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Pasión de Gavilanes Capítulo 68 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 68 Fuego en la Sangre

La noche en mi departamento de la Condesa caía como un manto caliente, con ese bochorno típico del verano chilango que te hace sudar hasta el alma. Yo, Sofia, recostada en el sillón de cuero negro, con una blusa ligera que se pegaba a mi piel por el sudor, encendí la tele para ver mi telenovela favorita. Pasión de Gavilanes capítulo 68 estaba por empezar, y ya sentía esa cosquilla en el estómago, como si supiera que algo grande iba a pasar. El olor a jazmín de mi vela perfumada flotaba en el aire, mezclándose con el aroma de las enchiladas que había calentado para la cena.

La puerta se abrió de golpe y entró Marco, mi carnal carnal, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Traía el pelo revuelto por el viento de la calle, la camisa blanca abierta hasta el pecho mostrando esos músculos que tanto me gustaban, y en la mano una botella de tequila reposado. ¡Órale, nena! gritó, dejando las llaves en la mesa. Justo a tiempo para el capítulo sesenta y ocho de Pasión de Gavilanes, le dije yo, guiñándole el ojo mientras me incorporaba. Él se rio, ese sonido grave que me erizaba la piel, y se acercó a servirme un trago.

Nos sentamos pegaditos, hombro con hombro, el calor de su cuerpo invadiendo el mío. La pantalla cobró vida con la música dramática de la novela, los hermanos Reyes en plena bronca, pero mis ojos no estaban solo en la tele. Sentía el roce de su muslo contra el mío, el leve aroma a su colonia mezclada con sudor fresco, como a hombre de verdad. En la novela, justo en Pasión de Gavilanes capítulo 68, una de las hermanas Elizondo se lanzaba a los brazos de su galán en una escena de beso robado bajo la lluvia.

¡Ay, qué pasión tan cabrona!
murmuré, y Marco me miró de reojo, con esa chispa en los ojos.

¿Te prende esa morra? me preguntó juguetón, pasando el brazo por mis hombros. Yo negué con la cabeza, pero mi mano ya se deslizaba por su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la piel cálida. No, tú me prendes a mí, pendejo, le contesté bajito, y él soltó una carcajada que vibró en mi cuerpo. El beso en la tele se ponía intenso, lenguas enredadas, gemidos ahogados por el agua cayendo. Yo sentía mi respiración agitarse, un calor subiendo desde mi vientre, humedeciendo mis panties de encaje.

Marco giró la cabeza y me besó el cuello, suave al principio, como un roce de pluma. Su aliento caliente me hizo arquear la espalda. Qué rico hueles, Sofi, susurró contra mi oreja, mordisqueando el lóbulo. El sonido de la novela era puro fondo ahora, los diálogos dramáticos mezclándose con mi suspiro. Sus labios bajaron por mi clavícula, lamiendo el sudor salado, mientras su mano grande subía por mi muslo, apretando la carne suave. Yo cerré los ojos, oliendo su pelo, ese olor a limpio y a deseo puro.

Lo empujé contra el sillón, montándome a horcajadas sobre él. Nuestras bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en la telenovela pero mil veces más real. Sabía a tequila y a menta, su barba raspando mi barbilla en deliciosa aspereza. Te quiero ya, cabrón, gemí contra su boca, frotándome contra la dureza que crecía en sus jeans. Él gruñó, manos en mi culo, amasándolo con fuerza posesiva pero tierna, como si yo fuera su mundo.

Me quité la blusa de un tirón, dejando mis tetas libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. ¡Qué chingonas estás! exclamó, y succionó uno con avidez, lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para que un rayo de placer me recorriera la espina. Yo eché la cabeza atrás, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes. El aire olía a nuestra excitación, ese almizcle dulce que se levanta cuando los cuerpos piden guerra.

Marco me levantó en brazos como si no pesara nada, camino al cuarto con pasos firmes. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras en su espalda ancha. Me tiró en la cama king size, el colchón hundiéndose suave bajo nosotros. Se desvistió lento, provocador, quitándose la camisa para mostrar ese six pack que tanto me gustaba lamer. Sus jeans cayeron, y ahí estaba su verga tiesa, palpitante, goteando ya de anticipación. Yo me mordí el labio, extendiendo la mano para acariciar esa piel aterciopelada sobre acero.

En mi mente, revivía la escena de Pasión de Gavilanes capítulo 68, pero éramos nosotros los protagonistas, sin guion, solo instinto puro.
Lo jalé hacia mí, guiándolo entre mis piernas abiertas. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando hasta mi monte de Venus. Déjame probarte, mi reina, murmuró, y su lengua se hundió en mi panocha empapada. ¡Dios! El roce húmedo, chupando mi clítoris hinchado, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemía sin control, uñas clavadas en su pelo, caderas moviéndose al ritmo de su boca voraz. Sabía a sal y miel, mi néctar cubriéndole la cara.

La tensión crecía como una tormenta, mi cuerpo temblando al borde. ¡No pares, amor, qué rico! suplicaba, y él aceleraba, lengua rápida, dedos bombeando. El orgasmo me golpeó como un tren, olas de placer convulsionándome, chillidos escapando de mi garganta. Él no paró hasta que quedé laxa, jadeante, piel brillante de sudor.

Pero no era el fin. Marco subió, besándome con mi propio sabor en sus labios. Ahora te voy a follar como mereces, prometió, y yo asentí, piernas envolviéndolo. Su verga entró despacio, estirándome delicioso, pulgada a pulgada hasta llenarme por completo. Sentí cada vena, cada latido, el roce perfecto contra mis paredes sensibles. Empezó a moverse, lento al principio, mirándome a los ojos con ese amor feroz.

Yo clavaba las uñas en su espalda, arañando suave, dejando marcas rojas que mañana recordaría. El slap slap de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con nuestros gemidos roncos. Más duro, pendejito, dame todo, lo reté, y él obedeció, embistiéndome con fuerza animal, cama crujiendo bajo nosotros. Sudor goteaba de su frente al mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Olía a sexo crudo, a nosotros dos fundidos.

La novela seguía en la tele del fondo, pero ya nadie la oía. Mi segundo clímax subía, tensión enroscándose en mi vientre. ¡Ven conmigo, Marco! grité, y él gruñó profundo, acelerando hasta el límite. Explosamos juntos, mi coño apretándolo en espasmos, su leche caliente llenándome, chorros calientes que me prolongaban el éxtasis. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono.

En la afterglow, su cabeza en mi pecho, caricias perezosas en mi pelo. El aire olía a jazmín marchito y semen, testigos de nuestra pasión. ¿Viste cómo nos prendió Pasión de Gavilanes capítulo 68? bromeó él, y yo reí suave, besando su frente.

Pero nuestra historia es mejor, mi amor, sin cámaras ni guion.
Nos quedamos así, piel con piel, hasta que el sueño nos venció, con el eco de gemidos en el silencio de la noche mexicana.

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