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Pasión por el Color en tu Piel

5937 palabras

Pasión por el Color en tu Piel

En el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, donde el sol besa las cúpulas de las iglesias y el aire huele a elotes asados y jazmín callejero, monté mi caballete en la Plaza de Santo Domingo. Pasión por el color, eso era lo que me movía, carnal. Cada trazo en el lienzo era un suspiro, un latido que capturaba el rojo furioso de las flores de bugambilia, el azul eléctrico del cielo sobre el Zócalo, el dorado sudoroso de los cuerpos bailando en las fiestas patronales. Pero ese día, todo cambió cuando la vi.

Se llamaba Ximena, una morra de ojos negros como obsidiana y piel morena que brillaba bajo el sol poniente. Vendía artesanías en un puesto cercano, collares de chaquira que tintineaban como promesas. Llevaba un huipil blanco que se pegaba a sus curvas como una caricia, y cuando se acercó a curiosear mi pintura, olí su perfume: vainilla y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

¿Qué chingados me pasa? Esta mujer es un lienzo vivo, llena de colores que no he pintado nunca.
Le sonreí, pendejo nervioso, y le dije: "Órale, güey, ¿te late el color? Esta es mi pasión por el color, neta que me prende."

Ella rio, una carcajada ronca que me erizó la piel. "Pos sí, carnal, pero tú pintas como si estuvieras haciendo el amor con el pincel. Enséñame más." Hablamos horas, de Frida Kahlo y sus autorretratos sangrientos, de los murales de Siqueiros que gritan en las paredes. La tensión crecía como el calor del asfalto al mediodía; sus dedos rozaban los míos al pasar un pincel, y yo sentía el pulso acelerado en mi verga, latiendo bajo los jeans. Al final del día, la invité a mi taller en la colonia Roma. "Ven, te muestro cómo exploto los colores de verdad."

Acto segundo: la escalada

Mi taller era un caos chido: lienzos apilados, tubos de pintura abiertos exhalando olores acres de óleo y trementina, el sonido de un ventilador viejo zumbando como un amante impaciente. Ximena entró como reina, quitándose el huipil con una lentitud que me dejó sin aliento. Debajo, solo un brasier negro y pantalones ajustados que marcaban su culo redondo, perfecto para trazar con rojo carmín.

"Píntame", me dijo, recargándose en la mesa de trabajo, sus tetas subiendo y bajando con cada respiración. Mierda, esto es más que arte. Tomé el pincel más grueso, untado en azul cobalto, y lo pasé por su cuello. La piel se erizó al instante, un gemido suave escapó de sus labios carnosos. "Qué frío, pero qué rico", murmuró. El olor de la pintura se mezcló con su sudor, un aroma almizclado que me ponía la cabeza a mil.

Gradualmente, el pincel bajó: por su clavícula, entre sus pechos, rozando los pezones que se endurecieron como chiles secos. Ella jadeaba, neta que jadeaba, y sus manos subieron a mi camisa, arrancándomela con urgencia. "Tú también, pendejo, déjame verte." Mi pecho desnudo, cubierto de vello oscuro, recibió lamidas de rojo bermellón directamente de sus dedos. Sentí el sabor salado de su piel cuando la besé, lengua explorando su boca como un trazo salvaje.

Esta pasión por el color ya no es solo en el lienzo, es en ella, en nosotros.

La desvestí por completo, sus nalgas firmes temblando bajo mis palmas manchadas de amarillo ocre. La acosté en una lona protectora, el suelo crujiendo bajo nuestro peso. Mi boca devoró sus tetas, chupando los pezones pintados, saboreando la mezcla dulce de pintura y su leche materna imaginaria. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, no pares!", mientras sus uñas me arañaban la espalda, dejando surcos rojos como trazos expressionistas.

La tensión subía como el volcán en erupción; mi verga dura como tubo de óleo presionaba contra su muslo, untándose de verde esmeralda que ella misma esparció con la mano. "Métemela ya, amor, hazme tuya con tus colores." La penetré despacio, sintiendo su coño caliente y húmedo envolviéndome, pulsando como un corazón vivo. El sonido de carne contra carne, chapoteante y obsceno, llenaba el taller, mezclado con nuestros jadeos y el zumbido del ventilador. Movimientos lentos al principio, pintando su interior con cada embestida, luego más rápido, salvaje, como un torbellino de colores chocando.

Internamente, luchaba: Esto es más que un polvo, es fusionar almas en pigmentos. Ella gritaba mi nombre –"¡Alejandro, sí, así!"–, sus caderas respondiendo con furia, apretándome hasta el delirio. Sudor y pintura chorreaban, oliendo a sexo crudo y arte prohibido. La volteé, doggy style sobre el lienzo, azotando su culo ahora morado de pasión, mientras ella se tocaba el clítoris, gimiendo en mexicano puro: "¡Me vengo, güey, me vengo chingón!"

Acto tercero: la liberación

El clímax nos golpeó como un terremoto en la CDMX: yo explotando dentro de ella, chorros calientes de semen mezclándose con los colores en su coño, ella convulsionando, chorros de su squirt salpicando el piso como acuarelas diluidas. Nos derrumbamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El aire olía a orgasmo, a pintura seca y a nosotros, exhaustos y plenos.

La abracé, besando su frente manchada de magenta. "Ximena, mi pasión por el color ahora eres tú. Cada tono de tu piel, cada gemido, es mi obra maestra." Ella sonrió, perezosa, trazando mi pecho con un dedo limpio. "Y tú eres mi pintor loco, carnal. Esto no acaba aquí, ¿eh? Vamos a hacer más arte."

Nos quedamos así, en el afterglow, escuchando la ciudad bullir afuera: cláxones, risas, mariachis lejanos. Mi mente divagaba:

La vida es un lienzo infinito, y con ella, lo pinto de pasión eterna.
Limpiamos el desastre riendo, planeando la próxima sesión. Porque en México, el amor y el color van de la mano, chidos y vibrantes, listos para más.

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