camerino oscuro. La puerta se cerró con un clic, el mundo afuera olvidado. Sus manos bajaron la cremallera de su vestido, exponiendo pechos llenos, pezones duros como piedras.
"Qué chingonas tetas, Ana", murmuró él, chupando uno, mordisqueando suave. Ella gimió, arqueando la espalda, uñas clavándose en su espalda. El aire olía a sexo inminente, a piel caliente y humedad entre sus piernas. Javier la recostó en el sofá viejo, besando su vientre, bajando hasta el encaje de la tanga. "Déjame probarte, Magdalena. Quiero comerte entera".
Ana abrió las piernas, temblando. Su lengua la lamió despacio, saboreando el néctar salado, círculos en el clítoris que la hicieron gritar. "¡Ay, Javier, no pares, cabrón!" Él succionaba, dedos entrando y saliendo, curvándose justo ahí, el punto que la volvía loca. El sonido húmedo, chapoteante, mezclándose con sus jadeos. Olía a ella, a mujer en celo, almizcle puro.
No aguantó más. Lo empujó arriba, quitándole la playera. Pecho velludo, abdomen marcado. Desabrochó su jeans, liberando la verga gruesa, venosa, goteando pre-semen. "Métemela ya, wey. Quiero sentir a mi Cristo adentro". Javier se puso condón –siempre responsable, el pendejo– y la penetró de un golpe, llenándola. Ella gritó de placer, paredes apretando su calor.
Se movieron como animales, él embistiendo fuerte, ella clavando talones en su culo. Sudor chorreando, pieles chocando con palmadas húmedas. "¡Más duro, Javier! ¡Cógeme como si fuera la última pasión!" Él gruñía, mordiendo su cuello, manos amasando tetas. El sofá crujía, amenazando romperse. Ana sentía cada vena de su verga rozando adentro, el roce en su G, oleadas de placer subiendo.
Cambiaron: ella encima, cabalgando salvaje. Cabello revuelto, sudor volando. Lo veía desde arriba, ojos en llamas, boca abierta en éxtasis.
Esto es la verdadera pasión de Cristo, reparto de cuerpos y almas. Javier pellizcaba sus nalgas, azotando leve. "¡Qué rico te meneas, pinche Magdalena caliente!" El orgasmo la golpeó primero, convulsiones, chorro caliente mojando todo. Él la siguió, rugiendo, llenando el condón con chorros calientes.
Se derrumbaron, jadeantes, cuerpos pegajosos. El camerino apestaba a sexo crudo, semen y sudor. Javier la besó suave, acariciando su cabello. "Eso fue... bíblico, Ana". Ella rio, besándolo. "Más que el reparto de La Pasión de Cristo. Tú y yo, puro fuego prohibido".
Se vistieron despacio, risas compartidas. Afuera, la noche caía sobre Guadalajara, luces de la catedral parpadeando. Mañana sería la función, miles viéndolos actuar santos. Pero ellos sabían la verdad: la pasión real ardía en lo oculto, en toques robados y promesas de más.
Ana salió primero, piernas flojas, sonrisa tonta. Javier la guiñó un ojo desde la puerta.
Esto apenas empieza, carnal. La pasión no acaba en la cruz. Caminó a casa, el aire fresco calmando su piel enrojecida, saboreando el afterglow. El reparto de La Pasión de Cristo había encontrado su propio evangelio: el del deseo mutuo, ardiente y eterno.