De Que Trata El Diario De Una Pasion
Estaba sentada en el café de la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y el aroma del café de olla mezclándose con el dulce de los churros recién hechos. Mexicali, mi ciudad natal, pero ahora en la CDMX por trabajo, me tenía rodeada de ese bullicio chic que tanto me gustaba. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a mi piel por el calor, y el ventilador del techo zumbaba como un susurro perezoso.
Entonces lo vi entrar. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, pero con ojos que prometían más que diálogos cursis. Se sentó en la mesa de al lado, sacó un cuaderno viejo, gastado, con tapas de cuero negro. Lo abrió y empezó a escribir, concentrado, como si el mundo no existiera. No pude evitar mirarlo. Neta, qué chido se ve, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
—¿De qué trata? —le pregunté, con una sonrisa coqueta, señalando su cuaderno. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba, como si ya supiera que esto iba a escalar.
Él levantó la vista, sonrió de lado, esa sonrisa que te derrite las rodillas. —Es mi diario —dijo, con acento norteño, bien marcado, de esos que suenan a desierto y tequila—. De una pasión. ¿Quieres saber de qué trata el diario de una pasión?
Me quedé helada, el corazón latiéndome fuerte contra las costillas.
¿De qué trata el diario de una pasión? ¿Será de amores locos, de noches sin fin?Su pregunta se me clavó como un gancho. Asentí, y él se acercó, deslizando el cuaderno hacia mí. —Léelo, me dijo. —Pero con cuidado, porque quema.
Las primeras páginas hablaban de una mujer soñada, de curvas que lo volvían loco, de besos que sabían a mango con chile. Mientras leía, él me observaba, su mirada recorriéndome el cuello, los labios. Sentí su perfume, madera y algo ahumado, mezclándose con el mío de vainilla. La tensión crecía, lenta, como el calor que subía por mis muslos.
—Vámonos de aquí —susurró al fin, pagando la cuenta sin preguntar. Salimos a la calle, el ruido de los coches y los vendedores de elotes como fondo. Caminamos hasta su depa en una casa bonita de dos pisos, con jardín y luces tenues. Nada de luxury, pero padre, acogedor, con plantas y arte mexicano en las paredes.
Adentro, el aire estaba fresco gracias al AC, pero mi piel ardía. Me sirvió un mezcal con limón y sal, el cristal frío contra mi palma. —Sigue leyendo, dijo, sentándose cerca en el sofá de piel suave. Leí en voz alta una entrada:
Hoy la vi de nuevo. Su risa es como el viento del desierto, caliente y libre. Quiero saborear su piel, lamer el sudor de su espalda mientras gime mi nombre.Mi voz temblaba, el mezcal bajando ardiente por mi garganta.
Él se acercó más, su mano rozando mi rodilla. —¿Te late? —preguntó, su aliento cálido en mi oreja. Asentí, el pulso acelerado, los pezones endureciéndose bajo el vestido. Lo besé primero, suave, explorando sus labios carnosos, saboreando el mezcal en su lengua. Él respondió con hambre, sus manos subiendo por mis muslos, abriéndolos despacio.
Me quitó el vestido con delicadeza, como si fuera un tesoro. Estás de loca, preciosa, murmuró, besando mi clavícula. Su boca era fuego, chupando mi piel, dejando marcas húmedas que olían a deseo. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros de su pecho bajo mis uñas, el vello áspero contra mis palmas. Olía a jabón y hombre, puro macho mexicano.
Nos caímos al sofá, riendo bajito, juguetones. —Eres un pendejo tan chulo —le dije, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Él gruñó, bajando mi brasier, lamiendo mis tetas con lengua experta. El placer era eléctrico, ondas desde mis pezones hasta mi entrepierna, que ya palpitaba mojada. Sus dedos se colaron en mi tanga, rozando mi clítoris hinchado. Estás chorreando, mi amor, dijo, metiendo un dedo, luego dos, moviéndolos lento, curvándolos justo ahí.
Yo gemía, arqueándome, el sonido de mi humedad llenando la habitación, mezclado con su respiración agitada. Lo empujé hacia abajo, desabrochándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precúm. La tomé en mi mano, dura como hierro, caliente, latiendo. La chupé despacio, saboreando su sal, la piel suave sobre lo firme. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo. ¡Qué rico mamas, wey!
La tensión subía como la marea en Mazatlán, imparable. Me puso de rodillas en la alfombra mullida, oliendo a limpio y a nosotros. Entró en mí de una embestida suave, llenándome por completo. Sí, así, cabrón, grité, clavándole las uñas en la espalda. Empezó a moverse, profundo, rítmico, el slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, mezclando nuestros olores: almizcle, sexo, pasión cruda.
Cambiábamos posiciones como en un baile frenético. Yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando, sintiendo cada centímetro rozándome adentro, el roce en mi G-spot mandándome estrellas. Él desde atrás, jalándome el pelo suave, azotándome la nalga con palmadas que ardían delicioso. ¡Más fuerte! pedía, y él obedecía, nuestros cuerpos chocando, resbalosos de sudor.
El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, el placer acumulándose como tormenta. —Voy a venirme —jadeé, y él aceleró, su verga hinchándose más. Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, paredes apretándolo, chorros de placer saliendo de mí, gritando su nombre. Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes, pulsando dentro.
Caímos exhaustos, enredados, el corazón tronándole en el pecho contra el mío. Sudor enfriándose en nuestra piel, el aire pesado de nuestro aroma. Me besó la frente, tierno. —Ahora ya sabes de qué trata el diario de una pasión —dijo, riendo bajito.
Me acurruqué contra él, el cuaderno olvidado en el suelo.
Es esto: cuerpos que se buscan, almas que se encienden, noches que no terminan.Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en el afterglow, satisfechos, conectados. Mañana escribiría mi propia entrada, pero por ahora, solo quería sentir su calor, su mano en mi cadera, prometiendo más.