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Pasión y Baile Canciones Ardientes

6470 palabras

Pasión y Baile Canciones Ardientes

Entraste al salón de fiestas en el corazón de Guadalajara, donde el aire ya estaba cargado de pasión y baile canciones que retumbaban desde los altavoces. La banda tocaba una cumbia bien pegajosa, de esas que te hacen mover las caderas sin pensarlo dos veces. Luces de neón parpadeaban sobre la pista, pintando de rojo y azul los cuerpos sudorosos que se rozaban al ritmo. Olía a tequila fresco, perfume barato y ese sudor excitante que avisa que la noche va a ser larga. Tú, con tu falda ajustada y blusa escotada, sentías el pulso acelerado, como si el mismo tambor de la batería te latiera en el pecho.

Órale, esta noche me suelto, neta que sí
, pensaste mientras pedías un michelada en la barra. El hielo crujía bajo tus labios, el limón ácido despertando tu lengua. Ahí lo viste: alto, moreno, con camisa negra desabotonada lo justo para mostrar unos pectorales que pedían ser tocados. Se llamaba Marco, te lo dijo con una sonrisa pícara cuando se acercó, oliendo a colonia masculina y algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

—¿Bailas o nomás miras, preciosa? —te preguntó, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente.

Le tomaste la mano, piel cálida y callosa, de esas que cuentan historias de trabajo duro. La pista estaba repleta, cuerpos pegados, y él te jaló contra su pecho. Sentiste su calor a través de la tela fina, su mano en tu cintura bajando un poquito más de lo necesario. La canción era puro fuego, pasión y baile canciones que hablaban de amores prohibidos y cuerpos que no aguantan la espera. Tus caderas se mecían al ritmo, rozando las suyas, y cada giro era una promesa. Su aliento en tu cuello olía a cerveza y deseo, haciendo que se te erice la piel.

Acto primero: la tensión nacía ahí, en cada paso, en cómo sus dedos se clavaban suave en tu cadera, guiándote. No era un pendejo cualquiera; había algo en sus ojos cafés, profundos como pozos, que te hacía querer saber más. Bailaron tres rolas seguidas, sudando juntos, riendo cuando tropezabas adrede para pegarte más. Qué chingón se siente esto, pensabas, mientras el mundo se reducía a su cuerpo contra el tuyo.

La noche avanzaba, y él te invitó a una mesa apartada, con velitas parpadeantes y botanas picantes. Charlaron de todo: de la banda que tocaba, de cómo esas pasión y baile canciones siempre terminan enredando almas. Marco era de aquí, tapatío de pura cepa, con un trabajo en una constructora que lo dejaba marcado pero fuerte. Tú le contaste de tus días en la oficina, de cómo odiabas la rutina y amabas estas noches locas. Sus rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada sorbo de chela era una excusa para mirarse fijo, con esa electricidad que chispea antes de la tormenta.

De pronto, su mano en tu muslo, subiendo lento, preguntando permiso con la mirada. Asentiste, mordiéndote el labio, el corazón tronando como el bombo.

Esto es lo que necesitaba, alguien que me prenda sin palabras
. Se levantaron, y él te llevó a un rincón oscuro del salón, donde la música seguía rugiendo pero el mundo se volvía íntimo. Sus labios encontraron los tuyos, suaves al principio, probando, y luego hambrientos, lengua danzando como en la pista. Sabía a sal y tequila, y tú te derretías, manos en su pelo revuelto, tirando suave para que gemiera bajito.

Acto segundo: la escalada. Sus besos bajaron por tu cuello, mordisqueando la piel sensible, mientras sus manos exploraban tu espalda, desabrochando el sostén con maestría. Te recargaste en la pared, el ladrillo áspero contra tu piel, contrastando con su toque suave. Olía a su sudor mezclado con el tuyo, ese aroma primal que enloquece. —Neta que me traes loco, güey —murmuró, voz ronca, mientras levantaba tu falda y encontraba tu humedad con dedos expertos. Gemiste contra su boca, el placer subiendo como ola, pulsos latiendo en tu centro.

Lo jalaste al baño privado que había al fondo, un lugar chiquito pero limpio, con espejo grande que reflejaba vuestros cuerpos enredados. Cerraste la puerta con seguro, y él te alzó contra la pared, piernas alrededor de su cintura. Sentiste su dureza presionando, dura como piedra, lista. Qué rico, justo lo que anhelo, pensaste mientras él se desabrochaba el pantalón. Te bajó la tanga despacio, besando tus pechos expuestos, lengua en los pezones que se endurecían al aire fresco. El espejo mostraba todo: tu cabeza echada atrás, su boca devorándote, manos apretando tu culo.

Entró en ti lento, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. Ahogaste un grito en su hombro, uñas clavándose en su piel. El ritmo empezó suave, como un son jalisciense, pero pronto se volvió fiero, embestidas profundas que te hacían jadear. —¡Ay, cabrón, sí así! —le sueltas, y él ríe bajito, acelerando, el slap de piel contra piel ahogado por la música de afuera. Sudor goteaba por su pecho, salado cuando lo lamiste, y tú contraías alrededor de él, apretándolo, sintiendo cada vena, cada pulso.

La tensión crecía, interna:

¿Y si es solo esta noche? ¿Y si quiero más?
Pero el placer lo borraba todo. Cambiaron: tú de rodillas, su miembro en tu boca, salado y cálido, lengua girando mientras él gemía tu nombre. Luego él te puso de espaldas al espejo, entrando de nuevo, mano en tu clítoris frotando círculos perfectos. El orgasmo te golpeó como rayo, cuerpo temblando, visión borrosa, un grito ahogado que él capturó con su boca. Él siguió, gruñendo, hasta derramarse dentro, caliente y abundante, colapsando juntos en risas jadeantes.

Acto tercero: el afterglow. Se limpiaron con toallas de papel, besos suaves ahora, tiernos. Salieron del baño tomados de la mano, volviendo a la pista como si nada, pero con esa conexión nueva. Bailaron una más, cuerpos pegados pero exhaustos, satisfechos. Pasión y baile canciones, eso era todo: momentos que queman y dejan huella.

Al final de la noche, en la puerta del salón, bajo las estrellas tapatías, él te dio su número. —Esto no termina aquí, ¿eh? —dijo, besándote la frente. Tú sonreíste, el cuerpo aún zumbando, sabiendo que habías encontrado algo real en medio del caos. Caminaste a tu casa con el eco de la música en la cabeza, piel marcada por sus dedos, corazón lleno. Neta, qué chingona noche.

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