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La Pasion del Poder

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La Pasion del Poder

En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, entré al penthouse de Diego con el corazón latiéndome a mil. Él era el rey del mundo corporativo, un magnate que controlaba imperios con una sola mirada. Yo, Ana, una ejecutiva en ascenso en su empresa, había escalado peldaños gracias a mi inteligencia y mi fuego interior. Esa noche, en la gala de la empresa, sus ojos se clavaron en mí como un imán. "Ven a mi oficina mañana", me dijo con esa voz grave que erizaba mi piel. Pero no fue mañana. Fue esa misma noche.

El elevador privado subía en silencio, solo el zumbido suave y mi respiración agitada. Olía a su colonia, madera y especias, que ya me había impregnado en la fiesta. Cuando las puertas se abrieron, ahí estaba él, en camisa blanca arremangada, pantalón de traje impecable, sirviéndose un tequila en un vaso de cristal tallado.

¿Qué carajos estoy haciendo aquí? Esto es la pasion del poder, se me susurró en la mente, esa adrenalina que me moja las bragas solo de pensarlo.
"Pasa, mamacita", dijo con una sonrisa lobuna, extendiendo el vaso. Tomé un sorbo, el líquido ardiente bajando por mi garganta como una promesa.

Nos sentamos en el sofá de piel italiana, vistas panorámicas de la ciudad a nuestros pies. Hablamos de negocios al principio, de deals cerrados y rivales aplastados. Pero sus dedos rozaron mi rodilla, y el aire se cargó de electricidad. "Tú no eres como las demás, Ana. Tienes fuego. Quieres poder, ¿verdad?". Su mano subió por mi muslo, bajo el vestido rojo ceñido. Sentí el calor de su palma a través de las medias, mi piel temblando. "Sí, Diego. Pero no solo poder. Quiero sentirlo".

Me besó entonces, un beso que devoraba, su lengua invadiendo mi boca con la misma autoridad que usaba en las juntas. Sabía a tequila y deseo puro. Mis manos en su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Lo empujé un poco, juguetona. "No tan rápido, jefe. Aquí mando yo por un rato". Reí, y él gruñó, complacido. Era un juego, nuestro juego. Consensual, ardiente, donde el poder se intercambiaba como un baile.

Acto uno del deseo: exploración. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al dormitorio. La cama king size con sábanas de hilo egipcio, luces tenues que pintaban su piel de bronce. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El roce de sus labios en mi cuello, mi clavícula, el olor de mi perfume mezclado con el sudor incipiente. "Eres exquisita", murmuró, sus dientes rozando mi oreja. Yo desabotoné su camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el cinturón. Su verga ya dura presionaba contra el pantalón, y la liberé con un jadeo. Gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado como un tambor.

Pero no era solo físico. En mi cabeza, un torbellino: Este hombre podría destruirme con una palabra, pero me elige a mí. La pasion del poder es esto, rendirse para conquistar. Lo empujé a la cama, montándome encima. Mis tetas rozando su cara mientras lo besaba, mis caderas moliendo contra su polla. Él gemía, "Órale, carnal, qué chingona eres". Lamí su cuello, mordí su hombro, el sabor metálico de su piel en mi lengua.

El medio tiempo llegó con la escalada. Diego volteó las tornas, su fuerza masculina tomando control. Me ató las manos con su corbata de seda, suave pero firme, al cabecero. No era atadura violenta, era invitación. "Dime si quieres parar", susurró, y yo negué con la cabeza, arqueando la espalda. "Más, pendejo, dame todo". Sus dedos bajaron por mi cuerpo, arrancando las bragas con un tirón que me hizo gritar de placer. El aire fresco en mi concha expuesta, ya empapada, oliendo a sexo puro.

Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi clítoris antes de lamer. Lengua experta, chupando, succionando, metiendo dedos que curvaba justo ahí, en mi punto G. El sonido húmedo de mi jugo, mis gemidos rebotando en las paredes de cristal. "¡Ay, cabrón! ¡Sí, así!". Mi cuerpo convulsionaba, tetas botando, sudor perlando mi frente. Él subía, besando mi vientre, mordiendo pezones hasta que dolía rico. Su verga rozaba mi entrada, teasing, entrando solo la punta y saliendo. Tortura deliciosa.

La pasion del poder late aquí, en esta sumisión voluntaria, en este dominio compartido.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Lo miré a los ojos, verdes como el jade mexica. "Cógeme ya, Diego. Hazme tuya". Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente, placentero, su grosor pulsando dentro. Empezó lento, salidas y entradas profundas, mis paredes apretándolo. Sonidos de piel contra piel, plaf plaf, sudor goteando. Aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi culo. Yo gritaba, uñas en su espalda aunque atada, arqueándome para recibir más.

Cambiaba posiciones como un maestro: de lado, cucharita, su mano en mi garganta suave, control sin asfixia. Olor a sexo intenso, almizcle y sudor. Lo monté después, desatada, cabalgando como amazona. Mis caderas girando, su verga tocando lo más hondo. Él pellizcaba mis nalgas, "¡Qué rica verga te comes, mija!". Orgasmos múltiples: el mío primero, explotando en olas, chorros mojando las sábanas. Él resistía, gruñendo como león.

Clímax final: misionero, intenso, mirándonos. "Ven conmigo", jadeé. Su ritmo furioso, mi clítoris frotando su pubis. El mundo se redujo a eso: su peso sobre mí, penetraciones brutales pero amadas, gemidos sincronizados. Él se tensó, "Me vengo, puta deliciosa", y eyaculó dentro, chorros calientes inundándome. Yo seguí, milking su leche, cuerpos temblando en éxtasis compartido.

Afterglow: nos quedamos pegados, sudorosos, respiraciones calmándose. Besos suaves, caricias perezosas. El skyline de CDMX testigo mudo. "Eres increíble, Ana. No solo por esto, por todo". Yo sonreí, trazando su pecho.

La pasion del poder no termina en el orgasmo; es el lazo que nos une, el equilibrio encontrado.
Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, saboreando la victoria del deseo mutuo.

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