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Abismo de Pasión Final de Carmina

7464 palabras

Abismo de Pasión Final de Carmina

El sol del atardecer teñía de naranja las colinas de San Miguel de Allende, y yo, Carmina, sentía ese calor filtrándose por las ventanas abiertas de la hacienda que rentábamos para este fin de semana. Habían pasado meses desde que conocí a Rodrigo, ese macho de ojos negros y sonrisa pícara que me hacía temblar con solo una mirada. Éramos amantes prohibidos, casados con otros, pero aquí, en este rincón mágico de México, nada importaba más que el fuego que ardía entre nosotros. Esta sería la última vez, lo habíamos prometido. El abismo de pasión final de Carmina, me dije en un susurro mientras lo veía llegar por el camino empedrado, su camioneta levantando polvo fino que olía a tierra seca y jazmín silvestre.

Mi corazón latía como tambor de mariachi cuando abrió la puerta de roble tallado. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales duros, y unos jeans que abrazaban sus caderas fuertes. "¡Qué chingona te ves, nena!" dijo con esa voz ronca, típica de los regios que conozco, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Su aroma a colonia fresca y sudor limpio me invadió, y mis pezones se endurecieron bajo el vestido suelto de algodón que apenas cubría mis curvas generosas. Lo besé con hambre, saboreando el salado de sus labios, mientras sus manos grandes recorrían mi espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con esa posesión juguetona que me volvía loca.

¿Por qué tiene que ser el final? Este abismo de pasión me consume, pero no puedo seguir mintiendo a mi marido. Una última noche, Carmina, y lo dejas ir.

Lo arrastré al patio interior, donde la fuente gorgoteaba suave y las buganvillas trepaban por las paredes de adobe. Nos sentamos en el banco de piedra, aún caliente del sol, y él me sirvió un tequila reposado de la botella que traía. El líquido ámbar bajó ardiente por mi garganta, despertando un cosquilleo en mi vientre. "Rodrigo, esto es el abismo de pasión final de Carmina", le dije mirándolo a los ojos, mi voz temblorosa. Él sonrió, ese gesto lobuno que prometía placeres prohibidos. "Pues caigamos juntos, carnal". Sus dedos trazaron mi cuello, bajando al escote, y sentí mi piel erizarse como si mil plumas me rozaran.

La tensión crecía lenta, como el hervor de un mole en olla de barro. Me recostó sobre el banco, el mármol fresco contra mi espalda desnuda cuando él desató mi vestido con dientes juguetones. El aire nocturno traía olor a noche de provincia, mezclado con mi excitación que ya humedecía mis muslos. Sus besos bajaron por mi clavícula, lamiendo el sudor salado que perlaba mi piel. Gemí bajito, un "ay, güey" que escapó sin querer, mientras sus manos amasaban mis senos pesados, pellizcando los pezones hasta que dolieron de placer. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el chapoteo de la fuente, y yo arqueé la espalda, ofreciéndome como ofrenda a este dios pagano.

En el interior de la hacienda, bajo la luz ámbar de las velas de cera de abeja que olían a miel y canela, la cosa se puso más intensa. Rodrigo me cargó hasta la cama king size con sábanas de hilo egipcio que crujían suaves. Me tendí desnuda, mi piel morena brillando con aceite de coco que él untó con manos expertas. "Estás rica como tamal en fiesta", murmuró, y yo reí, nerviosa, mientras sus dedos exploraban mi ombligo, bajando en círculos lentos hacia el triángulo oscuro de mi pubis. Sentí mi clítoris hincharse, palpitante, bajo su roce. El olor almizclado de mi arousal llenaba la habitación, embriagador como pulque fresco.

¡Dios mío, este hombre sabe cómo volverme loca! Cada caricia es un paso más profundo al abismo, pero no quiero parar.

Me abrió las piernas con gentileza, sus ojos devorándome como si fuera el último banquete. Su lengua caliente lamió mis labios mayores, saboreando mi néctar salado-dulce, y yo grité un "¡órale, cabrón!" que retumbó en las vigas de madera. Chupaba con maestría, succionando mi botón de placer mientras dos dedos gruesos se hundían en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mis caderas se movían solas, restregándome contra su boca barbuda que raspaba delicioso. El sonido húmedo de su festín era obsceno, erótico, y mis uñas se clavaron en sus hombros anchos, dejando marcas rojas como estigmas de pasión.

Pero Rodrigo no era de los que se apuran. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo hasta la curva de mis nalgas. "Levanta ese culazo, reina", ordenó juguetón, y yo obedecí, empinándome como gata en celo. Su verga, dura como palo de escoba, rozó mi entrada, untándose en mis jugos. La sentí palpitar contra mí, gruesa y venosa, y el anticipio me hizo jadear. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. El placer-dolor me arrancó un gemido gutural, y él se detuvo, sus manos en mis caderas. "¿Todo chido, mi amor?" Asentí, empujando hacia atrás. "¡Dame todo, pendejo!"

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un trueno en mi interior. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros jadeos. Sudábamos como en sauna de temazcal, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, y yo me perdí en el ritmo, mis tetas bamboleándose, mis pezones rozando las sábanas ásperas. "¡Más fuerte, Rodrigo, hazme tuya!" suplicaba, y él gruñía, "Eres mi reina, Carmina, mi abismo eterno". La tensión subía como volcán, mis músculos internos apretándolo, ordeñándolo.

Esto es el final, lo sé, pero qué forma de despedirnos. Cada empujón me lleva más hondo al abismo de pasión final de Carmina.

Cambié de posición, montándolo como amazona en rodeo. Sus ojos se clavaron en mis senos rebotando, y él los atrapó con manos hambrientas, chupando un pezón mientras yo cabalgaba furiosa. Mi clítoris frotaba su pubis peludo, chispas de éxtasis recorriéndome la espina. Sentía su verga crecer dentro, latiendo, y supe que estaba cerca. "¡Ven conmigo, carnal!" grité, y el orgasmo me golpeó como ola en Acapulco. Mi coño se contrajo en espasmos, chorros de placer empapándonos, y él rugió, llenándome con chorros calientes que quemaban delicioso. Colapsamos, piel pegajosa contra piel, pulsos galopantes sincronizados.

Después, en la quietud, nos bañamos en la tina de porcelana, el agua humeante oliendo a lavanda mexicana. Sus manos me enjabonaban con ternura, trazando remolinos en mi vientre suave. "Te voy a extrañar, Carmina", confesó, y yo lo besé, lágrimas mezclándose con el agua. "Yo también, pero esto fue perfecto. El abismo de pasión final de Carmina quedará grabado en mí para siempre". Salimos envueltos en toallas mullidas, y nos acostamos bajo las estrellas que brillaban por la ventana abierta. El viento nocturno traía aroma a pino y tierra mojada, y en sus brazos fuertes, sentí paz.

Al amanecer, nos despedimos con un beso largo, sabroso como chocolate con chile. Él se fue en su camioneta, levantando polvo una vez más, y yo me quedé en la hacienda, tocándome el corazón acelerado. Había caído al abismo, pero salí renovada, empoderada por esta pasión que me recordaba quién era: una mujer libre, sensual, dueña de su fuego. México, con sus pasiones eternas, me había dado este regalo final.

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