Pasion Prohibida Capitulo 70 El Susurro de la Noche
Ana se recargó en la ventana de su recámara, mirando las luces titilantes de Polanco que parpadeaban como estrellas caídas en el asfalto. El aire nocturno traía el aroma a jazmín del jardín y un leve toque de lluvia que acababa de caer. Su esposo, Carlos, estaba de viaje en Guadalajara por negocios, como siempre. Neta, ya me tiene harta esta vida de esposa perfecta, pensó, mientras su dedo trazaba círculos invisibles en el vidrio empañado por su aliento caliente.
El celular vibró sobre la mesita de noche, rompiendo el silencio con un zumbido insistente. Era un mensaje de Miguel, el hermano menor de Carlos.
¿Estás sola, carnala? Necesito verte ya. Pasion prohibida capitulo 70 se pone intenso esta noche.Ana sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas, ese calor que subía como tequila quemando la garganta. Miguel y ella llevaban meses en esto, un secreto ardiente que empezó en una fiesta familiar, cuando sus miradas se cruzaron y el mundo se detuvo. Él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que prometían pecados deliciosos. Ella, atrapada en un matrimonio que se enfriaba como pozole recalentado mil veces.
Órale, no puedo seguir ignorándolo, se dijo Ana, mordiéndose el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Se miró en el espejo: thirty y cinco años, curvas que aún volvían locos a los chavos en la calle, cabello negro suelto cayendo como cascada sobre sus hombros bronceados. Se puso un vestido rojo ceñido, sin bra ni calzón, solo para provocarlo. El roce de la tela contra su piel sensible ya la ponía húmeda, imaginando las manos callosas de Miguel explorándola.
El taxi la dejó frente al hotel boutique en la Zona Rosa, un lugar discreto con fachada de adobe y luces tenues que olía a sándalo y promesas rotas. Miguel la esperaba en el lobby, vestido con jeans ajustados que marcaban su paquete generoso y una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho. Chingón, qué hombre, pensó ella, mientras él se acercaba con paso felino, su colonia especiada invadiendo sus sentidos.
—Ven acá, mi reina —murmuró él, tomándola de la cintura y besándola con hambre contenida. Sus labios sabían a chicle de tamarindo y deseo puro. Ana jadeó contra su boca, sintiendo cómo su verga se endurecía contra su vientre. Subieron al elevador en silencio, pero las manos de Miguel ya vagaban: una por su nalga, apretando la carne suave, la otra subiendo por su muslo hasta rozar el calor traidor entre sus piernas.
La puerta de la suite se cerró con un clic que sonó como sentencia. La habitación era un nido de lujo: sábanas de satén negro, velas parpadeando con aroma a vainilla y canela, una botella de tequila reposado en la mesa. Miguel la empujó contra la pared, sus cuerpos pegados como imanes. Esto es pasion prohibida capitulo 70, el clímax que hemos estado construyendo, pensó Ana, mientras él le bajaba el vestido de un tirón, exponiendo sus tetas firmes con pezones duros como piedras de obsidiana.
—Te extrañé, pendeja mía —gruñó él, lamiendo su cuello, bajando hasta morderle un pezón con delicadeza. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta como un maullido. El sonido de su respiración agitada llenaba el cuarto, mezclado con el latido acelerado de sus corazones. Sus manos temblorosas desabrocharon los jeans de Miguel, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocó, sintiendo el calor vivo en su palma, el olor almizclado de su excitación que la mareaba como incienso prohibido.
Se arrodilló, obedeciendo un impulso primal. Su lengua trazó la vena principal, saboreando la sal de su piel, el pre-semen que brotaba como néctar. Miguel enredó los dedos en su cabello, gimiendo ¡Qué chido, Ana! Sigue así, güey. Ella lo chupó con devoción, hundiéndolo hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más, el pulso latiendo contra su lengua. El sabor era adictivo, mezcla de hombre y pecado, haciendo que su panocha se contrajera ansiosa, goteando jugos por sus muslos.
Miguel la levantó como si no pesara nada, cargándola hasta la cama. La tumbó boca arriba, abriéndole las piernas con rudeza juguetona. Mírate, toda mojada por mí, dijo, inhalando profundo el aroma dulce y salado de su coño expuesto. Su aliento caliente la hizo estremecer, y cuando su lengua la tocó, Ana gritó. Lamía despacio al principio, círculos alrededor del clítoris hinchado, succionando como si fuera un mango maduro. Ella se retorcía, uñas clavadas en las sábanas, el sonido húmedo de su boca devorándola resonando como música erótica.
—¡No pares, cabrón! —suplicó, las caderas elevándose para follarle la cara. Miguel introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, bombeando con ritmo experto. El placer subía en oleadas, tensión coiling en su vientre como resorte a punto de romperse. Sudor perlaba sus cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el tequila que él le dio a probar directamente de su boca.
Pero no la dejó correrse aún. La volteó boca abajo, poniéndola a cuatro patas. Su verga presionó contra su entrada, resbaladiza y lista. Esto es lo que quieres, ¿verdad? Mi polla prohibida dentro de ti, susurró al oído, mordisqueando el lóbulo. Ana asintió, empujando hacia atrás. Él entró de un solo golpe, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente la hizo gritar de placer, sintiendo cada centímetro grueso pulsando dentro.
Empezaron lento, saboreando la unión. El slap de sus cuerpos chocando, el squelch de su humedad, los gemidos roncos de él y sus chillidos agudos. Miguel la embestía profundo, una mano en su cadera, la otra pellizcando sus tetas balanceantes. Ana sentía el orgasmo construyéndose, cada roce contra su pared interna enviando chispas por su espina.
Es mío, aunque sea prohibido. Carlos nunca me folla así, con esta hambre animal, pensó, perdida en la vorágine.
La intensidad creció. Él aceleró, martillando como pistón, su saco golpeando su clítoris. Ana explotó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, chorros calientes salpicando las sábanas. ¡Sí, chingame, Miguel! ¡Me vengo! gritó, visión nublada por estrellas. Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, inundándola con chorros calientes que la llenaban hasta rebosar, goteando por sus muslos temblorosos.
Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Miguel la besó suave, trazando patrones en su espalda sudada con dedos perezosos. El aroma a sexo y sudor era embriagador, un perfume de entrega total. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el tum-tum acelerado de su corazón volviendo a normal.
—Qué pasion prohibida capitulo 70 tan cabrón —rió él bajito, besándole la frente—. ¿Cuándo repetimos, mi amor?
Ella sonrió, sabiendo que esto no tenía fin. El conflicto rugía en su mente: la culpa por traicionar a Carlos, el miedo al escándalo familiar, pero el deseo era más fuerte, como chile que quema pero adicta. Aquí, en sus brazos, soy viva, reflexionó, mientras el amanecer teñía las cortinas de rosa. Se durmieron así, unidos en su secreto ardiente, listos para el próximo capítulo de su pasión prohibida.