Devocion 33 Dias Pasion Nuestro Señor
Todo empezó en esa iglesia antigua del centro de la Ciudad de México, con su olor a incienso quemado y velas derretidas que me hacía sentir un cosquilleo en la piel. Yo, Ana, una morra de veintiocho años que ya estaba harta de la rutina de oficina y citas fallidas, entré ahí buscando paz. Devocion 33 dias pasion nuestro señor, repetía en mi mente como un mantra que se me había pegado de un librito viejo que encontré en un tianguis. No sabía bien qué significaba, pero sonaba a algo profundo, a entrega total. Y entonces lo vi a él: Carlos, alto, moreno, con ojos que te traspasaban como si supiera todos tus secretos sucios.
¿Y si este vato es mi salvación? Mi Nuestro Señor personal, al que le voy a entregar todo.Pensé mientras lo veía arrodillado en el confesionario, rezando con una intensidad que me mojaba las panties sin tocarme.
Nos cruzamos después de la misa. "Qué chido verte aquí, carnala", me dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Charlamos de fe, de pasiones ocultas, y en una semana ya estábamos en su depa en Polanco, con vistas al skyline y una cama king size que gritaba promesas. "Hagamos algo especial", propuso. "Treinta y tres días de devoción total. Cada día, un ritual de pasión. Yo soy tu Nuestro Señor, y tú mi devota. ¿Te late?" Mi corazón latió como tamborazo en una fiesta de pueblo. "Sí, mi Señor", susurré, y sellamos el pacto con un beso que sabía a tequila reposado y pecado dulce.
El primer día fue suave, como el amanecer. Me arrodillé frente a él en su sala, con luz tenue de lámparas de cristal. El aroma de su colonia, madera y hombre, me invadió las fosas nasales. "Muéstrame tu devoción", ordenó. Le besé los pies descalzos, sintiendo la aspereza de su piel contra mis labios carnosos. Subí lento, lamiendo pantorrillas musculosas, muslos que temblaban bajo mi lengua. Cuando llegué a su verga dura como piedra, la tomé en mi boca con reverencia. El sabor salado de su pre-semen me hizo gemir. Él jadeaba, agarrándome el pelo. "Buena niña", murmuró. Esa noche follamos despacio, su cuerpo pesado sobre el mío, piel contra piel sudada, el crujido de las sábanas de algodón egipcio. Mi clítoris palpitaba con cada embestida profunda, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, oliendo a sexo y devoción.
Los días siguientes escalaron como la cuesta de Tacubaya en hora pico. Día cinco: me vendó los ojos con una bufanda de seda negra. El mundo se volvió tacto y sonido. Sentí sus dedos fríos trazando mi espalda desnuda, erizándome la piel. "Escucha tu cuerpo, devota", susurró cerca de mi oreja, su aliento caliente como viento del desierto. Me untó aceite de coco tibio en los pechos, masajeando pezones que se pusieron duros como chiles piquines. Gemí cuando su lengua lamió mi ombligo, bajando hasta mi coño empapado. El chasquido de sus labios chupando mi clítoris resonaba en la habitación, mezclado con mis alaridos. Neta, este vato me está volviendo loca, pensé mientras me penetraba con los dedos, curvándolos para golpear ese punto que me hace ver estrellas. Vine dos veces antes de que él me montara, su verga llenándome hasta el fondo, el slap-slap de carne contra carne como aplausos en un palenque.
Pero la devoción traía su propio tormento. En el día quince, después de una sesión donde me ató las manos a la cabecera con corbatas de seda y me dio nalgadas que dejaban mi culo rojo y ardiente, me derrumbé. Lágrimas calientes rodando por mis mejillas mientras él me lamía el sudor salado de la nuca. "¿Por qué lloro, mi amor?", preguntó, su voz ronca de deseo contenido.
Porque te entrego todo, pendejo. Mi alma, mi cuerpo, mis treinta y tres días de pasión. ¿Y si después me dejas vacía?
"Nunca", prometió, volteándome para mirarme a los ojos. "Esta devoción es mutua". Me besó con hambre, su barba raspándome la barbilla, y follamos como animales. Él de rodillas, yo cabalgándolo, sintiendo cada vena de su verga frotando mis paredes internas. El olor a almizcle de nuestras axilas, el sabor de su sudor en mi boca cuando lo besé. Grité su nombre —Nuestro Señor— mientras corríamos juntos, mi jugo chorreando por sus bolas.
La tensión crecía como volcán en erupción. Día veinte: jugos en la cocina, él comiéndome sobre la isla de granito frío, mis piernas temblando alrededor de su cuello ancho. El vapor de la estufa mezclándose con el aroma almizclado de mi excitación. "¡Más, cabrón!", le rogaba, clavándole las uñas en los hombros. Día veinticinco: en la regadera, agua caliente cascando sobre nosotros como lluvia tropical, jabón resbaloso haciendo que su verga se deslizara entre mis senos. Lo pajee hasta que explotó, semen caliente salpicándome la cara, y yo me vine frotándome contra su muslo peludo.
Los últimos días fueron puro fuego. Día treinta: me llevó a su terraza privada al atardecer, con el skyline de la CDMX tiñéndose de naranja. Desnudos bajo las estrellas tempranas, el viento fresco lamiendo nuestra piel febril. Me puso a cuatro patas, agarrándome las caderas, embistiéndome con fuerza brutal pero consentida. Cada golpe enviaba ondas de placer desde mi coño hasta la punta de mis dedos. "¡Eres mía, devota!", gruñía, y yo respondía: "¡Sí, mi Nuestro Señor, fóllame más duro!". El eco de nuestros gemidos se perdía en la ciudad bullente abajo. Vine tantas veces que perdí la cuenta, mi voz ronca, garganta seca de tanto gritar.
El día treinta y tres llegó como clímax divino. En su cama, rodeados de velas parpadeantes que olían a vainilla y jazmín mexicano. "Hoy culminamos la devoción", dijo, sus ojos brillando con amor feroz. Me recostó, besando cada centímetro: pies, rodillas, muslos internos temblorosos. Cuando llegó a mi centro, su lengua danzó lento, saboreando mis labios hinchados, chupando mi clítoris como si fuera hostia sagrada. Devocion 33 dias pasion nuestro señor, susurré en éxtasis, el mantra volviendo completo en mi mente.
Me penetró despacio al principio, nuestros ojos clavados, pulsos latiendo al unísono. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome. Aceleró, la cama crujiendo, sudor goteando de su pecho al mío. "Te amo, mi devota", jadeó. "Te amo, mi Señor", respondí, envolviéndolo con piernas fuertes. El orgasmo nos golpeó como terremoto: yo arqueándome, coño contrayéndose alrededor de su verga palpitante, él derramándose dentro en chorros calientes. El mundo se disolvió en blanco, solo quedamos nosotros, jadeos entrecortados, piel pegajosa, el olor embriagador de sexo consumado.
Despertamos enredados, el sol filtrándose por cortinas sheer. "Fue más que pasión", murmuró, acariciándome el pelo revuelto. "Fue devoción eterna". Sonreí, saboreando el afterglow en mi cuerpo laxo, corazón pleno.
Ya no hay vuelta atrás. Mi vida es suya, treinta y tres días se volvieron para siempre.Afuera, la ciudad despertaba con cláxones y vendedores ambulantes, pero en ese depa, reinaba la paz de dos almas fusionadas en pasión divina.