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Mi Pasion por el America en Llamas

5652 palabras

Mi Pasion por el America en Llamas

El Estadio Azteca rugía como un monstruo vivo esa noche de clásico. El olor a cerveza derramada se mezclaba con el sudor de miles de aficionados apiñados en las gradas. Yo, con mi camiseta azulcrema ajustada al cuerpo, sentía mi pasión por el América latiendo en cada poro de mi piel. Llevaba años así, gritando goles, temblando con cada jugada, pero esa vez algo diferente me erizaba la piel. No era solo el equipo; era la adrenalina que me ponía cachonda, como si el azulcrema me encendiera por dentro.

Estaba en la sección popular, saltando con los demás, cuando lo vi. Alto, moreno, con el mismo jersey que yo pero sin mangas, dejando ver unos brazos fuertes tatuados con el águila del América. Sus ojos cafés me clavaron mientras coreábamos "¡A-mé-ri-ca!". Me sonrió, una de esas sonrisas pendejas que dicen "te quiero comer aquí mismo". Me acerqué, empujada por la multitud, y nuestras manos se rozaron. Su piel estaba caliente, áspera por el sol, y un escalofrío me recorrió la espalda.

"¿Fanática de hueso colorado, eh? Yo soy Alex, y mi pasión por el América es lo que me mantiene vivo", dijo gritando sobre el ruido.

Le contesté que sí, que era mi vicio, mi todo. Charlamos entre empujones, riendo de los pendejos del otro equipo. Su voz ronca me vibraba en el pecho, y cada vez que se inclinaba, olía a hombre: colonia barata, sudor fresco y algo salvaje. El América metió gol, y en la euforia nos abrazamos. Su cuerpo duro contra el mío, su verga semi-dura rozándome el vientre por accidente. O no tan accidente. Me mojé al instante, sintiendo mi concha palpitar bajo los jeans ajustados.

El partido terminó en victoria, y la marea humana nos sacó del estadio. Afuera, bajo las luces amarillas de los puestos de elotes, me jaló de la mano. "¿Vamos a celebrar, guapa? Mi casa está cerca". Su mirada era puro fuego, y yo, con el corazón a mil, asentí. Caminamos por las calles vivas de la Ciudad, con mariachis lejano y olor a tacos al pastor. Cada paso, su mano en mi cintura, subía la temperatura. Me imaginaba ya sus labios en mi cuello, su lengua explorando.

Llegamos a su depa en Narvarte, chiquito pero chido, con posters del América por todos lados. Me sirvió chelas frías, y nos sentamos en el sofá viejo. La tele repetía el gol, pero ya no mirábamos. Hablamos de partidos pasados, de cómo mi pasión por el América empezó con mi carnal llevándome de morrilla. Él confesó que soñaba con follar en el Azteca, con una águila como yo. Reí, pero su mano en mi muslo me calló la boca. Subía despacio, rozando la costura de mis jeans, y yo abrí las piernas sin pensarlo.

"Neta, desde que te vi en la grada supe que eras para mí. Ese culazo en la camiseta... me pusiste la verga como piedra".

Sus palabras crudas me prendieron. Lo besé primero, salvaje, mordiendo su labio inferior. Sabía a sal y victoria. Sus manos me quitaron la playera, exponiendo mis tetas en el bra negro. Las amasó, pellizcando los pezones hasta que gemí. "Qué chingonas", murmuró, bajando la boca. Su lengua caliente las lamió, chupó, mientras yo le metía las uñas en la espalda. Olía a su sudor mezclado con mi aroma de excitada, ese olor almizclado que llena el aire.

Me paré, quitándome los jeans. Quedé en tanga, mojada hasta las nalgas. Él se desvistió rápido: torso marcado por gym y partidos, verga gruesa parada, con venas marcadas. La tomé en la mano, dura como hierro, caliente. La pajeé despacio, sintiendo su pulso acelerado. "Métetela en la boca, águila mía", pidió. Me arrodillé, oliendo su masculinidad. La lamí desde la base, saboreando el pre-semen salado. La chupé profunda, gimiendo con él, mientras sus manos enredaban mi pelo.

Pero quería más. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Su verga rozó mi concha a través de la tanga, untándola de mis jugos. "Fóllame ya, pendejo", le dije, rasgando la tela. Me hundí en él de un jalón, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. Grité, el placer doliendo rico. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, su pelvis chocando contra mi clítoris. El sonido de carne contra carne, nuestros jadeos, el crujir del sofá. Sudábamos, resbalosos, oliendo a sexo puro.

Cambié de posición: él encima, misionero brutal. Me abrió las piernas, embistiéndome profundo, cada estocada rozando mi punto G. "¡Más duro, carajo! Como si ganáramos la liga", le urgió. Me clavó los ojos, sudando sobre mí, besándome el cuello, mordiendo. Sentía su verga palpitar, mis paredes apretándolo. El clímax subió como ola: primero temblores en las piernas, luego explosión. Grité su nombre, convulsionando, chorros calientes mojando sus bolas.

Él no paró, prolongando mi orgasmo hasta que se corrió dentro, gruñendo como bestia. Su leche caliente me inundó, mezclándose con la mía. Colapsamos, pegajosos, respirando agitados. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.

Después, en la cama deshecha, fumamos un cigarro compartido. La ventana abierta dejaba entrar el ruido de la calle, cláxones y risas. "Esto fue mejor que cualquier gol", dijo riendo. Yo, acurrucada en su pecho, pensé en mi pasión por el América, ahora compartida con este cabrón. No era solo el equipo; era esta conexión, este fuego que nos unía. Mañana otro partido, pero esta noche, el verdadero triunfo era nuestro.

Nos dormimos así, envueltos en sábanas con olor a nosotros, soñando con gradas eternas y cuerpos entrelazados. Mi pasión había encontrado su cancha perfecta.

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