Imágenes de Amor y Pasión para Mi Novio
Estaba sola en el depa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de la ventana, pintando todo de un naranja cálido que me hacía sentir como si el mundo entero ardiera solo para mí. Mi novio, Alejandro, andaba en su jale en el centro, manejando ese camión de repartos que lo tenía fuera todo el día. Lo extrañaba con un vacío en el pecho que solo se calmaba pensando en sus manos grandes, callosas, recorriéndome la piel. Neta, necesitaba algo para encenderlo, para que supiera que aquí lo esperaba yo, lista para todo.
Agarré mi cel y me metí al baño, el espejo empañado del vapor de la regadera que acababa de usar. Me quité la blusa despacio, sintiendo el aire fresco rozarme los pezones, que se pusieron duros al instante. Me gustaba verme así, con el pelo húmedo pegado a los hombros, la piel todavía tibia y olorosa a jabón de lavanda. Saqué unas imágenes de amor y pasión para mi novio, no cualquier foto chafa, sino unas que lo volvieran loco. Primero una de mis labios entreabiertos, con un beso imaginario para él; luego, bajando la cámara, mis tetas al aire, la curva de mi cintura y un guiño pícaro. El flash iluminó todo, y el clic del shutter sonó como un secreto compartido.
¿Y si se emociona tanto que deja el camión y viene volando? Ay, carnal, no mames, qué ganas de sentirte adentro.
Le mandé el primer pack por WhatsApp, con un mensajito: "Piensa en mí mientras repartes, mi amor". Mi corazón latía fuerte, el pulso acelerado en las sienes, mientras imaginaba su cara al verlas. El olor de mi piel se mezclaba con el perfume dulce que me eché en el cuello, y entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera, ese cosquilleo que me hacía apretar los muslos.
No pasaron ni diez minutos cuando vibró el cel. "¡Órale, preciosa! ¿Quieres que me vuele el camión o qué? Ya voy para allá, no me esperes". Reí bajito, un sonido ronco que me vibró en el estómago. Me puse un baby doll rojo que apenas cubría nada, de encaje que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. Caminé por la sala, el piso fresco bajo mis pies descalzos, el aire cargado de anticipación. Oí el motor del camión estacionándose abajo, el portazo de la puerta, sus botas subiendo las escaleras de dos en dos.
Abrió la puerta con esa llave que le di, y ahí estaba él, alto, moreno, con la camisa de trabajo sudada pegada al pecho musculoso, el olor a hombre trabajado invadiendo el espacio. Sus ojos se clavaron en mí como si fuera la única cosa en el universo. "Mira nomás qué morenita tan rica", murmuró, su voz grave como un ronroneo. Se acercó despacio, y yo retrocedí juguetona hasta la recámara, sintiendo su mirada quemándome la espalda.
En la cama, con las sábanas revueltas de la mañana, nos paramos frente a frente. Sus manos me tomaron la cintura, ásperas contra la suavidad del encaje, y me jaló contra él. Sentí su verga dura presionando mi vientre, ese bulto prometedor que me hacía salivar. "Esas imágenes me trajeron corriendo, pendejo yo por no haberte comido antes", dijo, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a café y a él mismo. Gemí contra sus labios, el sabor salado mezclándose con mi saliva dulce.
Me tumbó suave pero firme, sus dedos desatando el lazo del baby doll. El encaje se abrió como una flor, exponiendo mis tetas, y él las miró con devoción, como si fueran un tesoro. Bajó la cabeza, lamió un pezón lento, el calor de su boca haciendo que se me arqueara la espalda. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras sus dientes me rozaban juguetones, un pinchazo placentero que bajaba directo a mi clítoris. El cuarto olía a nosotros ya, a sudor fresco y a deseo crudo.
No pares, mi rey, hazme tuya como solo tú sabes.
Sus manos bajaron, explorando mi panza, mis caderas, hasta meterse entre mis piernas. Estaba empapada, el tanga hecho un desastre. "Estás chorreando por mí, ¿verdad, mi vida?", ronroneó, y metió dos dedos despacio, curvándolos adentro. Jadeé, el sonido escapando como un grito ahogado, mis paredes apretándolo, el jugo resbalando por su mano. Movía los dedos en círculos, rozando ese punto que me volvía loca, mientras su pulgar jugaba con mi clítoris hinchado. El placer subía en olas, mi respiración entrecortada, el corazón retumbando en los oídos.
Quería corresponder, lo empujé para abajo y le desabroché el cinturón, el cuero crujiendo. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, sintiendo el calor palpitante, la piel suave sobre el acero debajo. La chupé despacio primero, saboreando el salado almizclado, mi lengua rodeando la punta mientras él gruñía, sus caderas moviéndose involuntarias. "¡Ay, wey, qué boca tan cabrona!", exclamó, enredando los dedos en mi pelo.
La tensión crecía, el aire espeso con nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo nosotros. Me subí encima, frotándome contra él, mi humedad lubricando todo. "Te quiero adentro, ahora", le supliqué, y él me guió, su verga abriéndose paso en mí centímetro a centímetro. Pinche delicia, estirándome perfecta, llenándome hasta el fondo. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, el roce de su pubis contra mi clítoris, sus bolas golpeando mi culo.
Aceleramos, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando todo, sus gemidos roncos mezclándose con mis chillidos agudos. "Más fuerte, carnal, rómpeme", le pedí, y él volteó las posiciones, poniéndome a cuatro patas. Me embistió profundo, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras, el sudor goteando de su pecho a mi espalda. Sentía el orgasmo construyéndose, una espiral apretada en mi vientre, mis músculos temblando.
"Ven conmigo, mi amor", gruñó, y eso me empujó al borde. Exploté, un grito largo saliendo de mi garganta, mi coño convulsionando alrededor de él, ordeñándolo. Él se vino segundos después, caliente, profundo, llenándome con chorros que me hicieron estremecer de nuevo. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante, su verga todavía latiendo adentro.
Después, en la quietud, nos quedamos abrazados, el ventilador zumbando perezoso arriba, el olor a sexo y a nosotros calmándose en el aire. Me besó la frente, suave. "Esas imágenes de amor y pasión para mi novio fueron lo mejor que me has mandado, preciosa. Eres mi todo". Sonreí contra su pecho, escuchando su corazón volver a la normalidad, el mío latiendo al mismo ritmo. En ese momento, supe que esto era amor de verdad, pasión que no se apaga, solo crece.