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La Pasion de Cristo Segun San Lucas en Carne Propia

7377 palabras

La Pasion de Cristo Segun San Lucas en Carne Propia

Estás en la penumbra de la antigua capilla familiar en las afueras de Querétaro, el aire cargado con el aroma dulce del copal quemado y el jazmín silvestre que trepa por las paredes de cantera. Es Jueves Santo, y el sol del atardecer filtra rayos anaranjados a través de los vitrales, pintando tu piel morena con manchas de rojo y oro. Llevas un vestido ligero de algodón blanco, ceñido a tus curvas, que se pega un poco por el calor húmedo. Frente a ti, él, Jesús —así lo llaman sus carnales por su barba espesa y esos ojos profundos como pozos—, hojea la Biblia familiar, abierta en el Evangelio de San Lucas.

¿Por qué carajos me pongo nerviosa con esto? piensas, mientras tu pulso se acelera. Jesús no es ningún santo, neta, es un wey de treinta tacos, alto, con pecho ancho de tanto gym y manos callosas de trabajar en la construcción de hoteles en San Miguel. Pero hoy, con esa playera negra ajustada que marca sus músculos y jeans desgastados, parece sacado de un sueño pecaminoso. Hablan de la procesión del pueblo, de la pasión de Cristo según San Lucas, esa parte del evangelio que lee en voz alta con su tono grave, ronco, como si estuviera confesándote tus deseos más sucios.

—Órale, Ana —dice él, su aliento cálido rozando tu oreja mientras se acerca—. Escucha esto:

«Padre, si quieres, pasa de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
¿No te late? Es como si Cristo estuviera rogando por algo más... intenso.

Sientes un cosquilleo en el vientre, el calor subiendo por tus muslos. Su voz vibra en tu pecho, y el olor de su piel —sudor limpio mezclado con colonia barata de pino— te invade. Te muerdes el labio, recordando cómo anoche en la cama te susurró guarradas mientras te lamía el cuello. No es la primera vez que juegan con lo prohibido; en México, con tanta Semana Santa, todo se siente sagrado y sucio al mismo tiempo. Pero hoy, con la capilla vacía y el eco de las campanas lejanas, la tensión es como una mecha encendida.

Te giras hacia él, tus pechos rozando su torso firme. —Simón, Jesús, pero mi versión de la pasión de Cristo según San Lucas sería con menos clavos y más... caricias —murmuras, tu voz juguetona, con ese acento queretano que arrastra las eses.

Él ríe bajito, un sonido gutural que te hace apretar las piernas. Sus dedos grandes recorren tu brazo, dejando rastros de fuego. —Pues enséñame, morra. Sé mi María Magdalena.

El beso empieza lento, sus labios secos al principio, saboreando el salado de tu gloss de cereza. Luego, su lengua invade tu boca, húmeda, ansiosa, bailando con la tuya en un ritmo que imita las letanías de la misa. Sientes su verga endureciéndose contra tu cadera, dura como piedra sagrada, y un gemido se te escapa, ahogado en su garganta. El mundo se reduce a eso: el roce áspero de su barba en tu mejilla suave, el crujir de las bancas de madera bajo vuestros pies, el distante ladrido de perros en el pueblo.

Te empuja contra el altar de madera pulida, fría contra tu espalda ardiente. Sus manos suben por tus muslos, levantando el vestido, exponiendo tu piel al aire fresco. —Estás chingona, Ana —gruñe, oliendo tu excitación, ese almizcle dulce que fluye de tu panocha húmeda—. Neta, me pones como Cristo en la cruz, sufriendo de ganas.

Qué pendejo tan chido, piensas, riendo por dentro mientras arqueas la espalda. Le quitas la playera de un tirón, revelando su torso velludo, pectorales que suben y bajan con respiraciones pesadas. Tus uñas arañan su piel, dejando surcos rojos como latigazos simbólicos. Él gime, un sonido animal que reverbera en la bóveda, y baja la cabeza a tus chichis, liberándolos del brasier con dientes juguetones. El aire fresco eriza tus pezones, duros como piedritas, y cuando su boca los chupa —fuerte, succionando con lengua caliente—, sientes descargas eléctricas hasta el clítoris palpitante.

La escalada es gradual, deliciosa. Sus dedos expertas encuentran tu tanga empapada, frotando el encaje contra tu carne hinchada. —Estás chorreando, wey —dice él, metiendo un dedo grueso adentro, curvándolo para tocar ese punto que te hace ver estrellas. Jadeas, el sonido ecoando como un réquiem erótico, mientras el olor de vuestros jugos se mezcla con el incienso. Le agarras la verga por encima del jeans, sintiendo su grosor, venoso, latiendo como un corazón herido. La liberas, pesada en tu palma, la piel aterciopelada sobre acero. La acaricias despacio, arriba-abajo, saboreando el pre-semen salado en tu lengua cuando te arrodillas, como en oración profana.

Su mano en tu pelo, guiándote sin forzar, solo sugiriendo. Chupas la cabeza, lamiendo la ranura, el sabor musgoso y salobre explotando en tu boca. Él gruñe: —Ay, cabrona, así... como si fuera el vino de la última cena. Tus labios se estiran alrededor de su circunferencia, la garganta relajándose para tomarlo más hondo, saliva goteando por tu barbilla. El pulso en tu concha es insoportable ahora, un tambor de guerra.

Te levanta, te voltea sobre el altar. El mármol fresco besa tus tetas aplastadas, tus manos aferradas al borde tallado con cruces. Sientes la punta de su verga presionando tu entrada, resbaladiza de jugos. —Dime que sí, Ana. Que sea nuestra pasión —susurra, su aliento caliente en tu nuca.

—¡Sí, pendejo! Métemela toda, como San Lucas lo cuenta, pero con placer —gritas, empujando hacia atrás.

Entra de un golpe suave, llenándote hasta el fondo, estirándote deliciosamente. Gritas de gusto, el dolor placentero de la plenitud. Empieza a bombear, lento al principio, cada embestida un golpe de pasión, sus bolas chocando contra tu clítoris. El sudor gotea de su frente a tu espalda, salado en tu lengua cuando te lame la espina. Acelera, el slap-slap de carne contra carne llenando la capilla, mezclado con tus ayes y sus roncos ¡chinga!. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, el orgasmo construyéndose como una tormenta en el Getsemaní de tu cuerpo.

Piensas en la pasión de Cristo según San Lucas, en el sudor de agonía, pero aquí es éxtasis compartido. Él te voltea, te sube a horcajadas, tus caderas girando como en un ritual azteca olvidado. Tus uñas en su pecho, sus manos amasando tu culo redondo. El clímax llega rugiendo: el tuyo primero, olas convulsivas que te arquean, chorros calientes empapando su verga. Él explota segundos después, bombeando semen espeso dentro de ti, gritando tu nombre como una plegaria.

Caen juntos al suelo, alfombrado de pétalos secos, jadeantes. Su pecho sube y baja bajo tu mejilla, el corazón galopando como tambores de procesión. El aire huele a sexo crudo, semen y jazmín, bendito hedor. Te besa la frente, suave ahora. —Neta, Ana, fuiste mi redención.

Te acurrucas, el afterglow envolviéndote como un manto sagrado. Afuera, las campanas tañen la oración del atardecer, pero aquí, en esta capilla profanada con amor, sientes paz. La pasión de Cristo según San Lucas ya no es solo palabras en un libro; es carne, sudor, gemidos eternos grabados en tu piel. Y sabes que mañana, en la procesión, caminarás con una sonrisa secreta, recordando cómo convertiste el sufrimiento en puro gozo mexicano.

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