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Pasión por Hacer Algo Contigo

7539 palabras

Pasión por Hacer Algo Contigo

La noche en la azotea de ese departamento en la Roma estaba calientita, con el aire cargado de ese olor a jazmín que subía desde el jardín y el humo leve de los cigarros que algunos fumaban en las esquinas. Sofia, con su vestido negro ajustado que le marcaba las curvas justito, se recargaba en la barandilla, sintiendo la brisa juguetona rozarle las piernas. Tenía veintiocho años, un curro en una agencia de diseño que la traía de cabeza todo el día, pero esa noche solo quería soltar el estrés. Neta, necesitaba algo que le acelerara el pulso más que el tráfico de Insurgentes.

Ahí lo vio. Diego, el cuate de su amiga Laura, con esa playera blanca que se le pegaba al pecho por el calor y unos jeans que le quedaban como pintados. Moreno, ojos cafés intensos, sonrisa de medio lado que gritaba ven y descúbreme. Sofia sintió un cosquilleo en el estómago, de esos que te suben por la espalda. Órale, pensó, este wey me prende con solo mirarme. Él se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a colonia fresca mezclada con sudor varonil, ese aroma que te hace cerrar los ojos un segundo.

Qué onda, Sofia, ¿verdad? Me platicó Laura de ti. Soy Diego —dijo, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por quién sabe qué chamba manual los fines de semana.

—Sí, la misma. ¿Y tú qué, vienes a conquistar azoteas o qué? —le contestó ella, coqueteando con la voz baja, mientras su mirada bajaba un instante a sus labios carnosos.

Hablaron de todo y nada: del pinche calor, de la banda que tocaba cumbia rebajada en el fondo, de cómo la ciudad nunca duerme. Pero entre risas, Sofia notaba cómo sus ojos se clavaban en su escote, cómo su rodilla rozaba la de ella accidentalmente. Tengo esta pasión por hacer algo contigo, se dijo en la cabeza, imaginando ya sus manos en su cintura. No era de las que se lanzaban de una, pero esa noche, el tequila le picaba en las venas y el deseo le ardía como chile en la lengua.

La música subió de volumen, y Diego la jaló a bailar. Sus cuerpos se pegaron en el ritmo, caderas moviéndose al son de esa cumbia sonidera que hacía vibrar el piso. Ella sentía su aliento caliente en el cuello, el roce de su pecho contra sus tetas, endureciéndose los pezones bajo la tela delgada. No mames, pensó, esto ya está que arde. Él le susurró al oído:

—Me traes loco, Sofia. Neta, no sé si aguante toda la noche así.

Pos aguanta, pendejo, o haz algo al respecto —le respondió ella, mordiéndose el labio, con la voz ronca de anticipación.

Se separaron un rato para tomar aire, pero la tensión era palpable, como electricidad estática en el aire húmedo. Sofia se fue al baño, se miró en el espejo: mejillas sonrojadas, labios hinchados de tanto morderlos, y entre las piernas, esa humedad traicionera que le hacía apretar los muslos.

Quiero sentirlo ya, su piel contra la mía, su boca devorándome
, se dijo, saliendo con paso decidido.

De vuelta, Diego la esperaba con dos shots de tequila. Chocaron vasos, el líquido quemó su garganta, y de pronto sus bocas se encontraron. Fue un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a limón y sal, manos explorando. Él la apretó contra la pared del pasillo, su erección dura presionando su vientre. Sofia gimió bajito, el sonido ahogado por la música, mientras sus uñas se clavaban en su espalda musculosa.

—Vámonos de aquí —murmuró él, ojos brillando de pura lujuria.

Simón, a mi depa, está cerca —aceptó ella, el corazón latiéndole como tambor en el pecho.

El taxi fue una tortura. Sentados atrás, manos disimuladas bajo la falda de ella, dedos rozando su tanga empapada. Sofia jadeaba quedito, oliendo su excitación mezclada con el cuero gastado del asiento. Qué rico se siente esto, pensó, esta pasión por hacer algo contigo me va a volver loca. Llegaron a su edificio en la Condesa, subieron las escaleras tropezando, besándose como posesos.

Adentro, la puerta apenas cerró y ya estaban desnudos. La luz tenue del foco iluminaba su piel morena, sudorosa, el brillo de sus músculos tensos. Sofia lo empujó al sillón, montándose a horcajadas. Sus tetas rebotaban libres, pezones duros como piedras rozando su pecho velludo. Él las chupó con avidez, lengua girando, dientes mordisqueando suave, haciendo que ella arqueara la espalda con un gemido gutural.

Qué chulas tus chichis, wey —gruñó él, manos amasando su culo redondo.

Y tu verga, dura como fierro —le contestó ella, bajando la mano para acariciar su miembro palpitante, grueso y venoso, goteando precúm que ella lamió de la punta con deleite salado.

Se movieron al cuarto, el colchón crujiendo bajo su peso. Sofia lo recostó, besando su torso, bajando lento por el abdomen contraído, inhalando su olor almizclado de hombre excitado. Lo tomó en la boca, succionando profundo, lengua jugando en la cabeza sensible, mientras él gemía ¡órale, qué rico!, enredando dedos en su cabello negro largo. El sabor era adictivo, mezcla de sal y deseo puro.

Pero ella quería más. Lo volteó, besando su espalda ancha, bajando a sus nalgas firmes. Mi pasión por hacer algo nuevo esta noche, pensó, untando saliva y lamiendo su entrada prohibida con ternura juguetona. Diego se tensó, gimiendo sorprendido:

¡No mames, Sofia! ¿Qué haces?

Disfrútalo, pendejo, relájate —susurró ella, introduciendo un dedo lubricado, masajeando su próstata mientras lo masturbaba lento. Él se retorcía de placer, polla goteando profusamente, el cuarto lleno de jadeos y el olor espeso del sexo.

La tensión crecía como tormenta. Sofia se subió encima, guiando su verga a su coño chorreante, hundiéndose despacio. Ay, cabrón, sintió cada centímetro estirándola, llenándola hasta el fondo. Cabalgaron duro, piel chocando con palmadas húmedas, sudor resbalando entre ellos. Sus ojos se clavaron, almas conectadas en ese vaivén frenético. Él la volteó, penetrándola de misionero, embestidas profundas que la hacían gritar ¡más, Diego, no pares!.

Las paredes temblaban con sus gemidos, el sabor de su beso salado por el sudor, el tacto de sus cuerpos resbalosos. Sofia sintió el orgasmo subir como ola, contrayendo su interior alrededor de él, uñas arañando su espalda. Él la siguió, gruñendo ronco, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer en éxtasis compartido.

Se derrumbaron jadeantes, cuerpos entrelazados, el aire pesado con olor a semen y piel saciada. Diego la besó suave la frente, acariciando su cabello revuelto.

Neta, eso fue... inolvidable —murmuró.

, mi pasión por hacer algo contigo valió cada segundo —suspiró ella, sonriendo perezosa, sintiendo el calor residual entre sus piernas.

Se quedaron así, platicando bajito de tonterías, cuerpos pegajosos enfriándose lento. Sofia pensó en cómo esa noche había soltado todo: el estrés, las dudas, el miedo a lo espontáneo. Esto es lo que necesitaba, se dijo, acurrucándose en su pecho que subía y bajaba tranquilo. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, había paz, un afterglow que la envolvía como manta suave. Mañana sería otro día, pero esa pasión compartida quedaría grabada, lista para repetirse quién sabe cuándo.

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