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La Pasion de Cristo Audio Latino Despierta Mi Deseo Oculto

6322 palabras

La Pasion de Cristo Audio Latino Despierta Mi Deseo Oculto

Era una noche de Semana Santa en el corazón de la Ciudad de México, con el aire cargado de incienso y el eco lejano de procesiones. Yo, Ana, estaba en mi depa chiquito pero chido en la Roma, con las luces tenues y una botella de mezcal abierta sobre la mesa. Mi carnal, Javier, había llegado con esa sonrisa pícara que siempre me ponía la piel de gallina. Hacía meses que andábamos en esto de explorarnos, de descubrir qué nos prendía el fuego de verdad. Esa noche, él sacó su cel con una idea loca: la pasion de cristo audio latino. "Órale, nena, vamos a escuchar esto mientras nos relajamos. Dicen que te conecta con lo profundo, con el sufrimiento y la redención". Su voz ronca me erizó los vellos de la nuca, y asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo del mezcal.

Nos recargamos en el sillón, yo entre sus brazos fuertes, mi cabeza en su pecho ancho que olía a jabón fresco y un toque de sudor masculino. Javier dio play, y la voz grave del narrador en audio latino llenó la habitación, contando la traición en el huerto, el beso de Judas. El sonido era crudo, apasionado, como un lamento que se metía en los huesos. Sentí su mano grande deslizándose por mi muslo, bajo la falda ligera de algodón, rozando la piel suave con las yemas ásperas de sus dedos. ¿Qué carajos estoy sintiendo? Esto es sagrado, pero su toque me quema como el fuego del infierno, pensé, mientras mi respiración se aceleraba con el ritmo de la narración.

La audio seguía, ahora con los latigazos, el sonido imaginario de cuero contra carne que me hizo apretar las piernas. Javier me besó el cuello, su aliento caliente oliendo a mezcal y deseo. "Estás temblando, mi reina", murmuró, su voz un ronroneo que vibró en mi oreja. Le respondí con un gemido bajito, girándome para mirarlo a los ojos oscuros, llenos de hambre. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, profundo, saboreando la sal de su lengua contra la mía, dulce como el fruto prohibido. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría, liberando mis pechos que se endurecieron al aire fresco. Los suyos, firmes y calientes, rozaron mi piel, enviando chispas directas a mi centro.

Esto no es pecado, es redención en carne viva. Su cuerpo es mi cruz, y yo la suya.

La audio narraba la coronación de espinas, y Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la cama king size que crujió bajo nuestro peso. Me tendió boca arriba, sus ojos devorándome mientras se quitaba la playera, revelando el torso moreno, marcado por músculos que olían a hombre trabajado. Se hincó entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio, torturándome con la barba incipiente que raspaba delicioso. Sentí su aliento en mi monte de Venus, húmedo ya de anticipación, el aroma almizclado de mi excitación mezclándose con el incienso que entraba por la ventana abierta. "Déjame adorarte, Ana", dijo, y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con devoción, círculos lentos que me arquearon la espalda. Gemí fuerte, agarrando las sábanas, el sonido de mis jadeos compitiendo con los gritos del audio, ahora en la flagelación.

El calor subía, mi piel ardía como si llevara mi propia corona de espinas de placer. Javier chupaba, succionaba, metiendo un dedo grueso dentro de mí, curvándolo justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas. ¡Vergas, qué rico! No pares, mi rey, pensé, mientras mis caderas se movían solas, follándome su boca. El sudor nos cubría, perlas saladas que lamí de su hombro cuando lo jalé hacia arriba. Lo besé con furia, probándome en él, salada y dulce. "Te necesito dentro, Javier, ya", le supliqué, mi voz ronca como la del narrador.

Él se quitó los pantalones, liberando su verga dura, venosa, palpitante contra mi muslo. La tomé en mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. La apreté, masturbándolo lento, viendo cómo sus ojos se cerraban en éxtasis. La audio llegaba al vía crucis, pasos pesados, caídas, y nosotros nos fundimos. Me penetró de un solo empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. "¡Ay, cabrón!", grité, clavando uñas en su espalda. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y entrando profundo, rozando cada nervio. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, se mezclaba con los lamentos del audio, creando una sinfonía profana.

Aceleró, sus embestidas fuertes, brutales pero llenas de amor, mi clítoris frotándose contra su pubis. Sudábamos como en sauna, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mezclado con el mezcal derramado. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, metiéndomela desde atrás, profundo, golpeando mi culo con cada estocada. "¡Más, pendejo, dame más!", lo arengué, y él obedeció, una mano en mi pelo, jalando suave, la otra en mi pecho, pellizcando el pezón endurecido. Sentía su verga hincharse, mis paredes contrayéndose, el orgasmo construyéndose como una tormenta.

La pasion de cristo audio latino nos lleva al éxtasis, su sufrimiento es nuestro placer compartido.

El clímax llegó como la crucifixión en el audio, un grito desgarrador del narrador que coincidió con mi explosión. Me corrí fuerte, chorros calientes empapando las sábanas, mi cuerpo convulsionando, uñas en la madera de la cabecera. Javier gruñó, embistiendo una última vez, llenándome de su leche caliente, pulsos que sentía en mis entrañas. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí, besos suaves en mi sien mientras el audio terminaba en resurrección, un final de luz.

Nos quedamos así, enredados, el corazón latiendo al unísono. El mezcal olvidado, el incienso desvaneciéndose. "Eso fue chido, mi amor", susurró Javier, trazando círculos en mi espalda húmeda. Yo sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo laxo y satisfecho. Quién iba a decir que la pasion de cristo audio latino nos uniría así, en pasión carnal. Afuera, las campanas repicaban, pero en nuestra cama, habíamos encontrado nuestra propia redención, un lazo más fuerte que cualquier cruz. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos dioses en nuestra piel.

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