Damian en el Abismo de Pasion
El sol de mediodía caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo la arena de un dorado cegador y haciendo que el mar Caribe brillara como un espejo roto. Tú caminabas descalza, sintiendo la arena tibia colándose entre tus dedos, el salitre pegándose a tu piel bronceada. El viento jugaba con tu pareo ligero, dejando entrever las curvas de tu cuerpo que tanto trabajo te había costado moldear en el gym. Neta, hoy necesito un poco de aventura, pensabas, mientras el sonido rítmico de las olas te arrullaba como una promesa de algo salvaje.
Entonces lo viste. Damian. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba cada músculo de su pecho y brazos, como si hubiera sido esculpido por los dioses aztecas. Sus ojos negros te atraparon desde lejos, intensos, como un abismo que te succionaba. Caminaba con esa confianza de macho mexicano, el pelo revuelto por la brisa marina, oliendo a mar y a algo más, un aroma varonil que te erizó la piel. ¿Quién es este pendejo tan chulo? te preguntaste, deteniéndote en seco.
Él se acercó, sonriendo con dientes perfectos. Hola, morra, dijo con voz grave, ronca como el rugido lejano de una tormenta. ¿Vienes mucho por acá? Te vi desde el otro lado y neta, no pude resistirme. Su aliento olía a tequila fresco y menta, y cuando extendió la mano para saludarte, su palma áspera rozó la tuya, enviando una corriente eléctrica directo a tu entrepierna. Te presentaste, Alejandra, pero en tu mente ya corrían imágenes locas: sus manos en tu cintura, su boca devorándote.
Hablaron un rato, sentados en la arena, las olas lamiendo sus pies. Damian era de Guadalajara, pero había venido a la costa a desconectarse del jale estresante en la ciudad. Contó anécdotas de fiestas en la Zona Rosa, de cómo le gustaba bailar salsa hasta el amanecer. Tú reías, tocándole el brazo de vez en cuando, sintiendo la dureza de sus bíceps bajo la piel caliente. Este wey me va a volver loca, pensabas, mientras el sol te hacía sudar y tu cuerpo respondía con un calor que nada tenía que ver con el clima.
La tensión crecía como la marea. Cada mirada suya era un gancho, cada roce accidental un fuego.
Es como si estuviéramos en una de esas novelas, Damian en el abismo de pasión, y yo cayendo sin remedio, reflexionabas en silencio, recordando esa telenovela que tanto te gustaba de morrita. Él te invitó a caminar hasta su villa cercana, una casa blanca con palmeras y piscina infinita. Vamos, no muerdo... a menos que me lo pidas, bromeó con guiño pícaro. Aceptaste, el corazón latiéndote como tambor de mariachi.
En la villa, el aire acondicionado era un alivio bendito contra el bochorno exterior. Olía a jazmín y a él, ese perfume terroso mezclado con sudor salado. Se sentaron en la terraza con unos micheladas heladas, el limón picante explotando en tu lengua, la espuma fría bajando por tu garganta. Hablaron de todo: de sueños, de desmadres pasados, de cómo la vida en México te pone a prueba pero también te da momentos como este. Sus rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada vez que él se inclinaba, su aliento te acariciaba el cuello, haciendo que tus pezones se endurecieran bajo el bikini.
La noche cayó rápida, las estrellas salpicando el cielo como diamantes. Damian puso música, un corrido romántico con guitarra acústica que vibraba en el aire húmedo. Te tomó de la mano y te sacó a bailar. Ven, mami, muévete conmigo, murmuró al oído, su cuerpo pegándose al tuyo. Sentiste su erección presionando contra tu vientre, dura, prometedora. Tus caderas se mecían al ritmo, fricción deliciosa que te humedecía las bragas. Qué chingón se siente esto, gemiste bajito, y él respondió con un beso robado, labios suaves pero urgentes, lengua invadiendo tu boca con sabor a cerveza y deseo puro.
El beso se profundizó, manos explorando. Las suyas bajaron por tu espalda, apretando tus nalgas firmes, mientras tú enredabas los dedos en su pelo negro. Te quiero ya, Damian, susurraste, jadeante. Él te cargó como si no pesaras nada, llevándote adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Te quitó el pareo con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de tu clavícula, el valle entre tus senos, el ombligo. Su boca era fuego líquido, chupando, lamiendo, haciendo que arquearas la espalda con gemidos que rebotaban en las paredes.
Te desvistió por completo, admirando tu cuerpo desnudo a la luz de la luna que se colaba por las cortinas. Eres una diosa, neta, gruñó, quitándose la ropa. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precúm. La tocaste, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en tu palma. Él gimió, un sonido animal que te vibró en el pecho. Te tendió en la cama, besando tus muslos internos, el olor de tu excitación llenando el cuarto, almizclado y dulce. Su lengua encontró tu clítoris, lamiendo con maestría, círculos lentos que te hicieron retorcerte, uñas clavándose en sus hombros.
No pares, cabrón, me vas a hacer venir, suplicaste, las caderas elevándose. Él introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que te volvía loca. El placer subía en olas, tu coño chorreando jugos que él bebía con avidez. Gritaste tu orgasmo, el mundo explotando en colores, piernas temblando, mientras él lamía sin piedad, prolongando la delicia hasta que suplicaste misericordia.
Ahora eras tú quien mandaba. Lo empujaste boca arriba, montándolo como amazona. Su verga se hundió en ti de un solo golpe, llenándote hasta el fondo, estirándote deliciosamente. ¡Qué rico, pendejo! gritaste, cabalgando con furia, senos rebotando, sudor perlando vuestros cuerpos. Él te agarraba las caderas, embistiendo desde abajo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con vuestros jadeos y el zumbido del ventilador. Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, ojos clavados en los tuyos, susurrando Te amo este momento, morra, eres mía. Luego de lado, cucharita, su mano en tu clítoris frotando mientras te taladraba lento, tortuoso.
El clímax llegó como tsunami. Tú primero, contrayéndote alrededor de su polla, ordeñándolo con espasmos que te dejaban sin aliento. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándote, su semen mezclándose con tus jugos. Colapsaron juntos, pegajosos, exhaustos, el olor a sexo impregnando el aire, corazones galopando al unísono.
Después, en la afterglow, Damian te acunó, besando tu frente sudorosa. El mar susurraba afuera, una brisa fresca secando vuestras pieles.
Esto fue el abismo de pasión total, como en esa novela con Damian que tanto me gustaba, pensaste, sonriendo en la oscuridad. Él te confesó que desde que te vio, supo que eras especial, que México te regalaba estas conexiones intensas. Durmieron entrelazados, prometiendo más noches así, el deseo no extinguido sino avivado, listo para volver a arder.