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Domingos de Pasión

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Domingos de Pasión

Los domingos de pasión son mi ritual sagrado. Cada semana, cuando el sol se asoma perezoso sobre la Ciudad de México, mi cuerpo se despierta con una anticipación que me eriza la piel. Vivo en un departamento chulo en la Condesa, con balcones que miran al parque y el aroma de los jacarandas filtrándose por las ventanas. Hoy no es diferente. Me miro en el espejo del baño, ajustando el encaje negro de mi lencería que abraza mis curvas como una promesa. ¿Llegará puntual como siempre? pienso, mientras el vapor del agua caliente aún impregna el aire con olor a jabón de lavanda.

La puerta suena a las once en punto. Órale, ese wey es puntual como relojito. Abro y ahí está él, Javier, con su sonrisa pícara y esa camiseta ajustada que marca sus pectorales. Huele a colonia fresca, a limón y madera, mezclado con el sudor ligero de la mañana. "Buenos días, mi reina", dice con esa voz ronca que me hace temblar las rodillas. Lo jalo adentro y cierro la puerta de un portazo. Nuestros labios se encuentran en un beso hambriento, sus manos grandes rodeando mi cintura, apretándome contra su cuerpo duro.

¡Neta, este hombre me vuelve loca! Cada domingo es como el primero, pero con más fuego acumulado.

Sus dedos recorren mi espalda, bajando hasta mis nalgas, amasándolas con fuerza. Gimo bajito contra su boca, saboreando el café en su lengua. "Te extrañé toda la semana, carnala", murmura, mordisqueándome el labio inferior. Lo empujo hacia el sofá de la sala, donde la luz del sol dibuja sombras juguetonas en las paredes blancas. Nos sentamos, pero no hay chance de platicar mucho. Sus ojos recorren mi cuerpo semidesnudo, deteniéndose en el valle entre mis senos. "Estás cañona hoy", dice, y su mano sube por mi muslo, rozando el encaje húmedo ya.

El comienzo de estos domingos de pasión siempre es así: lento, como un café de olla hirviendo a fuego bajo. Le cuento de mi semana en la oficina, de lo pendejo que es mi jefe, y él se ríe, acariciándome el cabello. Pero pronto, la charla se torna coqueta. "Ven pa'cá, déjame olerte", pide, enterrando la nariz en mi cuello. Inhalo su aroma masculino, ese que me recuerda a las tardes en Xochimilco, flotando en trajinera con chelas frías. Mi piel se calienta bajo sus labios, que trazan un camino de besos húmedos hasta mi clavícula.

En la cocina, preparamo brunch improvisado: chilaquiles con huevo y un toque de crema que sabe a gloria. Nos sentamos en la barra, yo en su regazo, sintiendo su verga endureciéndose contra mis nalgas. "Ya mero no aguanto, mi amor", susurro, girándome para besarlo. Sus manos se cuelan bajo mi bata, pellizcando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llena el espacio, mezclado con el chisporroteo lejano de la ciudad abajo.

La tensión sube como la marea en Acapulco. Lo arrastro al cuarto, donde las sábanas blancas esperan revueltas de la semana pasada. Nos desvestimos mutuamente, lentos, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Su pecho moreno brilla con un leve sudor, y yo recorro con la lengua sus abdominales, bajando hasta el ombligo. Él gime, "¡Qué rico, nena!", enredando los dedos en mi pelo negro largo. Me pongo de rodillas, mirándolo a los ojos mientras acerco mis labios a su miembro erecto, grueso y palpitante. El sabor salado me invade la boca, y chupo despacio, sintiendo cómo se hincha más con cada movimiento.

Esto es lo que amo de Javier: cómo me mira como si fuera la única mujer en el pinche mundo, cómo su cuerpo responde a cada caricia mía como si estuviera hecho para mí.

Me levanta con facilidad, como si no pesara nada, y me tumba en la cama. Sus besos bajan por mi vientre, deteniéndose en mi monte de Venus. "Abre las piernas, preciosa", ordena con voz juguetona, y obedezco, exponiendo mi concha mojada y ansiosa. Su lengua experta lame mis labios mayores, succionando el clítoris con delicadeza que me hace arquear la espalda. El placer es eléctrico, un cosquilleo que sube por mis muslos hasta el pecho. Grito su nombre, "¡Javier, ay wey, no pares!", mientras mis caderas se mueven solas contra su boca. Huele a mí, a deseo puro, almizclado y dulce.

Pero no quiero correrme todavía. Lo empujo hacia atrás y me monto encima, frotando mi humedad contra su verga dura. "Te quiero adentro, ya", jadeo, guiándolo con la mano. Entra despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Sus manos aprietan mis caderas, marcándome con los dedos, mientras yo cabalgo con ritmo creciente. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando resuena en la habitación, junto con nuestros gemidos sincronizados. Sudamos juntos, piel resbaladiza, corazones latiendo al unísono.

La intensidad crece. Cambiamos posiciones: él atrás, embistiéndome con fuerza controlada, su pecho contra mi espalda, mordiéndome el hombro. Siento cada vena de su verga rozando mis paredes internas, presionando ese punto que me hace ver estrellas. "Estás tan apretadita, mi vida", gruñe en mi oído, una mano bajando a frotar mi clítoris. El orgasmo me golpea como ola gigante, contracciones que me dejan temblando, gritando sin control. Él sigue, prolongando mi placer hasta que no aguanta más. Se corre dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí con un rugido gutural.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose poco a poco. El sol de la tarde entra por la ventana, calentando nuestras pieles pegajosas. Huele a sexo, a nosotros, a domingos de pasión perfectos. Javier me besa la frente, trazando círculos perezosos en mi vientre. "Eres lo mejor que me ha pasado, neta", dice bajito. Yo sonrío, acurrucándome contra su pecho, escuchando el thump-thump de su corazón.

Estos domingos no son solo sexo; son conexión, son el escape de la rutina loca de la ciudad. Con él, soy libre, deseada, completa.

Después, nos duchamos juntos, jabonándonos mutuamente bajo el chorro caliente. Sus manos resbalan por mis curvas, reviviendo chispas, pero hoy es de ternura. Salimos envueltos en toallas, preparamos tacos de carnitas que compramos en el mercado ayer. Comemos en la cama, riéndonos de tonterías, planeando el próximo domingo. El atardecer pinta el cielo de naranjas y rosas, visible desde la cama.

Cuando se va, al caer la noche, me quedo con el eco de su aroma en las sábanas y el pulso satisfecho en mi cuerpo. Mañana volverá la rutina: chamba, tráfico, estrés. Pero sé que el próximo domingo de pasión me espera, renovándome el alma. Estos rituales nos mantienen vivos, ardientes, enamorados en secreto. Porque en México, el amor se vive así: con intensidad, con sabor, sin medias tintas.

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