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Pasion Prohibida Pelicula Completa

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Pasion Prohibida Pelicula Completa

La fiesta familiar en la casa de mi suegra en Polanco estaba en su apogeo. El olor a carnitas chisporroteando en la comal se mezclaba con el humo del carbón y el perfume dulzón de las flores de cempasúchil que adornaban la mesa. Neta, pensé, mientras servía un plato de guacamole fresco, que el calor de la noche mexicana me tenía sudando bajo el vestido rojo ceñido que me había puesto para sentirme viva. Mi esposo Javier estaba de viaje en Monterrey por negocios, como siempre, dejándome sola en estas reuniones donde todos fingíamos ser la familia perfecta.

Ahí estaba Marco, mi cuñado, el hermano menor de Javier. Alto, con esa piel morena curtida por el sol de sus viajes en moto por la carretera a Acapulco, y unos ojos negros que me taladraban cada vez que pasaba cerca. ¿Por qué carajos me mira así? me preguntaba en silencio, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Él charlaba con los tíos, riendo con esa voz grave que vibraba en mi pecho como un tamborazo zacatecano. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y unos jeans que abrazaban sus caderas de manera pecaminosa. Es tu cuñado, Ana, contrólate, pendeja, me regañaba yo misma, pero el deseo prohibido ya ardía como chile de árbol en mi sangre.

La noche avanzó con corridos de José Alfredo Jiménez sonando bajito de fondo, y el tequila fluyendo como río en temporal. Todos bailaban en el patio iluminado por luces de colores, pero yo me escabullí a la sala para tomar aire. Marco me siguió, como si oliera mi inquietud. “¿Todo bien, cuñada?”, preguntó con esa sonrisa ladeada que me derretía. Su aliento olía a mezcal ahumado, y su mano rozó mi brazo al pasarme un vaso. El toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y áspera por el trabajo en su taller mecánico. “Sí, wey, solo el calor este”, mentí, pero mis pezones se endurecieron bajo la tela delgada.

Esto es una locura, pero neta que lo quiero besar hasta que me duela la boca
, pensé mientras nos sentábamos en el sofá viejo de la sala. En un estante polvoriento, vi un DVD rayado: Pasion Prohibida Pelicula Completa. “¿Has visto esta película?”, le dije, tomándola para disimular el temblor en mis manos. Él se acercó, su muslo presionando el mío. “No, pero suena chida. ¿La ponemos? Todos están pedos afuera, nadie nos va a joder.” Su voz era un ronroneo, y el olor de su colonia barata mezclada con sudor masculino me invadió las fosas nasales.

Encendimos el televisor viejo, y la pantalla parpadeó con la historia de dos amantes imposibles, ella casada, él su cuñado en una hacienda colonial. Las escenas de besos robados y miradas ardientes nos envolvieron como niebla caliente. Sentí su mano en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo. Detente, Ana, esto es prohibido, gritaba mi conciencia, pero mi cuerpo traicionero se arqueaba hacia él. “Marco, no deberíamos…”, susurré, pero mis labios buscaban los suyos. Nuestras bocas chocaron en un beso salvaje, lenguas enredadas con sabor a tequila y sal de piel. Gemí bajito cuando su mano se coló bajo mi vestido, rozando la humedad de mis calzones.

La película seguía rodando, los amantes en pantalla gimiendo mientras nosotros hacíamos lo mismo en la penumbra. Sus dedos me exploraban con maestría, círculos lentos sobre mi clítoris hinchado, haciendo que mis caderas se movieran solas. “Estás chingona mojada, cuñada”, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca. Le arranqué la camisa, sintiendo el calor de su pecho ancho bajo mis uñas. Sus abdominales duros como piedra bajo mis palmas, el vello oscuro rizado que bajaba hasta su ombligo.

El conflicto me carcomía: Javier, la familia, el qué dirán en este México de chismes. Pero el deseo era más fuerte, como un volcán en Popocatépetl. “Te quiero adentro, cabrón”, le rogué, desabrochando su cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La probé con la lengua, salada y cálida, gimiendo al sentirla crecer en mi boca. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi cabello negro. “Ay, mamacita, qué rica chupas”. La película llegó a su clímax prohibido, y nosotros también: me levantó el vestido, rasgando mis calzones con un tirón seco, y me penetró de un empellón profundo.

Sus embestidas eran feroces, el sofá crujiendo bajo nosotros como un animal herido. Cada roce de su pubis contra mi clítoris enviaba chispas por mi espina dorsal. Sudor perlando su frente, goteando sobre mis senos expuestos. Chupé sus pezones salados mientras él me follaba con ritmo de cumbia brava, profundo y posesivo. “Más duro, pendejo, rómpeme”, le exigí, arañando su espalda. El sonido de carne contra carne ahogaba los gemidos de la película, nuestros alientos entrecortados llenando la sala. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola ardiente en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su grosor.

En el medio de la escalada, dudé un segundo.

¿Y si Javier se entera? ¿Y si nos ven?
Pero Marco me miró a los ojos, “Esto es nuestro, Ana, pura pasión prohibida”. Sus palabras me incendiaron. Cambiamos de posición, yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Mis tetas rebotando con cada bajada, sus manos amasando mi culo firme. El olor de nuestros jugos mezclados, almizcle y miel, impregnaba el aire. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras yo giraba las caderas, frotando mi punto G contra él. El clímax nos golpeó juntos: yo gritando bajito “¡Sí, chíngame!”, él gruñendo “¡Me vengo, puta rica!” mientras su semen caliente me llenaba, desbordándose por mis muslos.

Colapsamos jadeantes, la película terminando en créditos rodantes. Su cabeza en mi pecho, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. El sudor enfriándose en nuestra piel, el aroma residual de sexo flotando como incienso. “Esto fue la pasion prohibida pelicula completa de nuestras vidas”, susurró él, besando mi clavícula. Yo sonreí, acariciando su cabello revuelto. No había culpa, solo plenitud. Javier volvería, la familia seguiría fingiendo, pero yo guardaría este secreto ardiente en mi alma mexicana, listo para repetirse en la próxima fiesta.

Nos vestimos a prisa cuando oímos risas acercándose, pero el roce de su mano en mi espalda prometía más. Salimos como si nada, pero mi caminar era el de una mujer satisfecha, con el eco de su verga aún pulsando en mí. Órale, qué chingón fue, pensé, saboreando el afterglow mientras mordía una rebanada de sandía fresca. La noche terminó con abrazos falsos, pero en mis ojos y los de Marco brillaba la promesa de nuestra propia secuela prohibida.

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