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El Fruto de la Pasión (1)

6732 palabras

El Fruto de la Pasión

El sol de Oaxaca caía a plomo sobre el mercado de Tlacolula, tiñendo de oro las pilas de frutas apiladas en los puestos. El aire estaba cargado de aromas dulces y terrosos: mangos maduros, piñas jugosas y ese perfume ácido que tanto me volvía loca, el del fruto de la pasión. Yo, Ana, con mi falda ligera ondeando al viento caliente, me abrí paso entre la gente, sintiendo el roce de las telas contra mi piel sudada. Llevaba semanas sintiéndome inquieta, como si mi cuerpo pidiera a gritos algo más que el tedio de mi rutina en la ciudad.

Allí estaba él, detrás de un puesto rebosante de maracuyás morados, con la camisa remangada dejando ver unos brazos fuertes y bronceados. Se llamaba Javier, lo supe porque su carnal gritó su nombre desde el otro lado del pasillo. Sus ojos negros me atraparon de inmediato, con esa mirada pícara que dice "neta, te comería con los ojos". Me acerqué, fingiendo interés en las frutas, pero mi pulso ya latía más rápido.

Órale, güerita, ¿qué se te antoja? —me dijo con esa voz grave, como un ronroneo que me erizó la nuca.

Tomé un fruto de la pasión en la mano, su piel arrugada bajo mis dedos, y lo apreté un poquito. El jugo se filtró, dulce y pegajoso.

¿Por qué carajos me siento así? Como si este pinche maracuyá fuera el preludio de algo prohibido y delicioso.
Le sonreí, ladeando la cabeza.

—Dame el más maduro, el que explote en la boca —respondí, y vi cómo sus pupilas se dilataban. Charlamos un rato, de la tierra fértil de la región, de cómo el sol hace que todo crezca jugoso y deseoso. Me invitó a probar uno fresco, partiéndolo con sus manos callosas. El sabor ácido me invadió la lengua, mezclado con su mirada que no se apartaba de mis labios.

Al rato, sin pensarlo dos veces, le propuse ir a mi casa cercana, una casita con patio lleno de buganvillas. Él aceptó con una sonrisa que prometía travesuras. Caminamos juntos, el calor pegándonos a la piel, el bullicio del mercado quedando atrás como un eco lejano.

En el patio, bajo la sombra de un mezquite, saqué una botella de mezcal y más frutos de la pasión. Nos sentamos en las sillas de madera, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, aflojándome las inhibiciones. Hablamos de todo: de amores pasados que no cuajaron, de esa hambre que a veces el cuerpo no sacia con comida. Sus dedos rozaron mi mano al pasarme un maracuyá, y una corriente eléctrica me recorrió el brazo.

Me traes loco, Ana —murmuró, su aliento cálido contra mi oreja—. Eres como este fruto, por fuera fuerte, pero adentro puro fuego.

Mi corazón tronaba como tambores en una fiesta.

¿Y si lo beso ya? ¿Y si dejo que sus manos exploren lo que tanto tiempo he guardado?
Lo miré fijo, y sin palabras, acerqué mis labios a los suyos. Fue un beso lento al principio, saboreando el mezcal y el maracuyá en su boca, sus lenguas danzando con un hambre contenida. Sus manos subieron por mi espalda, desatando el lazo de mi blusa, y yo respondí arqueándome contra él, sintiendo su dureza presionando mi vientre.

La tensión crecía como una tormenta de verano. Lo llevé adentro, a mi cuarto con las cortinas corridas que filtraban la luz en tonos ámbar. Nos desvestimos mutuamente, riendo bajito cuando tropezamos con la ropa tirada. Su piel olía a tierra y sol, a hombre de campo que trabaja con las manos. Yo tracé sus músculos con las yemas de los dedos, sintiendo el vello áspero bajo mi palma, el latido acelerado de su pecho.

Qué chingona eres —susurró mientras besaba mi cuello, bajando por mis pechos. Sus labios capturaron un pezón, succionando con una delicadeza que me hizo gemir. El sonido de mi propia voz me sorprendió, ronca y needy. Mis uñas se clavaron en su espalda, marcándolo como mío por ese instante. Bajó más, lamiendo mi ombligo, hasta llegar al centro de mi deseo. Sentí su aliento caliente allí, y cuando su lengua tocó mi clítoris, exploté en un jadeo.

El placer era como el jugo del fruto de la pasión: ácido, dulce, abrumador. Me abrió las piernas con gentileza, probándome como si fuera el manjar más exquisito. Chupaba, lamía, mordisqueaba, y yo me retorcía en las sábanas, el sudor perlando mi piel, el aroma de nuestra excitación llenando la habitación.

Esto es lo que necesitaba, neta, este hombre me está volviendo loca de placer.

Lo jalé hacia arriba, queriendo sentirlo dentro. Nuestros ojos se cruzaron, pidiendo permiso sin palabras. —Sí, Javier, ya —le rogué, y él se hundió en mí con un gruñido gutural. Lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. El roce era eléctrico, sus caderas chocando contra las mías en un ritmo que aceleraba como el corazón en una carrera. El sonido de piel contra piel, húmeda y urgente, se mezclaba con nuestros gemidos. Olía a sexo puro, a sudor salado y pasión desatada.

La intensidad subió. Yo lo monté, cabalgándolo con furia, mis pechos rebotando, sus manos apretando mis nalgas. "¡Más duro, pendejo!" le grité entre risas y jadeos, y él obedeció, embistiéndome desde abajo como un toro en celo. Sentía su polla gruesa palpitando dentro, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. El clímax se acercaba, una ola gigante formándose en mi vientre.

Vente conmigo, Ana —gruñó, y explotamos juntos. Mi cuerpo se convulsionó, contrayéndose alrededor de él en espasmos interminables, un grito ahogado saliendo de mi garganta. Él se derramó dentro, caliente y abundante, su rostro contorsionado en éxtasis. Nos quedamos así, unidos, respirando agitados, el mundo reducido a ese instante.

Después, en el afterglow, nos recostamos envueltos en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, mi mano jugando con su cabello húmedo. Compartimos otro fruto de la pasión, chupando la pulpa directamente de la cáscara, riendo por lo pegajoso que era. El sol se ponía, tiñendo el cuarto de rojos y naranjas, y el aire se enfriaba con la brisa del atardecer.

Esto fue chido, ¿verdad? —dijo él, trazando círculos en mi piel.

Más que chido, carnal. Como morder el fruto perfecto —respondí, besándolo suave.

Nos despedimos con promesas de volvernos a ver, pero en mi mente, ese día quedó grabado como el sabor inolvidable del fruto de la pasión: intenso, efímero, pero eternamente adictivo. Caminé de regreso al mercado al día siguiente, oliendo aún a él, sabiendo que la vida en Oaxaca acababa de volverse mucho más jugosa.

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