Abismo de Pasion Capitulo 80 El Vortice del Deseo
La noche en La Bonita se sentía como un abrazo pegajoso del mar, con esa brisa salada que se colaba por las ventanas abiertas de mi hacienda. Yo, Rosa, llevaba semanas soñando con este momento, desde que Damian y yo nos habíamos separado por esas broncas familiares que siempre nos jodían la vida. Pero esta vez era diferente. Neta, el deseo me quemaba por dentro como chile en nogada demasiado picante. Él llegó al atardecer, con esa sonrisa pícara que me derretía, oliendo a mar y a sudor fresco de quien ha caminado bajo el sol todo el día.
—Wey, no sabes cuánto te extrañé —le dije, mientras lo jalaba por la camisa blanca que se pegaba a su pecho moreno. Sus ojos cafés, profundos como el abismo del Pacífico, me devoraban. Sentí su aliento cálido en mi cuello, un olor a menta y ron que me mareaba.
Nos besamos en la puerta, lento al principio, como si quisiéramos saborear cada segundo. Sus labios gruesos se movían contra los míos con hambre contenida, y yo respondí abriendo la boca para que su lengua jugueteara con la mía. El mundo se redujo a ese beso, al roce áspero de su barba incipiente en mi piel suave, al sonido de nuestras respiraciones agitadas mezclándose con el rumor de las olas rompiendo en la playa cercana.
Lo arrastré adentro, cerrando la puerta con el pie. La sala estaba iluminada por velas que yo había encendido antes, parpadeando sombras sobre las paredes de adobe. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera que me delataba. Damian me levantó en brazos como si no pesara nada, sus manos fuertes bajo mis nalgas, apretándome contra su dureza que ya se notaba a través de los jeans.
—Rosa, mi reina, vas a ser mía esta noche —murmuró contra mi oreja, su voz ronca como gravel de tequila reposado.
Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tiró con gentileza, y se paró al pie de la cama, quitándose la camisa despacio. Dios, ese torso esculpido por años de trabajo en el campo, con vellos oscuros que bajaban en una línea tentadora hasta su ombligo. Lo miré embobada, mordiéndome el labio inferior.
Esto es el abismo de pasion capitulo 80 de nuestra historia, pensé, el capítulo donde todo explota y no hay vuelta atrás.
Acto primero de nuestra noche: la anticipación. Me quité el vestido floreado de un tirón, quedando en brasier de encaje negro y tanga a juego. Él gruñó de aprobación, sus ojos recorriendo mis curvas generosas, mis pechos llenos que subían y bajaban con cada jadeo. Se acercó gateando sobre la cama, como un jaguar acechando. Sus manos, callosas pero tiernas, me acariciaron los muslos, subiendo despacio, rozando la piel sensible del interior hasta llegar a mi monte de Venus. Sentí un escalofrío cuando sus dedos se colaron bajo la tela, encontrándome empapada.
—Estás chorreando por mí, mamacita —dijo con esa voz que me ponía la piel de gallina.
Asentí, incapaz de hablar, solo gimiendo cuando hundió un dedo en mí, luego dos, moviéndolos en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con mi respiración entrecortada. Olía a sexo incipiente, a mi aroma almizclado y al suyo, masculino y terroso. Me besó el estómago, lamiendo el ombligo, bajando hasta morder suavemente el borde de mi tanga.
Pero no me dejó correrme aún. Se apartó, quitándose los jeans y los bóxers. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al techo como un mástil orgulloso. La saliva se me hizo agua en la boca al verla palpitar, con una gota perlada en la punta. Me incorporé para tomarla en la mano, sintiendo su calor, su dureza de acero envuelta en terciopelo. La masturbe despacio, deleitándome en el gemido gutural que le arranqué.
—Chúpamela, Rosa —pidió, y yo obedecí con gusto, arrodillándome frente a él. Abrí la boca y la engullí hasta donde pude, saboreando su salinidad salada, el pulso en mi lengua. Él enredó los dedos en mi cabello negro largo, guiándome sin fuerza, solo con deseo puro. El sonido de succión y sus jadeos me volvían loca, mi clítoris hinchado rogando atención.
Acto segundo: la escalada. Me tumbó de espaldas y se posicionó entre mis piernas, frotando su punta contra mi entrada resbaladiza. Nuestras miradas se clavaron, pidiendo permiso mutuo. —Sí, Damian, métemela ya —supliqué, y él empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué chido! Llenándome por completo, su grosor rozando cada nervio interno.
Empezamos a movernos en ritmo lento, como olas del mar, sus caderas chocando contra las mías con un plaf húmedo. Sudábamos, el olor a sexo intensificándose, piel contra piel resbalosa. Me besaba el cuello, chupando la clavícula, dejando marcas que mañana dolerían rico. Yo clavaba las uñas en su espalda musculosa, dejando surcos rojos que lo excitaban más.
—Más fuerte, carnal, dame todo —le pedí, y él aceleró, embistiéndome con fuerza controlada. La cama crujía bajo nosotros, el cabecero golpeando la pared en un tamborileo frenético. Sentía su verga hincharse más dentro de mí, golpeando ese punto dulce que me hacía ver estrellas. Mis pechos rebotaban con cada estocada, y él los atrapó con la boca, succionando los pezones duros como caramelos.
En este abismo de pasion capitulo 80, mi alma se perdía en él, en este vórtice donde el placer duele de tan bueno.
El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona en su corcel. Sus manos en mis caderas guiaban el vaivén, mis paredes internas apretándolo en espasmos. El sudor nos unía, goteando entre nuestros cuerpos. Grité su nombre cuando el orgasmo me partió en dos, olas de placer convulsionándome, mi jugo empapando sus bolas. Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.
Acto tercero: el afterglow. Colapsamos juntos, jadeantes, enredados en sábanas revueltas. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún semi-dura dentro, pulsando suavemente. Besos perezosos, caricias lánguidas. El aire olía a sexo consumado, a semen y fluidos mezclados con nuestro sudor salado.
—Te amo, Rosa. Esto es nuestro, neta, nadie nos lo quita —susurró, trazando círculos en mi vientre con el dedo.
Yo sonreí, besando su frente húmeda. —Y yo a ti, mi rey. Este capítulo termina perfecto, pero sé que vendrán más.
Nos quedamos así, escuchando el mar susurrar promesas, nuestros cuerpos aún temblando en la resaca del placer. En La Bonita, bajo las estrellas, el abismo de nuestra pasión no tenía fondo, solo éxtasis infinito.