Canciones Para Echar Pasion
La noche en el DF se sentía cargada de promesas, con ese calor pegajoso que se colaba por las ventanas abiertas del departamento en Polanco. Yo, Ana, acababa de salir de la regadera, envuelta en una toalla suave que olía a lavanda fresca. Mi piel aún brillaba con gotitas de agua, y el espejo empañado reflejaba mi silueta curvilínea, lista para lo que viniera. Hacía semanas que no veía a Marco, mi carnal del alma, ese wey que me ponía la piel chinita con solo una mirada. Él llegaba esa noche, y yo ya sentía el cosquilleo en el estómago, esa calentura que no se apaga con nada.
El sonido de la llave en la chapa me sacó de mis pensamientos. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Órale, nena, ¿ya estás lista pa' la fiesta?
dijo con voz ronca, dejando una bolsa en la mesa. Olía a colonia cara mezclada con el humo de la ciudad, un aroma que me hacía cerrar los ojos y imaginar sus manos en mí.
Me acerqué, dejando caer la toalla despacio, solo para ver cómo sus ojos se clavaban en mis tetas firmes y mi cintura de reloj de arena. ¿Qué traes ahí?
pregunté, rozando su brazo con los dedos. Sacó su teléfono y lo conectó al bocina Bluetooth. Canciones para echar pasión, mi reina. Las armé pensando en ti, pa' que esta noche sea inolvidable.
Su voz era un susurro caliente contra mi oreja, y sentí su aliento cálido en mi cuello, erizándome la piel.
La primera rola empezó: un corrido romántico de José Alfredo Jiménez, pero remixado con beats sensuales que aceleraban el pulso. El ambiente se cargó al instante. Bailamos pegaditos en la sala, su cuerpo duro contra el mío suave. Sentía su verga endureciéndose contra mi vientre, y yo me apretaba más, dejando que mis caderas rodaran al ritmo. Qué chido se siente esto, pensé, mientras su mano bajaba por mi espalda, acariciando el inicio de mis nalgas redondas.
Quiero devorarlo ya, pero no, hay que saborear el momento, dejar que la tensión crezca hasta que explote.
La segunda canción fue La Llorona en versión lenta y erótica, con guitarra que gemía como yo quería gemir. Marco me levantó en brazos y me llevó al sillón de piel, donde me sentó a horcajadas sobre él. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila que él traía en la boca. Mordí su labio inferior, suave pero firme, y él gruñó bajito, un sonido que vibró en mi pecho. Eres una diosa, Ana, me traes loco
, murmuró, mientras sus dedos exploraban mis muslos, subiendo despacio hasta rozar mi conchita ya húmeda.
El calor entre mis piernas era intenso, un fuego líquido que se extendía por todo mi cuerpo. Lo empujé suave para levantarme y lo jalé hacia la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frías al tacto. Encendí velas de vainilla, y el aroma dulce invadió el aire, mezclándose con nuestro sudor incipiente. La playlist seguía: ahora sonaba Bésame Mucho con un twist jazzero, la voz de Consuelo Velázquez envolviéndonos como una caricia.
En la cama, nos desvestimos mutuamente con calma tortuosa. Le quité la playera, besando cada centímetro de su torso moreno, lamiendo el salado de su piel. Él chupó mis pezones rosados, endureciéndolos con su lengua experta, y yo arqueé la espalda, gimiendo ¡Ay, wey, qué rico!
Sus manos masajeaban mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona, mientras yo bajaba la mano a su entrepierna. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. La acaricie despacio, sintiendo el calor y la dureza, el pre-semen lubricando mi roce.
No mames, qué prieta la tiene, va a sentirme hasta el fondo, pensé, mientras él me volteaba boca abajo y besaba mi espalda, bajando hasta morder suave mis cachetes. Su lengua encontró mi ano, lamiéndolo en círculos que me hicieron jadear, y luego bajó a mi clítoris hinchado, chupándolo con devoción. El placer era eléctrico, oleadas que me tensaban los músculos, el olor almizclado de mi excitación llenando la habitación. ¡Marco, no pares, cabrón!
grité, clavando las uñas en las sábanas.
La tensión subía con cada rola. El Rey ahora, cantada con pasión cruda, mientras él se ponía un condón –siempre cuidadosos, siempre consensuados– y me penetraba despacio desde atrás. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome por completo. ¿Te gusta, nena? ¿Quieres más?
preguntó, y yo asentí frenética, empujando contra él. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el sonido rítmico mezclándose con la música y nuestros gemidos. Sudábamos, piel resbalosa, corría el sudor por mi espina dorsal hasta donde sus bolas golpeaban mi clítoris.
Cambié de posición, montándolo como amazona, cabalgando con furia. Mis tetas rebotaban, y él las atrapaba, pellizcando los pezones. Miraba sus ojos negros, llenos de deseo puro, y sentía el poder en mis caderas, controlando el ritmo. Soy dueña de esto, de él, de esta pasión que nos consume. La canción cambió a Cielito Lindo sensualizado, y aceleramos, persiguiendo el clímax. Su mano en mi clítoris, frotando en círculos, y yo exploté primero: un orgasmo que me sacudió entera, contracciones fuertes alrededor de su verga, gritando ¡Sí, sí, mi amor!
El jugo corría por mis muslos, cálido y pegajoso.
Él se vino segundos después, gruñendo como animal, su cuerpo tenso bajo el mío, pulsos profundos que sentía en mis entrañas. Nos quedamos así, unidos, jadeantes, mientras la playlist bajaba el volumen a baladas suaves. El aire olía a sexo, a vainilla quemada, a nosotros.
Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. Marco me besaba la frente, suave, tierno. Esa lista de canciones para echar pasión fue lo mejor que hice, ¿verdad?
dijo riendo bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo. Chido total, pero lo mejor fuiste tú, wey. Me haces sentir viva, deseada, poderosa.
La ciudad zumbaba afuera, luces neón parpadeando por la ventana, pero adentro solo existíamos nosotros. Pensé en cómo esas rolas mexicanas, llenas de alma y fuego, habían tejido nuestra noche. No era solo sexo; era conexión, pasión echada a raudales, el tipo de amor que te marca el alma. Me dormí en sus brazos, con el eco de la última canción en la cabeza, sabiendo que al día siguiente querríamos más.
Pero esa noche, en ese momento, era perfecta. El pulso se calmaba, los cuerpos relajados, y un suspiro de satisfacción escapaba de mis labios. Qué chingón es amar así.