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Kondo Pasión

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Kondo Pasión

El sol de la tarde caía a plomo sobre la colonia Roma, tiñendo de oro las fachadas modernas del edificio Kondo Pasión. Ese nombre siempre te hacía sonreír con picardía, como si prometiera algo más que un techo lujoso y una alberca infinita. Tú, con tu vestido ligero de algodón pegándose un poco a la piel por el calor húmedo, entraste al lobby fresco, donde el aire acondicionado te envolvió como un amante ansioso. El sonido de tus sandalias contra el mármol resonaba suave, y el leve aroma a jazmín del ambientador te hacía sentir en casa.

Ahí estaba él, por primera vez que lo veías de cerca: el vecino del piso 15, ese moreno alto con ojos color café que parecían devorarte. Se llamaba Diego, lo sabías porque una vez viste su nombre en el buzón. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales firmes y unos jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Tú sentiste un cosquilleo en el estómago, esa kondo pasión que el edificio parecía despertar en ti cada vez que cruzabas miradas con alguien interesante.

¡Hola, vecina! —dijo con esa voz grave y juguetona, típica de los chilangos que saben cómo derretir a una mujer—. ¿Subiendo al paraíso?

Tú asentiste, mordiéndote el labio inferior sin querer. El elevador llegó con un ding suave, y entraron juntos. El espacio se sentía más pequeño de lo normal, cargado de electricidad. Sus brazos rozaron los tuyos accidentalmente, y sentiste la calidez de su piel, ese toque fugaz que envió chispas directo a tu entrepierna. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, irresistible.

¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así? Es solo un wey guapo, pero pinche, cómo me prende.

—Vivo en el 12 —dijiste, rompiendo el silencio—. ¿Y tú?

—Quince. Diego, por cierto. ¿Quieres que te ayude con las bolsas?

Sus manos fuertes tomaron tus compras, y cuando saliste en tu piso, te invitó a la alberca esa misma tarde. Qué chido, pensaste. La tensión ya bullía bajo tu piel.

La alberca del Kondo Pasión era un sueño: agua turquesa reflejando el cielo crepuscular, palmeras susurrando con la brisa, y el olor a cloro mezclado con crema solar. Te pusiste un bikini rojo que acentuaba tus curvas, el que sabías que volvía locos a los hombres. Diego ya estaba ahí, en trunks negros, su torso esculpido brillando bajo el sol poniente. Nadó hacia ti con brazadas potentes, salpicando gotas que cayeron en tu piel como besos líquidos.

¡Qué buena onda que viniste, nena! —rió, sacudiendo el agua de su cabello negro—. El agua está perfecta, como para soltarse.

Jugaron en el agua, salpicándose, riendo. Sus manos rozaban tu cintura al pasar, fingiendo torpeza. Sentías su mirada en tus senos, en la curva de tu culo bajo el agua. El roce de sus piernas contra las tuyas era tortura deliciosa, y el latido de tu corazón se aceleraba con cada choque. El sol se hundía, tiñendo todo de rosa, y el aire se llenaba del aroma salado de vuestros cuerpos mojados.

Salieron, envueltos en toallas suaves. Se sentaron en las sillas de playa, bebiendo chelas frías del minisob. La conversación fluyó: de la vida en el Kondo Pasión, que parecía un imán para la kondo pasión, hasta anécdotas picantes de la colonia. Sus ojos no dejaban los tuyos, y sentías el calor subiendo por tu cuello.

Dios, cómo quiero que me bese ya. Su boca se ve tan carnosa, tan lista para devorarme.

Vámonos a mi depa —susurró él, su aliento cálido en tu oreja—. Tengo algo mejor que chela para refrescarte.

Tú asentiste, el pulso retumbando en tus venas. Subieron al elevador otra vez, pero esta vez no hubo accidentalidad. Sus labios capturaron los tuyos apenas se cerraron las puertas. Fue un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a cerveza y deseo puro. Sus manos en tu cintura te apretaron contra su erección dura, palpitante bajo los trunks. Gemiste contra su boca, el sonido del elevador subiendo como banda sonora de vuestra urgencia.

En su depa del 15, minimalista y con vistas al skyline de la Roma, la kondo pasión estalló. Te quitó el bikini con dedos temblorosos de anticipación, exponiendo tu piel erizada por el aire fresco. Sus ojos devoraban tus pezones duros, tu vientre plano, el triángulo oscuro entre tus piernas. Tú tiraste de su ropa, revelando su verga gruesa, venosa, lista para ti. La tocaste, sintiendo su calor pulsante, el velvet de la piel sobre acero.

Pinche, qué rica estás —gruñó, arrodillándose—. Déjame probarte.

Su lengua encontró tu clítoris con precisión experta, lamiendo lento al principio, saboreando tu humedad salada y dulce. Tú arqueaste la espalda contra la pared fría, el contraste con su boca caliente volviéndote loca. El sonido de sus succiones obscenas llenaba la habitación, mezclado con tus gemidos ahogados. Qué rico, wey, no pares, pensabas, enredando tus dedos en su pelo húmedo. Olía a sexo, a tu excitación empapando el aire.

Lo jalaste arriba, queriendo más. Lo empujaste al sofá de piel suave, montándolo como una diosa. Su verga te llenó centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena rozando tus paredes internas, el golpe profundo contra tu cervix enviando ondas de placer. Cabalgaste lento al inicio, sintiendo el sudor perlar vuestras pieles, el slap slap de vuestras caderas uniéndose. Sus manos amasaban tus tetas, pellizcando pezones, y sus ojos clavados en los tuyos, llenos de adoración.

Esto es lo que necesitaba, esta conexión pura, este fuego que quema hasta el alma.

La intensidad creció. Él te volteó, poniéndote a cuatro sobre el sofá, el cuero pegándose a tus rodillas. Entró de nuevo, más fuerte, sus bolas golpeando tu clítoris con cada embestida. El ritmo era frenético, animal: gruñidos suyos, tus gritos de ¡más, cabrón, así!, el olor almizclado del sudor y el sexo impregnando todo. Tus paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mientras el orgasmo se acumulaba como una tormenta.

Voy a venirme, nena —jadeó, su voz ronca.

Dentro, fóllame hasta el fondo —suplicaste, empoderada en tu deseo.

Explotó primero él, chorros calientes llenándote, desencadenando tu clímax. Ondas de éxtasis te recorrieron, piernas temblando, visión nublada por estrellas. Colapsaron juntos, su peso sobre ti reconfortante, corazones galopando al unísono. El afterglow fue dulce: besos suaves, risas compartidas, el sabor salado de su piel en tu lengua mientras lo lamías perezosa.

Se quedaron así, enredados en las sábanas revueltas de su cama king size, con la ciudad brillando afuera. El Kondo Pasión había cumplido su promesa otra vez. Tú trazabas círculos en su pecho, sintiendo su respiración calmarse.

Esto fue chingón —murmuró él, besando tu frente—. ¿Repetimos?

Tú sonreíste, sabiendo que esa kondo pasión apenas empezaba. En este edificio, el deseo nunca se apagaba; solo se avivaba, lista para la próxima ola.

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