Fuiste Mi Vida Fuiste Mi Pasion Letra Ardiente
La noche en el bar de Polanco estaba cargada de ese humo dulce de cigarros caros y tequilas añejos. El mariachi en la esquina rasgueaba la guitarra con un ritmo que me erizaba la piel, y de pronto, esa canción empezó a sonar. "Fuiste mi vida fuiste mi pasión", cantaba el tipo con voz ronca, y el corazón me dio un brinco. Neta, wey, era como si el destino me estuviera chambeando una jugada cabrona. Ahí estaba él, sentado en la barra, con esa camisa negra ajustada que le marcaba los músculos del pecho, el mismo cabrón que me había dejado temblando hace dos años.
Yo, Daniela, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa mexica, me quedé clavada en el sitio. El olor a su colonia, esa mezcla de sándalo y picardía, flotaba en el aire hasta mí, aunque estuviera a metros. Mis pezones se endurecieron bajo la tela, recordando cómo sus manos ásperas me recorrían la espalda.
¿Qué chingados haces aquí, pinche corazón traicionero? ¿No te bastó con el desmadre que armó?pensé, pero mis piernas ya se movían solas hacia él.
—Órale, Dani, ¿eres tú o mi tequila ya me traicionó? —dijo Alex con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés devorándome de arriba abajo.
Me senté a su lado, el taburete de cuero crujiendo bajo mi culo. Pedí un tequila reposado, y mientras el líquido ámbar bajaba ardiente por mi garganta, nuestras rodillas se rozaron. Electricidad pura, carnal. Hablamos de pendejadas: el jale nuevo mío en la agencia, su chamba como fotógrafo en la playa de Puerto Vallarta. Pero la letra de la canción seguía retumbando en mi cabeza: fuiste mi vida fuiste mi pasión letra que se me clavaba como un tatuaje fresco.
La tensión crecía con cada trago. Su mano rozó la mía al pasar el limón, y sentí el calor de sus dedos callosos. Olía a mar y a hombre sudado después de un día largo, un aroma que me ponía cachonda al instante. No seas mensa, Dani, sal de aquí antes de que te revientes, me dije, pero mi cuerpo gritaba lo contrario.
Salimos del bar caminando por las calles iluminadas de Polanco, el viento fresco de la noche mexicana lamiendo mis piernas desnudas. Terminamos en su depa, un penthouse chido con vista al skyline. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Nos quedamos parados, mirándonos como dos animales en celo.
—Te extrañé, morra —murmuró, su aliento caliente en mi cuello.
Lo empujé contra la pared, mis labios chocando con los suyos. Sabían a tequila y a deseo reprimido. Sus manos grandes me apretaron el culo, levantándome como si no pesara nada. Gemí en su boca, el sonido ahogado por su lengua que invadía la mía, explorando cada rincón húmedo.
En el sillón de piel, me sentó en sus piernas. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna, gruesa y lista a través del pantalón. Le arranqué la camisa, mis uñas dejando surcos rojos en su pecho moreno. Él bajó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus labios chuparon un pezón, tirando con los dientes, y un rayo de placer me recorrió hasta el clítoris palpitante.
Pinche Alex, siempre supiste cómo hacerme mojar, pensé mientras le desabrochaba el cinturón. Su pito saltó libre, venoso y grueso, la cabeza brillando de precum. Lo masturbe lento, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación.
Me puse de rodillas, el piso duro contra mis rodillas, pero no importaba. Lamí la punta, saboreando esa sal salada y masculina. Lo tragué profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, mientras él gemía "¡Chingao, Dani, qué rica chupas!". Sus caderas se movían, follando mi boca con ritmo, saliva chorreando por mi barbilla.
Pero quería más. Me levantó como a una pluma y me llevó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra mi espalda desnuda. Me abrió las piernas, su mirada hambrienta fija en mi coño depilado, ya empapado y hinchado. "Estás chorreando, mi reina", dijo, y hundió la cara entre mis muslos.
Su lengua era fuego líquido. Lamía mi clítoris en círculos lentos, chupando fuerte, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El sonido obsceno de mi humedad siendo devorada, mis jugos en su boca, me volvía loca. Oí mis propios alaridos: "¡Sí, cabrón, no pares! ¡Lame mi panocha!". El orgasmo me pegó como un camión, mi cuerpo convulsionando, squirt salpicando su cara barbuda.
Aún temblando, lo jalé encima. Su peso me aplastó deliciosamente, piel contra piel sudada. Guie su verga a mi entrada, resbaladiza y ansiosa. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué chingón se siente! Gruñí, clavando uñas en su espalda.
Follamos como poseídos. Él embestía profundo, el slap slap de carne contra carne resonando, mis tetas rebotando con cada estocada. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando, apretando su pito con mi coño. Sudor nos pegaba, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Él me pellizcaba el clítoris, y exploté otra vez, gritando su nombre.
De lado, me penetró por atrás, una mano en mi teta, la otra frotando mi botón. Sus bolas peludas chocaban contra mi culo, el ritmo acelerando. "Me vengo, Dani, ¿dónde quieres?" jadeó.
—Adentro, lléname, mi amor —rogué.
Se corrió con un rugido, chorros calientes inundando mi útero, su verga latiendo. Colapsamos, jadeantes, su semen goteando de mí.
En el afterglow, con su brazo alrededor de mi cintura, la ciudad brillaba afuera. La canción seguía en mi mente: fuiste mi vida fuiste mi pasión letra que ahora era nuestra historia. No sabía si duraría, pero esa noche, éramos fuego puro.
Me besó la nuca, su aliento cálido. "Quédate conmigo, carnala". Y por primera vez en años, creí que sí.