Como Preparar una Noche de Pasion para Mi Esposo
Todo empezó con esa idea loca que me rondaba la cabeza desde la mañana. Mi carnal, mi esposo Javier, había tenido una semana de pinche estrés en el trabajo, llegando hecho un trapo cada noche. Yo, Ana, su mujer de veintiocho años, con curvas que él adora y un fuego que solo él sabe avivar, decidí que era hora de darle una sorpresa. Como preparar una noche de pasion para mi esposo, pensé mientras revisaba mi libreta de ideas picantes. No cualquier noche, sino una que lo dejara con la verga tiesa por días recordándola.
Me levanté temprano, el sol filtrándose por las cortinas de nuestra casita en la colonia Roma de la CDMX, con ese olor a café de olla que preparé en la estufa de gas. Primero, al mercado. Compré velas de vainilla y jazmín, esas que huelen a pecado puro, flores rojas vibrantes que contrastaban con mi piel morena, y una botella de tequila reposado, el favorito de Javi, con limones frescos y sal de gusano. En la carnicería, pedí cortes jugosos para unos tacos al pastor que le chiflan, pero eso sería después. Lo importante era el ambiente: sábanas de satén negro que compré en secreto, lencería roja de encaje que me hacía sentir como una diosa prehispánica lista para el sacrificio voluntario.
Volví a casa sudando un poco por el calor de la tarde, el tráfico de Insurgentes zumbando afuera. Me metí a la regadera, el agua caliente cayendo como lluvia tropical sobre mis tetas firmes y mi culo redondo. Me enjaboné despacio, imaginando las manos callosas de Javi recorriéndome.
¡Ay, wey, esta noche te voy a volver loco!me dije en el espejo empañado, pintándome los labios de rojo fuego y soltando el cabello negro hasta la cintura. Vestí una bata de seda que apenas tapaba nada, y empecé a preparar.
Esparcí las velas por la recámara, el aroma dulce invadiendo el aire como un hechizo. Puse música suave, un bolero ranchero de Pedro Infante que nos gustaba, bajito para no delatarme. La mesa del comedor la armé con los tacos calientitos, guacamole cremoso que olía a cilantro fresco, y el tequila helado. Miré el reloj: las siete. Javi llegaría en media hora. Mi corazón latía fuerte, un tamborazo en el pecho, y entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera. Calma, Ana, que la pasion se cocina a fuego lento, me regañé, pero mis pezones se endurecían contra la seda.
La puerta se abrió y ahí estaba él, mi pendejo guapo de treinta años, con su camisa de trabajo desabotonada mostrando el pecho velludo que tanto me gusta lamer. Olía a sudor masculino mezclado con colonia barata, ese aroma que me pone cardíaca. "¡Hola, mi reina!" gritó desde la entrada, tirando las llaves. Yo salí despacio, la bata entreabierta dejando ver un destello de mis chichis.
"¡Bienvenido, amor! Hoy te preparé algo especial", le dije con voz ronca, acercándome a besarlo. Sus labios ásperos contra los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a chicle de menta. Lo abracé fuerte, sintiendo su verga semi-dura contra mi vientre. "¿Qué es todo esto, nena? ¿Velas? ¿Tacos? ¡Estás cañona!" rio él, sus manos bajando a mi culo, amasándolo como masa de tamal.
Lo senté a la mesa, sirviéndole un trago de tequila. El líquido ámbar brillaba bajo la luz tenue, y el limón chispeaba en su boca al morderlo. Comimos despacio, sus ojos devorándome más que la comida. "Cuéntame tu día, mi chulo", le pedí, mi pie descalzo subiendo por su pierna bajo la mesa, rozando su paquete que ya se hinchaba. Él gemía bajito, contándome pendejadas del jefe mientras yo lo provocaba, el calor entre mis muslos creciendo como lava del Popo.
Después de la cena, lo tomé de la mano y lo llevé a la recámara. Las velas parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes color crema. "Esta noche es tuya, Javier. Como preparar una noche de pasion para mi esposo... así de simple", susurré, quitándole la camisa. Su piel bronceada, músculos tensos por el gimnasio, olía a hombre puro. Besé su cuello, saboreando la sal de su sudor, bajando por su pecho hasta el ombligo. Él jadeaba, "Ana, me vas a matar, cabrona".
Lo empujé a la cama, las sábanas frías contra su espalda caliente. Me quité la bata despacio, revelando la lencería que lo dejó con la boca abierta. "¡Virgen de Guadalupe, qué mamacita!" exclamó, su verga saltando contra los pantalones. Me subí encima, frotándome contra él, el encaje húmedo rozando su dureza. Mis manos en su pecho, uñas arañando suave, mientras lo besaba profundo, lenguas enredadas como serpientes de Teotihuacán.
La tension subía como el volcán en erupción. Le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, con ese prepucio que me encanta pelar. La tomé en la mano, sintiendo su pulso latiendo como mi clítoris hinchado. "Te la chupo hasta que ruegues, mi rey", le dije, bajando la boca. El sabor salado, almizclado, llenó mi lengua mientras la mamaba despacio, succionando la cabeza, lamiendo las bolas pesadas. Él gruñía, "¡Sí, así, mi puta rica! No pares", sus caderas embistiéndome la cara.
Pero no quería que acabara aún. Me incorporé, quitándome el brasier, mis tetas rebotando libres. Él las devoró, chupando pezones duros como piedras de obsidiana, mordisqueando hasta que grité de placer. Deslicé las bragas, mi panocha depilada brillando de jugos, oliendo a deseo puro. Me senté en su cara, "Come de tu cena, amor". Su lengua experta lamió mi clítoris, metiéndose en mi concha chorreante, el sonido chapoteante mezclándose con mis gemidos. ¡Pinche dios, qué rico! Cada lamida era fuego, mis jugos corriéndole por la barba.
La intensidad crecía, mi cuerpo temblando. Lo volteé en 69, mamándolo mientras él me comía, nuestros cuerpos sudados pegándose, el aire cargado de olor a sexo y vainilla. "Ya quiero tu verga adentro, Javi", rogué, mi voz quebrada. Él me puso boca arriba, abriéndome las piernas anchas. La cabeza de su verga rozó mi entrada, lubricada al mil. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón, qué llena me sientes! Gemí cuando bottomó, sus bolas contra mi culo.
Embestidas lentas al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes. El colchón crujía, piel contra piel en palmadas húmedas. Aceleró, mis uñas en su espalda, "Más fuerte, rómpeme, pendejo!". Sudor goteando de su frente a mis tetas, el tequila aún en su aliento mezclándose con el mío. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en charrería, mis caderas girando, su verga golpeando mi G-spot. Él amasaba mi culo, un dedo rozando mi ano, prometiendo más.
El clímax se acercaba como tormenta de verano. "Me vengo, Ana, ¡joder!" rugió, y yo exploté primero, mi concha contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando sus bolas. Él se vació dentro, semen espeso llenándome, pulsos interminables. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante, el corazón tronando al unísono.
En el afterglow, nos quedamos abrazados, velas apagándose solas. Su mano acariciaba mi cabello, "La mejor noche de mi vida, mi amor. Gracias por prepararla". Yo sonreí, besando su hombro. Como preparar una noche de pasion para mi esposo: con amor, picardía y entrega total. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestra cama, el mundo era perfecto. Mañana sería otro día, pero esta pasión nos uniría para siempre.