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Pasión Desbordada

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Pasión Desbordada

El sol se ponía en Puerto Vallarta tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar como un lienzo vivo. Yo, Sofia, caminaba por la playa con el vestido ligero pegándose a mi piel por la brisa salada. Hacía calor, de ese que te hace sudar y pensar en quitártelo todo. La arena tibia se colaba entre mis dedos y el olor a mariscos asados del puesto cercano me abrió el apetito, pero no era comida lo que andaba buscando esa noche.

Ahí estaba él, Diego, recargado en la barra de un palapa con una cerveza fría en la mano. Su camisa blanca abierta dejaba ver el pecho moreno y marcado por años de surfear esas olas. Nuestros ojos se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes chile y te sube el calor por todo el cuerpo. Órale, Sofia, ¿por qué carajos el destino te lo pone enfrente otra vez? pensé, recordando esa noche hace dos años en una fiesta parecida, cuando nos besamos hasta el amanecer sin decirnos ni adiós.

¡Ey, güerita! —me gritó con esa sonrisa pícara que ilumina sus ojos cafés—. ¿Qué onda? ¿Vienes a mojarme la camisa con tu presencia?

Me acerqué riendo, el corazón latiéndome fuerte contra las costillas. —No mames, Diego, ¿tú por aquí? —le dije, sentándome a su lado. Pedí un michelada bien fría, el limón fresco explotando en mi lengua y la sal picando justo como me gustaba. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico en la ciudad, de cómo el mar siempre llama de vuelta, de lo chido que estaba el ambiente con la banda tocando cumbia rebajada al fondo. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, y cada toque era como una chispa en mi piel húmeda por el sudor.

Este wey me trae loca. Su olor a sal y loción varonil me está volviendo loca. Quiero sentir sus manos grandes recorriéndome entera.

La tensión crecía con cada trago. Bailamos pegaditos bajo las luces de neón, sus caderas contra las mías al ritmo de la música. Sentía su dureza presionando contra mí, y yo me apretaba más, dejando que el deseo se acumulara como una ola lista para romper. —Ven conmigo —me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta—. Mi casa está aquí cerquita, en la playa.

No lo pensé dos veces. Caminamos tomados de la mano, la arena fría ahora bajo la luna llena. Su casa era una cabaña rústica con hamacas en el porche y el sonido constante de las olas rompiendo. Entramos y el aire estaba cargado de jazmín del jardín. Me sirvió un shot de tequila reposado, suave como terciopelo en la garganta, y nos sentamos en el sofá de mimbre.

Sofia, desde que te vi, no puedo dejar de pensar en esa noche —confesó, su voz ronca como el trueno lejano—. Me dejaste con una pasión desbordada que no se apaga.

Sus palabras me encendieron. Me subí a horcajadas sobre él, mis muslos apretando sus caderas fuertes. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a sal y alcohol. Sus manos subieron por mi espalda, desatando el vestido que cayó al suelo como una cascada. Quedé en bra y tanga, mi piel erizada por el aire fresco y su mirada devorándome.

Eres una diosa, carnala —murmuró, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta que gemí bajito. El roce de su barba incipiente raspaba delicioso, enviando ondas de placer directo a mi centro. Le quité la camisa, lamiendo sus pezones duros, saboreando el sudor salado de su piel. Sus manos amasaban mis nalgas, apretando con esa fuerza que me hacía jadear.

¡Qué rico se siente! Su verga dura contra mi panocha, lista para explotar. No aguanto más esta calentura.

Lo empujé al suelo, sobre la alfombra gruesa que olía a playa y madera. Le bajé los shorts, liberando su miembro erecto, grueso y palpitante. Lo tomé en mi mano, sintiendo las venas latiendo bajo mi palma cálida. —Te voy a chupar hasta que ruegues —le dije juguetona, y bajé la boca. Su sabor almizclado me invadió, salado y masculino, mientras lo succionaba profundo, mi lengua girando alrededor del glande hinchado. Diego gemía fuerte, sus caderas embistiéndome la boca, las manos enredadas en mi pelo.

¡Pinche Sofia, me vas a matar de placer! —gruñó, su voz entrecortada por los jadeos.

Me levantó como si no pesara nada y me llevó a la cama king size con sábanas de algodón fresco. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo: los senos hinchados, pezones erectos que chupó hasta ponerme arqueada; el ombligo, el interior de mis muslos temblorosos. Cuando llegó a mi tanga empapada, la arrancó con los dientes, el sonido rasgándose como promesa. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con maestría, chupando mis labios húmedos. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, y el placer me hacía retorcer, uñas clavadas en su espalda.

Diego, métemela ya, no mames —supliqué, la voz ronca de necesidad. Se posicionó entre mis piernas, su punta rozando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Gemí alto cuando tocó fondo, su pubis contra mi clítoris.

Empezamos a movernos en sincronía, lento al principio, saboreando la fricción ardiente. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el slap slap de cuerpos chocando mezclado con olas y nuestra respiración agitada. Aceleramos, sus embestidas profundas y rápidas, mis caderas subiendo a encontrarlas. —¡Más fuerte, cabrón! —le pedí, y él obedeció, follándome con pasión desbordada, sus bolas golpeando mi culo.

Esto es el paraíso. Su verga me parte en dos de puro gozo. Estoy a punto de correrme como nunca.

El clímax llegó como tsunami. Sentí las contracciones en mi vientre, mi panocha apretándolo como vicio mientras gritaba su nombre. Él se tensó, gruñendo salvaje, y se vació dentro de mí en chorros calientes, su semen llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, corazones galopando al unísono.

Después, enredados en las sábanas revueltas, el aire fresco de la noche entrando por la ventana abierta. Me acariciaba el pelo, besando mi frente. —Eres increíble, Sofia. Esta pasión desbordada que sentimos... no la cambio por nada —dijo suave.

Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, oliendo a sexo y mar. —Ni yo, mi amor. Esto apenas empieza. Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, como nuestro deseo que no se apaga. Me dormí en sus brazos, con el alma plena y la piel marcada por su pasión.

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