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Diario de una Pasión Online Gratis

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Diario de una Pasión Online Gratis

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México me tenía sudando en mi depa de la Roma. Yo, Ana, soltera de veintiocho, con un trabajo de diseñadora que me dejaba exhausta pero con el cuerpo pidiendo acción. Abrí mi laptop, aburrida, y busqué algo que me prendiera. Encontré un sitio de chats anónimos, de esos gratis, donde la gente se suelta sin filtro. "Diario de una pasión online gratis", pensé, riéndome sola. ¿Por qué no? Sería mi secreto, mi desahogo.

Entré con un nick simple: NocheCalienteMx. Al rato, un tipo llamado ChuloDF me escribió: "¿Qué onda, morra? ¿Buscas plática o algo más picante?". Su foto de perfil mostraba un torso moreno, tatuado, con esa vibra de carnal regio pero con acento chilango en sus mensajes. Sentí un cosquilleo en la panza. "Plática que prenda", le contesté, mordiéndome el labio. Empezamos a charlar de todo: el tráfico infernal, los tacos al pastor que extrañaba de la calle, y poco a poco, el tono se puso caliente.

Entrada 1: Día 1
Hoy conocí a Marco en el chat. Me dice que mide 1.85, ojos cafés intensos y una sonrisa que se imagina pícara. Me contó que es ingeniero en Polanco, divorciado hace un año, y que extraña el roce de una mujer de verdad. Yo le describí mi cuerpo sin pena: curvas generosas, piel canela, tetas firmes que se me endurecen con solo imaginarlo. Terminamos la noche con un cybersexo ligero. Sentí mi calzón mojado mientras tecleaba cómo le chuparía la verga hasta dejarlo seco. Mañana más.

Los días siguientes fueron puro fuego virtual. Cada noche, después de mi shift, me conectaba ansiosa. El sonido del teclado era como un latido acelerado. Marco me mandaba audios con su voz grave, ronca, diciendo "Pinche morra, me tienes bien puesto". Yo respondía con fotos sugerentes: mi mano bajando por mi vientre, el sudor brillando en mi escote bajo la luz tenue de mi cuarto. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con ese aroma almizclado de excitación que me traicionaba.

Una semana después, la tensión ya era insoportable. "Vente a verme, Ana", me propuso. Dudé un segundo, pero el deseo me ganó. "Ok, güey, pero en un hotel neutral, nada de compromisos". Quedamos en un Hilton en Reforma, discreto y con vistas al Ángel. Me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis caderas, sin bra, solo tanga roja. En el taxi, mi corazón retumbaba como tambores de mariachi, las luces de la ciudad parpadeando como promesas.

Entrada 7: La espera
Estoy en el lobby, piernas cruzadas, sintiendo el aire acondicionado erizarme la piel. ¿Y si no llega? ¿Y si es un pendejo? Pero su olor ya lo imagino: colonia fuerte, hombre sudado de anticipación. Quiero que me tome aquí mismo, que sus manos grandes me aprieten hasta dejar moretones suaves.

Llegó puntual, alto, con camisa blanca arremangada mostrando antebrazos velludos. Sus ojos me devoraron de arriba abajo. "Chingao, Ana, eres más rica en persona", murmuró, besándome la mejilla con labios calientes. Subimos al elevador en silencio, pero su mano rozó mi nalga disimuladamente. El ding del piso fue como un disparo de salida. Entramos a la suite: sábanas blancas crujientes, botella de tequila reposado en la mesa, luces tenues amarillentas.

Empezamos con shots. El tequila quemaba dulce en la garganta, aflojándonos la lengua. Nos sentamos en la cama king size, nuestras rodillas tocándose. Hablamos de nuestras vidas: yo de cómo mi ex me dejó por una flaca insípida, él de su divorcio por falta de chispa. "Pero contigo ya siento la electricidad, morra", dijo, y me jaló hacia él. Sus labios capturaron los míos, ásperos, con sabor a tequila y menta. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, explorando, dominando suave.

Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido. Sentí sus dedos callosos rozando mi piel suave, subiendo hasta encontrar la tanga empapada. "Estás chorreando, pinche nena", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Yo le arranqué la camisa, oliendo su sudor masculino mezclado con colonia. Sus pectorales duros bajo mis palmas, pezones oscuros que lamí como helado derretido. Bajé la cremallera de su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, caliente como hierro forjado, y la masturbé lento, sintiendo el pre-semen lubricante.

Entrada 8: El primer toque
Dios, su pito es enorme, cabe perfecto en mi boca. Lo chupo gimiendo, saboreando la sal de su piel, mientras él me agarra el pelo y empuja suave. "Así, así, mi reina". Mi clítoris late solo, pidiendo más.

Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Las amasó con hambre, pellizcando pezones hasta ponérmelos como piedras. Me recostó en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Bajó besando mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mi monte de Venus depilado. Separó mis labios con los dedos, sopló aire caliente. "Mira qué panochita rica, rosadita y mojada". Su lengua plana lamió mi clítoris en círculos lentos, succionando suave. Grité, arqueándome, el sonido de mis jugos chupados llenando la habitación. Olía a sexo puro, almizcle femenino y su saliva.

No aguanté más. "Cógeme ya, Marco, no seas mamón", le rogué. Se puso condón –siempre seguro, qué chido– y se posicionó. La punta de su verga rozó mi entrada, resbalosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, primero lento, profundo, nuestros pelvis chocando con palmadas húmedas. Yo clavaba uñas en su espalda, oliendo su sudor goteando en mis tetas.

Acceleramos. La cama crujía rítmica, como bajo un terremoto suave. "Más duro, carnal, rómpeme", jadeaba yo. Él obedecía, follando con fuerza animal pero cariñosa, besándome entre embestidas. Mi orgasmo subió como ola del Pacífico: vientre contraído, piernas temblando, un grito ahogado escapando. Él gruñó, tensándose, y se vino conmigo, su verga hinchándose dentro.

Caímos exhaustos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El cuarto olía a sexo satisfecho, tequila evaporado y paz. "Eres increíble, Ana", murmuró, acariciándome el pelo.

Entrada final: Después del clímax
Esto fue más que un polvo online. Fue conexión real, cuerpos que se reconocen. ¿Volveremos? No sé, pero este diario de una pasión online gratis ya no es solo virtual. Mañana borro el historial, pero guardo el recuerdo en la piel.

Salí del hotel al amanecer, piernas flojas, sonrisa pícara. La ciudad despertaba con bocinas y vendedores de elotes, pero yo flotaba. Marco me escribió después: "Repetimos cuando quieras, mi pasión". Sonreí. Tal vez sí. La vida en México es así: impredecible, caliente, llena de sorpresas que te dejan vibrando.

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