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Fuego Prohibido del Elenco Telenovela Pasion

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Fuego Prohibido del Elenco Telenovela Pasion

El sol de Ciudad de México caía a plomo sobre el set de grabación en Polanco, donde el elenco de la telenovela Pasión sudaba bajo las luces intensas. Yo, Ana López, interpretaba a la protagonista ardiente, esa mujer que en la trama luchaba por un amor imposible. Pero la neta, el calor real venía de Diego Ramírez, el galán del elenco, con esos ojos café que me taladraban cada vez que ensayábamos una escena de beso. ¿Por qué carajos me acelera el pulso con solo mirarlo? me preguntaba mientras ajustaba mi escote en el vestidor.

Era el día de la escena clave: mi personaje confesaba su deseo en una hacienda ficticia. Diego se acercó, oliendo a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me revolvió las tripas. “¿Lista, güey? Vamos a hacer que el público se muera de envidia”, me dijo con esa sonrisa pícara, su voz ronca rozándome como una caricia. Asentí, sintiendo el cosquilleo en la piel de mis brazos. El director gritó “¡Acción!”, y sus labios se posaron en los míos. Fue un beso técnico, pero su lengua rozó la mía un segundo de más. Mi cuerpo traicionero respondió con un calor húmedo entre las piernas.

¡Puta madre, Ana, contrólate! Es solo trabajo
, pensé, pero el pulso en mi cuello latía como tambor.

Al corte, todos aplaudieron, pero Diego no se apartó de inmediato. Su mano en mi cintura se demoró, y sentí la dureza de su pecho contra mis tetas. “Eso estuvo chido, Ana. Neta, química de a madre”, murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido oliendo a menta. Me solté riendo nerviosa. “Sí, wey, pero no te emociones. Somos profes”. Él guiñó un ojo y se fue al camerino, dejándome con las bragas empapadas y el corazón en la garganta.

Acto primero del día terminó con cervezas en el foro. El elenco de la telenovela Pasión se reunió para desestresarse: risas, chistes verdes, el humo de los cigarros flotando en el aire vespertino. Yo me senté al lado de Diego por casualidad, o eso me dije. Su muslo rozaba el mío bajo la mesa, una presión sutil que me hacía apretar los dientes. “¿Sabes qué, Ana? En la vida real, mi personaje te comería viva”, soltó de repente, su voz baja para que solo yo oyera. Lo miré fijo, el tequila quemándome la garganta. “¿Y tú qué, galán? ¿Te animas o nomás platicas pendejadas?”.

La noche cayó como manto sobre la ciudad, luces neón parpadeando afuera del estudio. El grupo se dispersó, pero Diego me jaló del brazo. “Ven, te llevo a tu depa. Está en el camino”. Subí a su camioneta, el cuero caliente del asiento pegándose a mis muslos desnudos bajo la falda corta. El motor rugía, la radio ponía cumbia rebajada, y su mano “accidentalmente” cayó en mi rodilla. Subió despacio, dedos ásperos trazando círculos. Mi respiración se aceleró, el aroma de su piel mezclándose con el mío, ese olor almizclado de excitación que ya no podía ignorar. Esto es una mala idea, pero chingado, lo quiero.

En el estacionamiento de mi edificio en la Roma, paramos. El silencio era espeso, roto solo por nuestras respiraciones jadeantes. “Ana, no aguanto más. Desde el primer día en el elenco de la telenovela Pasión, te quiero de verdad”. Sus palabras me prendieron como yesca. Lo besé con hambre, mi lengua invadiendo su boca, saboreando el tequila y su esencia salada. Sus manos me amasaron las nalgas, apretándome contra su verga dura que palpitaba a través del pantalón. “Entra conmigo, Diego. Ahora”.

Mi depa era un nido acogedor: velas aromáticas a vainilla encendidas, sábanas de algodón egipcio revueltas en la cama king size. Lo empujé contra la puerta, arrancándole la camisa. Su torso definido brillaba bajo la luz tenue, músculos tensos por el deseo. Lamí su pecho, sintiendo el vello rizado bajo mi lengua, el sabor salado de su sudor. “Eres una diosa, Ana”, gruñó, sus dedos hundiéndose en mi cabello mientras me bajaba la blusa. Mis pezones se endurecieron al aire, rosados y ansiosos. Los chupó con avidez, tirando suavemente, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris hinchado.

Nos tropezamos hasta la cama, ropa volando. Desnuda, mi piel morena contrastaba con su bronceado. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento. El olor de mi arousal lo invadió: dulce, musgoso. “Estás chorreando por mí, preciosa”, dijo, su aliento caliente en mis labios vaginales. Introdujo la lengua, lamiendo despacio, saboreándome como néctar. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo en oleadas.

¡Órale, sí! No pares, cabrón
. Metió dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi coño chupado llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y sus gruñidos.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga era gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La froté contra mi entrada, lubricándonos. “Te voy a follar hasta que grites mi nombre”, le dije juguetona, usando ese slang que nos excitaba. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme por completo. El estirón ardía delicioso, mi pared interna palpitando alrededor de él. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él me agarraba las caderas, embistiéndome desde abajo, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores.

El clímax se acercaba, pero pausamos para saborear. Nos volteamos en 69, su polla en mi boca, dura y pulsante. La chupé profundo, garganta relajada, saboreando su precum salado. Él devoraba mi clítoris, dedos en mi culo juguetón. Sudor nos cubría, olores mezclados: sexo puro, piel caliente, feromonas. Esto es pasión de telenovela, pero real, carnal.

Acto dos culminó cuando me puso a cuatro. Entró de golpe, profundo, su vientre chocando mis nalgas. “¡Más fuerte, Diego! ¡Dame todo!”. Me folló salvaje, una mano en mi clítoris frotando círculos, la otra jalando mi pelo. El orgasmo me golpeó como tsunami: coño contrayéndose, jugos chorreando, grito ahogado en la almohada. Él siguió, gruñendo, hasta explotar dentro, semen caliente llenándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa. Su corazón latía contra mi espalda, respiraciones sincronizadas. Besos suaves en mi cuello, caricias perezosas. “Neta, Ana, esto no fue solo un polvo. Eres mi musa del elenco de la telenovela Pasión”. Reí bajito, girándome para mirarlo. Sus ojos brillaban con ternura post-sexo. “Y tú mi galán perfecto, wey. Pero mañana en set, profesionalismo, ¿eh?”.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso en curvas y músculos. Risitas, besos robados bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, pidiendo tacos de la esquina: suadero jugoso, cebolla crujiente, salsa picosa que quemaba la lengua como nuestro fuego. Comimos en la cama, hablando de sueños, del elenco, de cómo esta química trascendía la ficción.

Al amanecer, él se fue antes de que los vecinos cotillearan. Me quedé en la cama, sábana oliendo a nosotros, un dolor dulce entre las piernas.

Pasión de telenovela en la vida real. ¿Y ahora qué sigue?
. Sonreí, sabiendo que el rodaje apenas empezaba, y nuestra historia, ni de cerca terminaba. El elenco de la telenovela Pasión tenía un secreto ardiente, y yo era la protagonista.

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