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El Color de la Pasión

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El Color de la Pasión

Entré a esa galería en el corazón de la Roma, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando afuera como un enjambre de taxis y risas. El aire olía a café recién molido mezclado con el perfume dulce de las flores en los balcones. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana, paseaba entre las pinturas, buscando algo que me erizara la piel. Y entonces la vi: El color de la pasión, un óleo vibrante donde rojos intensos se fundían con naranjas calientes, como si el lienzo palpitara con vida propia. Me quedé clavada, imaginando cómo ese color se vería en carne viva.

De pronto, una voz grave y juguetona me sacó de mi trance.

—Órale, carnala, ¿te late esa pieza? Parece que te está comiendo con los ojos.
Volteé y ahí estaba él, alto, moreno, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver un pecho tatuado con un águila estilizada. Se llamaba Diego, artista local, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo la luz tenue. Me sonrió con esa picardía mexicana que te hace derretir, y neta, sentí un cosquilleo en el estómago. Este pendejo es peligro, pensé, pero mi cuerpo ya decía sí antes que mi cabeza.

Charlamos un rato, coqueteando con cervezas artesanales en mano. Él me platicó cómo pintaba el color de la pasión inspirado en noches locas de deseo, y yo le conté de mis días como diseñadora gráfica, soñando con capturar esa intensidad en pixels. Su risa era ronca, como grava bajo las llantas de un vocho, y cada vez que rozaba mi brazo accidentalmente, mi piel se encendía. ¿Por qué carajos me late tanto este wey? El deseo crecía lento, como el calor de un comal encendido, mientras la galería se vaciaba y la noche nos envolvía.

Salimos a la calle, el viento fresco de la noche trayendo olores a taquería y jazmín. Caminamos hasta su taller en una casa chica pero chida, con paredes llenas de lienzos a medio terminar.

—Pasa, Ana, déjame mostrarte mi mundo.
Su voz era un ronroneo que me erizaba los vellos de la nuca. Adentro, el espacio olía a trementina y sudor fresco, luces tenues bailando sobre tubos de pintura. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, y el líquido quemándome la garganta como una promesa.

Nos sentamos en un sofá viejo pero cómodo, nuestras rodillas tocándose. Hablamos de todo y nada: de cómo la CDMX te roba el alma con su caos, de amores pasados que ardieron como chiles habaneros. Sus dedos trazaron un camino juguetón por mi muslo, y yo no me aparté. Su toque es fuego puro, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Lo miré a los ojos, y ahí estaba: el color de la pasión, reflejado en sus pupilas dilatadas. Me acerqué, mis labios rozando los suyos en un beso tentativo, salado por el tequila, dulce por el anhelo.

El beso se profundizó, sus manos en mi cintura tirando de mí hacia él. Sentí su calor a través de la tela, duro y urgente contra mi vientre.

—Estás cañón, Ana, me tienes loco.
Murmuró contra mi boca, su aliento caliente oliendo a tequila y hombre. Le respondí mordiendo su labio inferior, mis uñas arañando suavemente su espalda. Nos pusimos de pie, tropezando con un caballete, riendo como chavos en fiestón. Me quitó el vestido con reverencia, sus ojos devorando mi piel desnuda bajo la luz ámbar. Mírame como si fuera tu obra maestra, supliqué en silencio.

Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado que ya perlaba mi clavícula. Gemí bajito, el sonido reverberando en el taller como un eco erótico. Sus manos, callosas de tanto pincel, amasaron mis pechos, pulgares rozando pezones que se endurecieron como piedras preciosas. Bajó más, besos húmedos en mi ombligo, lengua trazando círculos que me hicieron arquear la espalda. El aroma de mi excitación flotaba en el aire, almizclado y embriagador, mezclándose con su colonia terrosa.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar el control. Desabroché su pantalón, liberando su verga tiesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero.

—Qué chingona eres, Ana.
Jadeó mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada, ligeramente amarga. Sus caderas se movieron instintivamente, dedos enredados en mi cabello, guiándome sin forzar. El sonido de su respiración agitada, mis labios chupando, llenaba el cuarto como una sinfonía sucia.

Pero quería más, lo necesitaba dentro. Me subí a horcajadas, frotándome contra él, mi humedad resbalando por su longitud. Entra ya, cabrón, hazme tuya. Nuestras miradas se cruzaron, un consentimiento mudo y ardiente. Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que me estiraba deliciosamente. Su grosor me llenaba, tocando puntos que me hacían ver estrellas. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena contra mis paredes internas.

El ritmo creció, mis caderas girando como en un baile de cumbia prohibida. Sus manos en mis nalgas, amasando, guiando, el slap de piel contra piel resonando como aplausos en un palenque. Sudor nos unía, resbaloso y caliente, olores de sexo crudo impregnando todo.

—Más fuerte, Diego, ¡dame todo!
Grité, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada, sus bolas golpeando mi culo. Mi clítoris rozaba su pubis, chispas de placer acumulándose como tormenta en el Popo.

La tensión subía, mis músculos internos apretándolo, ordeñándolo. Sentí el orgasmo acercarse, un nudo apretado en mi vientre deshaciéndose en olas. El color de la pasión explotó en mi visión: rojos, naranjas, mi piel sonrojada como la pintura que nos unió. Grité su nombre, convulsionando alrededor de él, jugos calientes empapándonos. Él gruñó profundo, animal, y se corrió dentro, chorros calientes pintando mis profundidades, su cuerpo temblando bajo el mío.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel. El taller giraba lento, el aire pesado con nuestro aroma compartido. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el afterglow.

—Neta, Ana, eso fue... arte puro.
Susurró, acariciando mi espalda. Yo sonreí, trazando su tatuaje con el dedo. Esto es lo que pintaba: pasión viva, color en la piel.

Nos quedamos así un rato, hablando en susurros de futuras noches, de lienzos que pintaríamos juntos. Salí al amanecer, con el sol tiñendo el cielo del mismo rojo ardiente. Mi cuerpo zumbaba aún, marcado por él, y supe que el color de la pasión no era solo un cuadro: era nosotros, eterno en la memoria de la carne.

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