Semana de Pasión en la Costa
El sol de Puerto Vallarta me pegaba en la cara como un beso ardiente mientras bajaba del taxi. Hacía una semana que había dejado atrás el pinche estrés de la Ciudad de México, mi trabajo de mierda en la oficina y a ese ex que no valía ni madres. Esta va a ser mi semana de pasión, me dije, oliendo el salitre del mar que se mezclaba con el aroma de las flores tropicales. Llevaba un bikini rojo que me hacía sentir como una diosa, mi piel morena brillando con aceite de coco. Caminé por la playa, la arena caliente entre los dedos de los pies, el sonido de las olas rompiendo como un ritmo que me aceleraba el pulso.
En el bar playero del hotel, pedí un michelada bien fría. El hielo crujía contra mis labios, el limón picante en la lengua, la cerveza bajando fresquita por mi garganta. Ahí lo vi: Javier, el mesero, con su sonrisa de pendejo encantador, ojos cafés profundos como el chocolate mexicano y brazos tatuados que gritaban ven y tócame. "Órale, mamacita, ¿qué se te ofrece?", me dijo con ese acento tapatío que me erizó la piel. Le guiñé un ojo. "Algo que me haga sudar", respondí, y su risa grave vibró en mi pecho como un tambor.
Esa noche, la primera de mi semana de pasión, bailamos en la fiesta de la playa. La música de cumbia rebeldía retumbaba, cuerpos sudados rozándose bajo las luces de neón. Su mano en mi cintura era fuego puro, sus dedos fuertes pero suaves, oliendo a mar y a colonia barata que me volvía loca.
"Neta, eres un peligro, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello.Me apretó más, mi pezón endureciéndose contra su torso duro. No pasó de besos esa noche, pero cuando sus labios tocaron los míos, su lengua juguetona probando mi boca con sabor a tequila, supe que esto apenas empezaba. Mi cuerpo ardía, un cosquilleo húmedo entre las piernas que me hacía apretar los muslos.
Al día siguiente, el segundo, me desperté con el sol filtrándose por las cortinas de mi habitación. El aire olía a café y pan dulce del desayuno buffet. Lo busqué en la playa. Javier estaba surfeando, su cuerpo aceitado cortando las olas como un dios azteca. Nadé hacia él, el agua fresca lamiendo mi piel, sal en los labios. "Enséñame", le pedí, y me subió a su tabla. Sus manos en mis caderas, guiándome, su pecho pegado a mi espalda. Cada ola nos mecía, su erección rozándome el culo disimuladamente. Pinche wey, me va a volver loca, pensé, mi corazón latiendo como un mariachi enloquecido.
Por la tarde, en una cabaña de palapas, compartimos tacos de mariscos. El limón chorreando, el chile ardiendo en la boca, sus ojos devorándome. Hablamos de todo: de cómo él tocaba guitarra en bares nocturnos, de mi vida de oficinista harta de la rutina. "Quiero que esta sea mi semana de pasión", le confesé, mi voz ronca. Él sonrió, trazando un dedo por mi brazo. "Pues yo te la voy a dar, carnala". El toque fue eléctrico, mi piel erizándose, un calor subiendo desde el vientre.
La tercera noche, la tensión era insoportable. Caminamos por la playa al atardecer, el cielo naranja y rosa como un orgasmo lejano. Sus dedos entrelazados con los míos, arena suave bajo los pies. Nos sentamos en una duna, el viento trayendo olor a yodo y a su sudor masculino. Me besó lento, profundo, su lengua explorando, saboreando mi saliva dulce. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo firme. Gemí bajito, mi mano bajando a su paquete, duro como piedra bajo los shorts. "A huevo, Ana, pero espera", jadeó, su voz temblorosa. ¿Esperar? Mi coño palpita por ti, pendejo, pensé, pero asentí, sabiendo que el fuego solo crecería.
El cuarto día, escalamos la intensidad. Rentamos una lancha para snorkel en una caleta escondida. El agua cristalina, peces tropicales danzando. Bajo el agua, sus manos me tocaron por primera vez íntimamente, dedos rozando mi clítoris a través del bikini. Salí jadeando, el sol secando mi piel mojada. En la lancha, solos, me quitó el top. Sus labios en mis tetas, chupando mis pezones oscuros, duros como piedras de obsidiana. Mordisqueó suave, enviando descargas a mi entrepierna. "Sabes a sal y miel", gruñó, su lengua trazando círculos. Yo lo masturbé por encima del traje, sintiendo su verga gruesa palpitar. No follamos aún, pero corrí dos veces esa tarde con sus dedos dentro de mí, el sonido de mis jugos chapoteando, mi grito ahogado por las olas.
La mitad de la semana de pasión y ya estaba adicta. Por las noches, en mi cama, me tocaba pensando en él, oliendo su camiseta que me robé, imaginando su polla embistiéndome. El quinto día, fuimos a un cenote secreto. El agua verde esmeralda fría contra nuestra piel desnuda. Nos bañamos sin ropa, su cuerpo perfecto, verga semi erecta balanceándose. Me cargó contra la pared rocosa, sus caderas frotándose contra las mías. "Te quiero dentro", susurré, mis uñas clavándose en su espalda. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El agua chapoteaba con cada embestida, su gruñido animal en mi oído, mis tetas rebotando. Olía a tierra húmeda, a sexo primitivo. Me vine gritando, contrayéndome alrededor de él, pero él se salió, eyaculando en mi vientre, semen caliente mezclándose con el agua.
El sexto, la víspera del clímax, cenamos mariscos en un restaurante con vista al mar. Vino blanco fresco, ostras resbalosas en la lengua, sus pies jugando con los míos bajo la mesa. Volvimos a mi habitación. La puerta apenas cerrada, nos desnudamos con furia. Su boca en mi coño, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris hinchado. "Neta, estás riquísima, como tamarindo con chile", jadeó, su barba raspando mis muslos internos. Me corrí en su cara, mis jugos empapándolo, piernas temblando. Luego lo monté, cabalgándolo como una amazona, su verga llenándome hasta el fondo, mis caderas girando, sudor goteando de mis tetas a su pecho. Él me volteó, follándome a lo perrito, palmadas en mi culo resonando, piel contra piel. "¡Más fuerte, cabrón!", grité, y él obedeció, mis paredes apretándolo hasta que explotó dentro, llenándome de calor líquido.
La última noche, la séptima de mi semana de pasión, lo hicimos todo. Amaneció con su boca despertándome, 69 en la cama revuelta, saboreándonos mutuamente: su precum salado en mi lengua, yo ahogándome en su verga mientras él devoraba mi culo. Paseamos por el malecón, helado de coco derretido chorreando por mi mano, como premonición. En la playa al mediodía, bajo una sombrilla, me penetró de lado, discreto pero intenso, el sol quemando nuestras pieles unidas, olas lamiendo nuestros pies. Por la noche, velas aromáticas a vainilla y jazmín, masaje con aceite, sus dedos en mi ano por primera vez, preparándome. Me folló ahí, lento al principio, dolor placentero convirtiéndose en éxtasis puro. Grité su nombre, contrayéndome, él llenándome de nuevo.
Al amanecer del octavo día, nos despedimos en la playa. El sol naciente pintando el mar de oro, su abrazo fuerte, olor a sexo residual en nuestra piel. "Vuelve por más semanas de pasión", murmuró, besándome con ternura. Me fui con el cuerpo saciado, el corazón lleno, sabiendo que Puerto Vallarta guardaba mi secreto. Pinche Javier, me cambiaste la vida, wey. El taxi se alejó, pero el pulso de esa semana latía en mí para siempre.