Cronologia De La Pasion De Cristo
Estaba en la biblioteca de la uni, rodeada de libros polvorientos y el olor a papel viejo que me ponía la piel chinita. Yo, Ana, estudiante de historia religiosa, devanándome los sesos con la cronologia de la pasion de cristo. Las fechas, los eventos, el sufrimiento de ese hombre que había marcado la historia. Pero ese día, no era solo teoría lo que me tenía inquieta. Sentía un calorcillo entre las piernas cada vez que leía sobre la traición en el huerto, el beso de Judas que encendía todo.
De repente, una voz grave me sacó del trance. "¿Qué onda, carnala? ¿Te ayudo con eso de la pasión?" Levanté la vista y ahí estaba él: Cristo, un wey alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa pícara que me hizo mojarme al instante. Se llamaba Cristóbal, pero todos le decían Cristo por lo guapo y misterioso que se veía. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que dejaban poco a la imaginación.
Órale, ¿por qué me late tan cabrón este pendejo? pensé, mientras él se sentaba a mi lado, tan cerca que olía su colonia fresca mezclada con un toque de sudor masculino. Me explicó la cronología paso a paso: la última cena, el lavado de pies, el huerto de Getsemaní. Su voz ronca me erizaba la piel, y cada palabra parecía un roce en mi cuello.
"Mira, Ana, la pasión no era solo dolor, era entrega total, pasión en carne viva."Sus dedos rozaron los míos al pasar una página, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo directo al chochito.
Salimos de ahí con un café en la mano, caminando por las calles empedradas del centro, con el sol calentando nuestras nucas. Hablamos de todo: de cómo la cronología de la pasión de cristo me obsesionaba desde chava, de sus tatuajes que asomaban por la manga –una cruz estilizada que me daban ganas de lamer–. No mames, Ana, contrólate, pero qué rico se ve este morro. Me invitó a su depa, un lugar chido en la Condesa, con vista al parque y muebles de madera que olían a cedro. "Pasa, te muestro mi versión de la cronología", dijo guiñándome el ojo.
Adentro, el aire estaba cargado de jazmín del jardín vecino. Nos sentamos en el sofá, con una chela fría sudando en la mesa. Él sacó un libro ilustrado, páginas con grabados sensuales del vía crucis. "Aquí empieza la verdadera pasión, no la de los libros". Su mano se posó en mi muslo, suave al principio, como probando el terreno. Mi corazón latía como tambor en la última cena, traicionado por mi propio deseo. Lo miré, sus labios carnosos entreabiertos, y no pude más.
"Cristo, no seas pendejo, bésame ya."
Me jaló hacia él, su boca devorando la mía con hambre santa. Sabía a cerveza y a menta, su lengua explorando como en el huerto, buscando rendición. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave mientras gemía bajito. Qué chingón besas, wey. Bajó por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro húmedo que olía a mi perfume de vainilla. Desabotonó mi blusa con dedos hábiles, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus labios las capturaron, chupando el pezón derecho hasta ponérmelo duro como piedra, mientras su mano masajeaba la izquierda. Sentí su verga tiesa presionando contra mi pierna, gruesa y pulsante bajo el jeans.
Lo empujé al sofá, montándome encima como en el juicio, dominando el momento. Esta cronología la escribo yo ahora. Le quité la camisa, lamiendo su pecho tatuado, saboreando el salado de su piel sudada. Bajé al ombligo, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga saltó libre, venosa y roja, goteando precúm que lamí como hostia consagrada.
"Ana, qué rica boca tienes, no pares."La chupé despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta, el olor almizclado de su excitación llenándome las fosas nasales. Él gemía ronco, "¡Órale, carnala, así!", sus caderas empujando suave, respetando mi ritmo.
Me levantó como pluma, cargándome al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me tendió boca abajo, besando mi espalda desde las nalgas hasta las orejas. Esto es el azote, pero de placer. Sus manos separaron mis cachetes, lengua hurgando mi ano primero, luego bajando al chochito empapado. Lamía mi clítoris con maestría, sorbiendo mis jugos que sabían a miel salada. Metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar rozaba el esfínter. Grité, "¡No mames, Cristo, me vas a hacer venir ya!" Pero él paró, volteándome para mirarme a los ojos.
"Quiero la cronología completa, Ana. Consiénteme tú." Sonreí pícara, empoderada. Lo até flojo con mi bufanda a la cabecera, como coronación de espinas consentida. Monté su cara, restregando mi concha contra su boca barbuda. Él lamía voraz, nariz en mi clítoris, manos apretando mis nalgas. El sonido chapoteante de su lengua en mis pliegues me volvía loca, junto al aroma de sexo que impregnaba el cuarto. Bajé, posicionando su verga en mi entrada. Despacio, lo fui tragando centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. Qué madre, qué verga tan chida, perfecta para mi cronología.
Cabalgaba ritmada, tetas rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. Él empujaba desde abajo, pelotas golpeando mi culo con palmadas húmedas. Cambiamos: yo de rodillas, él atrás, como el camino al Calvario. Me embestía profundo, una mano en mi clítoris frotando círculos, la otra pellizcando pezones.
"¡Dame más, pendejo, rómpeme!"Gritos ahogados, camas crujiendo, pieles chocando en sinfonía carnal. Sentí el orgasmo subir como cruz pesada: contracciones en el vientre, jugos chorreando por sus bolas. Él gruñó, "Me vengo, Ana, adentro tuyo." Calor líquido me inundó, pulsos de semen pintando mi interior mientras yo explotaba, visión borrosa, cuerpo temblando en éxtasis.
Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su semen goteaba de mí, mezclándose con sudor en las sábanas. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante desacelerar. Esta es mi cronología de la pasión de cristo, no la de los libros, la nuestra, pura entrega. Besó mi frente,
"Eres mi redención, carnala."Afuera, la noche caía sobre la ciudad, luces parpadeando como estrellas testigos. Nos quedamos así, piel con piel, saboreando el afterglow, sabiendo que esta pasión apenas empezaba su verdadero vía crucis de placeres.