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El Color de la Pasion Muerte de Nora

6176 palabras

El Color de la Pasion Muerte de Nora

La vi por primera vez en esa fiesta en Polanco, con las luces tenues del antro bailando sobre su piel morena. Nora, se llamaba, con un vestido rojo que pegaba como segunda piel, ceñido a sus curvas que gritaban ven y tómalo todo. Yo era solo un wey más, un carnal de treinta tacos que andaba de copas con los cuates, pero cuando ella pasó rozándome el brazo, olí su perfume, una mezcla de jazmín y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia en el DF. Sus ojos negros me clavaron, y su sonrisa, pinche sonrisa de diabla, me dejó el corazón latiendo a mil.

¿Quién es esta chula que me hace sudar así nomás viéndola?
pensé, mientras la seguía con la mirada. Se movía al ritmo de la cumbia rebajada, caderas ondulando como olas del Pacífico. Me armé de valor, pedí dos tequilas reposados en la barra y me acerqué. "Órale, guapa, ¿me das chance de invitarte esta copa o nomás andas de calentar el piso?" le dije, con esa labia que uso cuando quiero impresionar. Ella rio, una risa ronca que me erizó la piel, y tomó el vaso. "Si me convences, carnal. ¿Cómo te llamas?"

Charlamos toda la noche. Nora era de Guadalajara, pero vivía en la Roma, diseñadora de modas con un taller propio. Hablaba con esa jalada tapatía, llena de "ah güey" y "neta que sí", y cada vez que se inclinaba, veía el escote profundo, el color de su piel contra el rojo del vestido. Ese rojo... el color de la pasión, pensé, como si pintara fuego en mi mente. Tocó mi mano al contar una anécdota, sus uñas largas rozando mi piel, y sentí un chispazo directo a la verga. La tensión crecía, el aire cargado de humo de cigarros y sudor ajeno, pero entre nosotros, era puro calor.

Al final de la noche, salimos al balcón. La ciudad brillaba abajo, autos pitando lejanos, el olor a tacos de la calle subiendo. "Sabes, wey", me dijo acercándose, su aliento cálido con tequila en mi oreja, "me caes bien. ¿Vamos a mi depa? Vivo cerquita". No lo pensé dos veces. "¡Claro que sí, preciosa! Pero avísame si roncas, que yo soy de sueño pesado". Reímos y tomamos un taxi.

En su departamento, todo era arte mexicano: paredes con alebrijes, velas de cera de abeja encendidas que olían a miel y canela. Me sirvió mezcal en copitas de barro, y nos sentamos en el sofá de piel. Sus piernas rozaron las mías, el vestido subiendo un poco, mostrando muslos firmes. Hablamos de la vida, de pasiones reprimidas, de cómo el DF te come el alma si no le pones salsa.

Esta mujer me va a volver loco
, monologué interno, mientras su mano subía por mi muslo. La besé entonces, suave al principio, labios carnosos saboreando a sal y agave. Ella respondió con hambre, lengua danzando, manos enredándose en mi pelo.

La levanté en brazos, ella riendo "¡Ay, pendejo, qué fuerte estás!", y la llevé al cuarto. La cama king size con sábanas de algodón egipcio, luz de luna filtrándose por las cortinas. Le quité el vestido despacio, zipper bajando con sonido metálico, revelando lencería negra que contrastaba con su piel. Sus tetas perfectas, pezones duros como chocolate amargo. La besé el cuello, oliendo su sudor fresco, lamiendo la sal. "Te quiero tanto ya", gemí, y ella arqueó la espalda, "Muévete, carnal, hazme tuya".

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, mi verga dura pulsando contra su vientre suave. La toqué everywhere, dedos explorando su concha húmeda, resbalosa como miel de maguey. Ella jadeaba, "¡Sí, ahí, güey, no pares!", uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos que ardían delicioso. La tensión subía como volcán, Popocatépetl a punto de estallar. La puse de rodillas, ella chupando mi verga con maestría, lengua girando, saliva tibia goteando, ojos mirándome con fuego. El color de la pasión en sus labios hinchados, rojos como sangre viva.

La recosté, abrí sus piernas, lamí su clítoris hinchado, sabor a mar y deseo. Ella gritaba "¡Ay, Diosito, qué rico!", caderas moviéndose contra mi boca. Metí dos dedos, curvándolos, sintiendo sus paredes contraerse. Sudábamos, el cuarto olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas. "Fóllame ya, por favor", suplicó, voz ronca. La penetré lento, centímetro a centímetro, su concha apretada envolviéndome como guante caliente. Gemimos juntos, ritmo building, piel chocando con palmadas húmedas.

La volteé a cuatro patas, agarrando sus nalgas redondas, embistiéndola fuerte. "¡Más duro, cabrón!", pedía, pelo negro azotando su espalda. Sentía su calor interno, pulsos acelerados, corazones latiendo al unísono. Cambiamos posiciones, ella encima, cabalgándome como jinete en palenque, tetas rebotando, sudor goteando en mi pecho.

Esto es el paraíso, neta
, pensé, manos en sus caderas guiándola. La tensión psicológica explotaba: miedos de no ser suficiente, pero sus ojos decían eres todo.

De lado ahora, cucharita, mi mano en su clítoris frotando circles, ella girando la cabeza para besarme. "Me vengo, wey, me vengo", anunció, cuerpo temblando, concha ordeñándome la verga en espasmos. Yo resistí, queriendo prolongar, pero su "muerte" era épica: ojos en blanco, grito gutural, la muerte de Nora en éxtasis, cuerpo flácido un segundo, como si el placer la matara y resucitara. Eso me llevó al borde. "Ya, preciosa, agárrate", gruñí, corriéndome dentro, chorros calientes llenándola, piernas entrelazadas.

Quedamos jadeando, abrazados, piel pegajosa, olor a semen y jugos mezclados. Ella besó mi pecho, "Eres un animal, carnal. El color de la pasión muerte de Nora, eso eres tú para mí esta noche". Reí bajito, entendiendo: su entrega total, ese rojo pasión que nos unió. Hablamos susurros, planes vagos de vernos más, el DF eterno testigo. Durmió en mi brazo, respiración calmada, yo oliendo su pelo, saboreando el afterglow.

Al amanecer, café de olla en la cocina, ella en bata transparente, pezones marcando tela. "Vuelve pronto, pendejo", dijo guiñando. Salí a la calle soleada, cuerpo saciado, mente en llamas. Nora y su pasión roja me habían marcado para siempre.

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