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La Pasion de Cristo Para Colorear en Piel Ardiente

6796 palabras

La Pasion de Cristo Para Colorear en Piel Ardiente

Yo siempre he sido una chava creativa, de esas que encuentran placer en las cosas más simples. Mi nombre es Ana, tengo veintiocho pirulos y vivo en un departamentito chulo en la Roma, aquí en la CDMX. Ese día, andaba revisando chacharros viejos en casa de mi jefa –así le digo a mi mamá– y di con un librito polvoriento: La Pasion de Cristo para colorear. Era de cuando era morrita, con dibujos de Jesús cargando la cruz, María Magdalena a sus pies, todo en blanco y negro listo para que una lo llenara de colores. Neta, me dio un chispazo raro. En lugar de nostalgia piadosa, sentí un calorcillo entre las piernas. ¿Y si lo coloreaba de manera... diferente?

Llegué a mi depa con el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Me quité la ropa, me puse una tanguita roja que me hace sentir pinche diosa y me senté en la alfombra del piso con el libro abierto. El sol de la tarde entraba por la ventana, bañando todo en luz dorada. Tomé mis plumones indelebles –de los que no se borran fácil– y empecé. La primera imagen: Cristo azotado, el cuerpo marcado por latigazos. En vez de rojo sangre, le pinté moretones morados intensos, como si fueran besos salvajes. Mi mano temblaba un poco, el olor a tinta fresca me subía por la nariz, y entre mis muslos sentía esa humedad traicionera creciendo.

¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es sacrilegio... pero qué chido se ve este Cristo sufriendo de placer
, pensé, mientras pasaba el plumón por los músculos dibujados, imaginando que era piel real bajo mis dedos.

De repente, la puerta se abrió. Era Cristo, mi carnal –bueno, mi novio, se llama así de verdad, Cristofer, pero todos le decimos Cristo. Alto, moreno, con tatuajes que le cubren los brazos como un mapa de tentaciones. Entró con una sonrisa pendeja, cargando bolsas del súper. ¡Órale, Ana! ¿Qué onda con el desmadre? ¿Te estás volviendo exhibicionista o qué? Se rio, pero sus ojos se clavaron en mí y en el libro. Se acercó despacio, tiró las bolsas en la mesa y se arrodilló a mi lado. Olía a su colonia de siempre, esa que me hace babear, mezclada con el sudor del tráfico. Tocó mi hombro desnudo, su mano áspera enviando chispas por mi espalda.

Le expliqué lo del librito, La Pasion de Cristo para colorear, cómo me había puesto cachonda de la nada. Él se carcajeó, pero vi cómo se le paraba la verga bajo los jeans. Mamacita, si quieres pasión, aquí me tienes. ¿Y si coloreamos de verdad? Como en vivo. Su voz era ronca, como gravel mezclado con deseo. Me jaló hacia él, nuestros cuerpos chocando. Sentí su pecho duro contra mis tetas, el latido de su corazón retumbando en mi piel. Me besó el cuello, mordisqueando suave, y el sabor salado de su sudor me explotó en la lengua cuando le lamí la clavícula.

Acto uno del desmadre: nos quitamos todo. Quedamos en pelotas en la alfombra, el libro entre nosotros. Cristo tomó un plumón negro y empezó a dibujar en mi panza una cruz chiquita, como la de Jesús. Su aliento caliente me erizaba la piel, el roce del plumón era cosquilloso, eléctrico. Esto es lo que querías, ¿verdad? Marcarme como tuyo, murmuré. Él gruñó, Sí, wey, eres mi Magdalena pecadora. Yo agarré un rojo pasión y tracé latigazos falsos en su pecho ancho. Cada línea era un jadeo compartido; el aire se llenaba del aroma a tinta y a nuestra excitación, ese olor almizclado que grita fóllame ya.

La tensión subía como olla exprés. Nos coloreamos mutuamente, riendo y gimiendo. Él pintó espinas en mis muslos, rozando adentro con los dedos, haciendo que mi concha palpitara. Yo le coloreé la verga erecta con venas azules furiosas, el plumón deslizándose suave sobre la piel tensa, caliente.

¡Puta madre, Ana, me vas a matar! Sigue, no pares
, rogó él, su voz quebrada. Mis pezones se endurecían con cada roce, el sudor nos pegaba, resbaloso. Oíamos el tráfico lejano, pero aquí adentro solo existían nuestros jadeos, el scrrrtch del plumón en piel, el pulso acelerado en las sienes.

Emocionalmente, era un torbellino. Yo luchaba con la culpa piadosa de mi crianza católica –¿qué diría mi jefa?– pero Cristo me susurraba al oído: Esto es nuestra pasión, nena. Pura y chingona. Sus palabras me empoderaban, me hacían sentir reina. Le pinté la cara de sufrimiento extático, como en el libro, y él a mí los labios de Magdalena, rojos como sangre de deseo. Nuestros cuerpos eran el lienzo ahora, marcados con imágenes blasfemas y eróticas de La Pasion de Cristo para colorear. El calor entre nosotros era insoportable; mi clítoris hinchado rogaba atención, su verga goteaba pre-semen que olía a sal y lujuria.

Escalada máxima: no aguantamos más. Cristo me tumbó de espaldas, el piso áspero contra mi espinazo un contraste delicioso con su cuerpo pesado encima. Entró en mí de un solo empujón, grueso y pulsante, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! ¡Sí, así! grité, mis uñas clavándose en su espalda coloreada. El ritmo era fiero, piel contra piel chapoteando, sudor volando. Oía sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando con cada estocada. Él chupaba mis pezones pintados, el sabor a tinta y sudor en su boca. Yo le mordía el hombro, saboreando el salitre, mientras mi concha lo ordeñaba, contrayéndose en olas.

Internamente, explotaba.

Esto es la pasión verdadera, no cruces ni espinas, sino este fuego que nos consume
. Él gemía mi nombre, Ana, mi puta santa, y yo respondía arqueándome, piernas enredadas en su cintura. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, el plumón rojo manchando su pecho con cada rebote. El olor a sexo nos ahogaba, espeso y embriagador. Sentía cada vena de su verga rozándome por dentro, mi clítoris frotándose contra su pubis. El clímax llegó como avalancha: yo primero, gritando ¡Me vengo, Cristo!, chorros calientes empapándonos; él segundos después, llenándome con su leche espesa, caliente, gimiendo ronco.

Afterglow: nos quedamos tirados, jadeantes, cuerpos pintados como un fresco erótico. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja. Él me acarició el pelo, besándome suave. ¿Ves? Nuestra propia La Pasion de Cristo para colorear, pero con final feliz. Reí, sintiéndome plena, empoderada. Lavamos las manchas en la regadera, riendo del desmadre, pero el recuerdo quedó grabado en la piel y el alma. Esa noche dormimos enredados, soñando con más libritos por colorear juntos. Neta, la pasión no necesita cruces; solo dos cuerpos dispuestos a mancharse de colores prohibidos.

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