Pelicula La Pasion de Cristo Completa en Mi Cuerpo
Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como un moscardón pendejo y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, acababa de bajar película la pasión de cristo completa de un sitio pirata, porque neta, me picaba la curiosidad. No por lo religioso, ¿eh? Sino por esa intensidad brutal que decían que tenía, esa pasión que te deja el alma en carne viva. Mi carnal, digo, mi vato Ricardo, llegó con unas chelas frías y esa sonrisa de voy a comerte entera.
—Órale, nena, ¿vas a ver esa película tan heavy? —me dijo mientras se quitaba la playera, dejando ver esos músculos tatuados que me ponían la piel de gallina.
Me recargué en su pecho, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia barata pero rica.
¿Y si esta noche la hacemos nuestra?pensé, mientras el logo de la peli se encendía en la tele grande. Apagué las luces, solo el resplandor azulado iluminándonos, y nos echamos en el sillón de piel que crujía bajo nuestro peso.
La película empezó suave, con Mel Gibson metiendo mano en la historia de Jesús. Pero cuando llegó el latigazo, ¡pum!, el sonido de la fusta cortando el aire me erizó los vellos. Ricardo se tensó a mi lado, su mano grande posándose en mi muslo desnudo bajo la falda corta. Sentí su calor subiendo por mi piel, como un fuego lento. Yo tragué saliva, el corazón latiéndome en la garganta, mientras veía el cuerpo marcado, el sudor brillando bajo las luces de la pantalla.
—Puta madre, qué fuerte —murmuró él, su aliento caliente en mi oreja. Su dedo trazó un círculo en mi rodilla, subiendo despacito, despertando un cosquilleo que me mojó las panties de inmediato.
Yo no dije nada, solo me apreté más contra él, sintiendo su verga endureciéndose contra mi cadera. La pasión de Cristo, decían, pero yo solo veía carne sufriendo placer, deseo reprimido explotando. Cada azote era un jadeo ahogado en mi pecho, cada gota de sangre un beso húmedo que imaginaba en mi piel.
En el intermedio, pausamos. Ricardo me volteó cara a él, sus ojos oscuros como pozos de tequila.
Te quiero ahora, Ana, pero sigamos viendo, que esto me prende cañón, pensé que diría, pero en vez de eso, me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como una tormenta. Sabía a cerveza y a hombre, ese sabor salado que me volvía loca. Sus manos me amasaron los senos por encima de la blusa, pellizcando los pezones hasta que gemí contra sus labios.
—No pares la peli, güey —le rogué, jadeando, mientras le bajaba el zipper del pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. La apreté suave, sintiendo el pulso acelerado, el calor que irradiaba como un hierro al rojo.
Reanudamos, pero ya no veíamos. Yo lo monté a horcajadas, frotándome contra él al ritmo de los gritos de la pantalla. El sonido de los clavos hundiéndose era mi propia humedad chorreando, el olor a sexo llenando el aire, mezclado con el incienso que había prendido pa' ambientar. Ricardo me quitó la blusa de un jalón, chupando mi cuello, dejando marcas rojas como las de la corona de espinas.
Su piel contra la mía, áspera y suave a la vez, sudada y pegajosa. Me metí su verga en la mano, masturbándolo lento mientras él me metía dedos en la panocha, curvándolos justo ahí, en el punto que me hacía arquear la espalda.
¡Más, cabrón, dame más pasión!grité en mi mente, mordiéndome el labio hasta saborear sangre.
La película avanzaba, la cruz levantándose con un crujido que vibró en mis huesos. Ricardo me volteó bocabajo en el sillón, mi culo en pompa, y me dio una nalgada juguetona. ¡Zas! El ardor se extendió como miel caliente, y yo empujé hacia atrás, rogando sin palabras. Él se colocó detrás, restregando la punta de su verga por mi raja húmeda, untándome jugos por todos lados.
—¿Quieres que te folle como en esa película? ¿Con toda la pasión? —gruñó, su voz ronca, el aliento quemándome la nuca.
—¡Sí, pendejo, hazme tuya completa! —respondí, arqueándome más.
Entró de un empujón suave pero firme, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Dios! El estirón delicioso, su grosor pulsando dentro, rozando cada pared sensible. Empezó a bombear lento, saliendo casi todo y metiéndose de nuevo, con un sonido chapoteante que ahogaba los gemidos de la peli. Yo me aferré al sillón, las uñas clavándose en la piel, oliendo nuestro sudor mezclado con el cuero caliente.
Él aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada, enviando chispas por mi espina.
Esto es la pasión verdadera, no la de la cruz, la de dos cuerpos enredados, sudados, jodiendo sin parar, pensé mientras giraba la cabeza para verlo. Sus músculos contraídos, el tatuaje de la virgen sudando, sus ojos fijos en mí con adoración pura.
Me volteó de nuevo, ahora cara a cara, mis piernas alrededor de su cintura. Me penetró profundo, besándome el cuello, los senos, mordiendo suave. Yo clavé las uñas en su espalda, dejando surcos rojos como latigazos, y él gimió mi nombre: Ana, mi santa pecadora. El ritmo se volvió frenético, la tele mostrando la muerte de Cristo justo cuando mi orgasmo se acercaba, un tsunami building up.
Sentí el calor en mi vientre explotar primero, olas de placer contrayendo mi panocha alrededor de su verga, ordeñándolo. Grité, un alarido gutural que rivalizaba con los de la película, mi vista nublándose de estrellas. Ricardo se tensó, gruñendo como bestia, y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío.
Colapsamos juntos, jadeando, la película terminando con esa música épica que ahora sonaba a banda sonora de nuestro clímax. Su semen goteaba por mis muslos, pegajoso y tibio, mientras lo abrazaba, oliendo su cabello mojado.
—Neta, esa película la pasión de cristo completa nos prendió cañón —dijo él riendo bajito, besándome la frente.
Yo sonreí, trazando sus marcas con el dedo.
La pasión no está en sufrir, está en entregarse, en follar hasta el alma. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en nuestro sillón, habíamos resucitado en placer puro. Y supe que lo repetiríamos, una y otra vez, completa y sin fin.