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Frases de Hacer las Cosas con Pasión

6288 palabras

Frases de Hacer las Cosas con Pasión

La noche en el bar de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que solo el DF sabe dar en verano. El aire olía a tequila reposado y a perfume caro mezclado con sudor fresco. Yo, Ana, sentada en la barra con mi chela helada en la mano, observaba la pista de baile como si buscara algo que me sacara del pinche tedio de la semana. Tenía veintiocho, un curro chido en una agencia de publicidad, pero la vida se sentía como un loop de reuniones y tráfico infernal.

Entonces lo vi. Luis, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las bragas sin permiso. Alto, moreno, con camisa ajustada que marcaba unos pectorales que gritaban órale, tócalos. Se acercó bailando salsa, extendiendo la mano. —Ven, güeyita, que la noche está para hacer las cosas con pasión, me dijo al oído, su aliento cálido rozándome la oreja como una promesa sucia.

Me levanté sin pensarlo. Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, guiándome en el ritmo. El sonido de la trompeta me vibraba en el pecho, y su cuerpo pegado al mío... ay, wey, su verga semi-dura contra mi panza me hizo apretar los muslos. Bailamos así, sudando, riendo, mientras él me susurraba al oído frases que me erizaban la piel.

¿Qué carajos me pasa? Este pendejo me tiene ya con la concha palpitando y ni nos conocemos.

Hazme tuyo como si el mundo se acabara esta noche, me dijo, y su voz grave se coló directo a mi entrepierna. Neta, esas frases de hacer las cosas con pasión que soltaba eran como afrodisíacos líquidos. Me reí, juguetona, y le contesté: —Muéstrame cómo, cabrón.

Salimos del bar tomados de la mano, el viento nocturno fresco contra nuestra piel caliente. Su coche olía a cuero nuevo y a él, un aroma masculino, a jabón y deseo crudo. En el camino a mi depa en la Roma, sus dedos jugaban con mi muslo bajo la falda, subiendo despacio, rozando el encaje de mis tangas. Yo jadeaba bajito, mordiéndome el labio, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris.

Acto uno cerrado: la tensión era un nudo en mi estómago, listo para deshacerse.

En mi departamento, la luz tenue de las velas que siempre prendo para ambientar. Cerré la puerta y él me acorraló contra la pared, besándome con hambre. Sus labios sabían a ron y a menta, su lengua invadiendo mi boca como si quisiera devorarme entera. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda a través de la camisa.

Desnúdate para mí despacio, que quiero verte arder, murmuró, otra de esas frases de hacer las cosas con pasión que me volvían loca. Obedecí, quitándome la blusa con movimientos lentos, dejando que mis tetas rebotaran libres del brasier. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. Se acercó, lamiendo mi cuello, bajando hasta mis pezones duros como piedras. El roce de su barba incipiente me raspaba delicioso, enviando chispas directo a mi centro.

Pinche Luis, me tiene empapada. Quiero su verga ya, pero esto de ir despacio... qué chingón.

Lo empujé al sofá, desabrochándole el cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La olí, ese olor almizclado a hombre excitado, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su sal. Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo.

Chúpamela como si fuera tu último pecado, jadeó. La mamé con ganas, succionando, girando la lengua, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Su sabor me inundaba la boca, sus caderas embistiendo suave. Pero yo quería más. Me quité la falda y las tangas, montándome en él a horcajadas. Mi concha resbaladiza rozó su verga, lubricándola con mis jugos.

La tensión subía como el volumen de una rola de rock. Nuestros cuerpos se movían en sincronía, piel contra piel sudada, el sonido de besos húmedos y respiraciones entrecortadas llenando la sala. Él me apretó las nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano con promesa.

Siente cómo te lleno, cómo te hago mía con cada embestida, susurró mientras me penetraba de un solo golpe. Ay, wey... su verga me estiraba delicioso, llenándome hasta el fondo. Gruñí, cabalgándolo fuerte, mis tetas botando contra su pecho. El slap-slap de carne contra carne, el olor a sexo puro, nuestro sudor mezclándose... todo era fuego.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas en el sofá. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Agarró mi pelo, jalándolo suave, arqueándome la espalda. —Dime que lo quieres así, con pasión pura, exigió. —Sí, cabrón, chingame más duro, rogué, perdida en el placer.

Esto es lo que necesitaba. No solo follar, sino sentir cada carajo de sensación, cada pulso.

Cambié de posición, él sentado y yo de espaldas, empalándome en su verga mientras rebotaba. Sus manos en mis caderas, guiándome, pellizcando mi clítoris hinchado. El orgasmo me acechaba, un tsunami building up. Él aceleró, gruñendo mis nombres —Ana, mi reina, mi puta apasionada— y sentí su verga hincharse dentro de mí.

Explotamos juntos. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, chorros de placer mojando sus muslos. Él se vació dentro, caliente, espeso, marcándome. Grité, el mundo blanco por segundos, el olor a corrida fresca mezclándose con mi esencia.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en la cama, cuerpos enredados, piel pegajosa y satisfecha. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo revuelto. El silencio roto solo por nuestras respiraciones calmándose, el aroma a sexo lingering en el aire como un perfume íntimo.

—Esas frases de hacer las cosas con pasión tuyas... me mataron, wey —le dije riendo bajito.

Él levantó la cabeza, besándome suave. —Es que la vida hay que vivirla así, con todo. Y contigo... neta, fue épico.

¿Volverá a pasar? No sé, pero esta noche me cambió. Aprendí que la pasión no se dice nomás, se hace, se siente en cada poro.

Nos quedamos así, abrazados, hasta que el sueño nos venció, con la promesa de más frases, más pasión, en las madrugadas por venir.

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