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Noche de Pasión en Hotel Hill

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Noche de Pasión en Hotel Hill

El sol se ponía sobre las colinas de Guadalajara cuando llegué al Hotel Hill. El aire traía ese olor a tierra húmeda mezclado con jazmín de los jardines, y el sonido de las cigarras empezaba a llenar la tarde. Yo, Ana, una tapatía de veintiocho años que trabajaba en una agencia de publicidad, había reservado esa suite por un capricho loco. O mejor dicho, por él. Marco, mi amigo de la uni, el wey que siempre me había mirado con esos ojos cafés que prometían travesuras. Habíamos coqueteado por WhatsApp semanas enteras, pero esta noche era real.

¿Y si no pasa nada? ¿Y si solo platicamos y ya?
me dije mientras subía en el elevador, sintiendo el corazón latiéndome como tambor en las costillas.

La habitación era un sueño: ventanales del piso al techo con vista a la ciudad iluminándose, cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca, y una terraza con jacuzzi burbujeante. Me quité los tacones, sintiendo el fresco del mármol en las plantas de los pies, y me puse un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas justito. El espejo me devolvió una chava lista para la acción: labios rojos, pelo suelto ondulado, y un perfume con notas de vainilla que me hacía sentir poderosa. Sonó el teléfono de la habitación. Su voz, ronca y juguetona: "Ya voy subiendo, preciosa. ¿Lista para la pasión en Hotel Hill?"

Cuando abrió la puerta, el mundo se detuvo. Marco traía camisa blanca desabotonada lo suficiente para ver su pecho moreno y fornido, jeans que le quedaban como pintados, y una sonrisa pícara que me derritió las rodillas. Olía a colonia cítrica con un toque ahumado, como tequila reposado. Nos abrazamos, y su calor me envolvió al instante. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, enviando chispas por mi espina. "Neta, Ana, estás cañona", murmuró en mi oído, su aliento cálido rozándome el lóbulo.

Empezamos con unas chelas frías del minibar, sentados en la terraza viendo las luces de la ciudad. Hablamos de todo: de la chamba estresante, de viajes locos a la playa, de cómo nos habíamos extrañado. Pero el aire estaba cargado, como antes de una tormenta. Cada roce accidental —su rodilla contra la mía, mis dedos rozando su brazo al reír— hacía que mi piel se erizara.

Órale, Ana, no te lances de una. Disfruta la tensión
, pensé, mientras sorbía mi chela y lo veía tragar, el movimiento de su garganta mandándome imágenes prohibidas.

La plática viró sensual. "Siempre quise verte así, aquí arriba, con Guadalajara a nuestros pies", dijo él, acercándose. Sus ojos devoraban mis labios. Yo me mordí el inferior, juguetona. "Pues aquí estoy, wey. ¿Qué vas a hacer al respecto?" Lo invité con la mirada, y él no se hizo repetir. Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que empezó tierno pero explotó en hambre. Saboreé la cerveza en su lengua, salada y fresca, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. El zipper bajó lento, como un susurro, y el aire fresco besó mi piel desnuda.

Caímos en la cama, riendo entre besos. Él se quitó la camisa, revelando abdominales marcados por horas en el gym, y yo tracé con las uñas su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo mi toque. "Me vuelves loco, mamacita", gruñó, bajando la cabeza a mi cuello. Sus besos eran fuego: lamidas húmedas, mordidas suaves que me arrancaban gemidos. Olía su sudor ligero mezclándose con mi perfume, un aroma embriagador que me ponía más caliente. Mis manos bajaron a su cinturón, lo desabroché con dedos temblorosos de anticipación. Su verga saltó libre, dura y palpitante, y la envolví con la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado como el mío.

Marco me volteó boca arriba, besando mi camino desde los pechos —sus labios chupando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras— bajando por mi vientre tembloroso. El sonido de su respiración jadeante llenaba la habitación, mezclado con mis suspiros. Llegó a mi entrepierna, separando mis muslos con gentileza. "Estás empapada, preciosa", dijo con voz ronca, y su lengua me tocó ahí, un lametón largo que me hizo arquear la espalda. ¡Qué delicia! Saboreaba mi humedad salada, lamiendo mi clítoris en círculos perfectos, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. Gemí alto, agarrando las sábanas, el olor a sexo empezando a impregnar el aire.

Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, volteándolo yo ahora. "Mi turno, cabrón", le dije riendo, y bajé sobre él. Tomé su verga en la boca, saboreando el gusto salado de su pre-semen, chupando despacio al principio, luego más rápido, oyendo sus gruñidos guturales. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, sus manos enredadas en mi pelo. "Ana, neta, vas a hacer que me venga ya", jadeó. Lo detuve, subiendo para montarlo. Nuestros ojos se clavaron mientras me hundía en él, centímetro a centímetro. Estaba tan llena, su grosor estirándome deliciosamente, el roce interno mandando ondas de placer por todo mi cuerpo.

Cabalgamos así, lento al inicio, sintiendo cada embestida: el slap de piel contra piel, el chirrido suave de la cama, nuestros jadeos sincronizados. Sudábamos, el olor almizclado envolviéndonos como niebla. Aceleramos, mis tetas rebotando, sus manos apretándome las nalgas, guiándome más hondo.

Esto es la pasión en Hotel Hill pura, sin filtros
, pensé en un flash, mientras el orgasmo se acumulaba como ola gigante. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, y me penetró desde atrás, profundo, golpeando ese punto que me volvía loca. "¡Sí, así, Marco! ¡Cógeme duro!", grité, y él obedeció, una mano en mi clítoris frotando en círculos furiosos.

El clímax nos golpeó juntos. Sentí mi coño contrayéndose alrededor de él, oleadas de placer puro explotando desde mi centro hacia las puntas de los dedos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, enredados, piel pegajosa de sudor, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El jacuzzi nos llamó desde la terraza, y nos metimos ahí, el agua caliente burbujeando alrededor de nuestros cuerpos exhaustos.

Flotábamos, él besándome el hombro, yo recargada en su pecho. "Esto fue épico, Ana. La pasión en Hotel Hill que soñé", murmuró. Yo sonreí, trazando círculos en su piel con el dedo.

Neta, wey, esto no acaba aquí
, pensé, mientras la ciudad brillaba abajo, testigo de nuestra noche inolvidable. El vapor subía, mezclándose con nuestro aroma compartido, y supe que volveríamos. Por más noches así, de deseo crudo y conexión real.

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